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Última oportunidad para los grandes felinos

Luis Esteban G. Manrique | 18 de abril del 2018

La fascinación de Occidente por la belleza hipnótica de los tigres se remonta a la campaña india de Alejandro Magno. A su paso por Persia, los soldados macedonios incorporaron al griego la palabra persa thigra (punzante) para llamar al majestuoso felino, que los embajadores indios comenzaron a obsequiar a los emperadores de Roma desde los tiempos de Augusto.

En la antigua China, donde estaba asociado a la vitalidad y a la energía incandescente, el “rey de las montañas” inspiraba tanto respeto que incluso se evitaba pronunciar su nombre. La ubicua presencia de figuras de tigres talladas en palacios, templos y mausoleos en China, India y la península Indochina obedecía a la creencia de que hasta los demonios les temían.

A su vez, en África el león es el símbolo por excelencia de los atributos solares y la dignidad regia. En el arte cristiano el león está asociado al apóstol San Marcos y es una figura alegórica de la fuerza y el valor militar puestos al servicio del Derecho.

Irónicamente, esta misma veneración es de alguna manera responsable de la caza implacable a la que han sometido los homo sapiens a los grandes felinos desde que sus antepasados homínidos cazaran a los tigres de sable. Como ocurre con el cuerno de rinoceronte, donde en China se pueden pagar 60.000 dólares por un kilo pese a que no es más que queratina –el mismo material de las uñas humanas–, en Extremo Oriente la medicina tradicional atribuye a diversas partes del tigre supuestas –e igualmente espurias– propiedades terapéuticas o afrodisíacas.

 

Panneau en opus sectile représentant un tigre attaquant un veau

Representación romana del siglo IV de un tigre. Museos Capitolinos (Roma).

 

Entre las 4.445 especies amenazadas de extinción en la Amazonía y los Andes destacan el jaguar, el otorongo y al gato andino, considerados allí como animales míticos cuya piel y colmillos traen abundancia y fortuna. En Bolivia, la caza del jaguar es ilegal desde 1975, cuando un tratado internacional prohibió el comercio de pieles de especies en peligro de extinción. Sin embargo, solo entre 2014 y 2015 la policía boliviana confiscó 186 colmillos de jaguar que iban a ser exportados a China y otros países asiáticos. En programas radiales es frecuente escuchar avisos que ofrecen más de 150 dólares por un diente del yaguareté, como se llama en guaraní.

La amenaza de los cazadores furtivos palidece, sin embargo, al lado de la invasión de ganaderos y madereros de sus hábitat naturales, ya muy fragmentados por los asentamientos humanos, la minería y las zonas de pastoreo. Este múltiple impacto disminuye, entre otras cosas, las posibilidades de que las diversas poblaciones aun en libertad se entrecrucen, lo que reduce la diversidad de su banco genético y aumenta sus probabilidades de extinción.

 

Preservación de ecosistemas

La intangibilidad de los ecosistemas en los que viven es, por ello, vital para su supervivencia. El lince ibérico, por ejemplo, pese a su agilidad y velocidad solo se alimenta de conejos, por lo que las plagas que diezman sus poblaciones amenazan también las suyas.

Hace veinte años los linces estuvieron a punto de extinguirse por una epidemia de mixomatosis que mató a buena parte de los conejos de la península. A su vez, la subsistencia del gato andino, que habita en zonas altas de montaña, depende de la abundancia de grandes roedores como vizcachas y chinchillas.

La suma de todos esos factores depredadores explica el hecho de que a escala global las poblaciones salvajes de leopardos, guepardos, leones, tigres, jaguares y pumas venga cayendo en picado en los últimos 30 años. Según un reciente informe de la WWF, la población total en Camboya, Laos y Vietnam del leopardo indonesio cayó un 72% solo en el último lustro. El centenar que quedan el libertad parece tener los días contados.

 

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Fuente: WWF.

 

Experiencias de éxito en la protección de grandes felinos

Pero la lucha por la conservación de la especie todavía no está perdida. En España un exitoso programa de cría y relocalización de linces ha logrado uno de los mayores éxitos de recuperación de biodiversidad en Europa. Y solo con una inversión de 34 millones de euros, aportados por Bruselas y Madrid desde 2010. En 2002 apenas quedaban un centenar de linces silvestres. Hoy son algo más de medio millar dispersos en nueve zonas de España y Portugal.

En 2005 nació el primer lince en cautividad, pero el proceso es tan complicado y caro que el programa de biodiversidad de la Comisión Europea ha preferido concentrarse en la recuperación de sus hábitat tradicionales. Los cuatro centros de cría españoles liberan a los linces tras solo un año de cautividad y en zonas alejadas unas de otras para evitar que los animales se entrecrucen de modo endogámico. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza consideraba al lince ibérico un caso de recuperación especialmente difícil por el reducido espacio geográfico que habita. El tigre, en cambio, puede vivir en entornos geográficos que se extienden desde las junglas tropicales de Malasia y la India a las estepas siberianas.

En Suramérica también argentinos, chilenos, bolivianos y peruanos están sacando adelante el proyecto Alianza Gato Andino para identificar su distribución espacial y estudiar y financiar métodos de crianza y repoblación.

Con todo, la experiencia más alentadora es la del Parque Nacional de Manas. Sus casi 3.000 kilómetros cuadrados en el estado indio de Assam fueron declarado patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1985. Hace solo siete años no había ni un solo tigre en Manas tras décadas de deforestación y tensiones sociales y políticas que hicieron muy vulnerable su entorno natural. Hoy, sin embargo, ya hay más de 30 tigres en el santuario. Esta notable recuperación en tan breve tiempo se debe al esfuerzo conjunto del departamento de Bosques del gobierno indio y de ONG locales e internacionales para proteger al parque de depredadores y cazadores furtivos.

Los guardabosques de Manas cuentan hoy con drones, equipos de visión nocturna y cámaras trampa para identificar y capturar a los cazadores que se infiltran en el parque. La población de tigres se está recuperando también a buen ritmo en zonas clave de Indonesia, Nepal y Tailandia.

Según un estudio de la WWF, si se excluyen a los fondos oficiales y a los aportados por instituciones internacionales, solo haría falta unos 50 millones de dólares más para mantener unos 50 sitios clave para la recuperación de los tigres de Asia. En África, un esfuerzo similar para proteger las 250 áreas protegidas donde viven la mayor parte de los leones y guepardos costaría unos 12 millones de dólares anuales adicionales a las partidas habituales. Es una buena inversión. Según un reciente estudio de la Universidad de Oxford, el gasto global en conservación de la fauna y flora mundiales redujo la pérdida de biodiversidad en un 29% entre 1996 y 2008.

Pero conjurar los riesgos requiere un esfuerzo internacional que va desde leyes más estrictas para criminalizar el tráfico de especies amenazadas a ayudas a las poblaciones rurales que sufren la coacción de los cazadores furtivos, además de campañas educativas intensivas que denuncien las supercherías sobre los supuestos usos medicinales de órganos de animales salvajes.

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