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Venezuela y su Pareto pésimo

Carmen Beatriz Fernández | 3 de noviembre del 2016

El 20 de octubre pasará a la historia como el día en que la ya debilitada democracia en Venezuela cruzó finalmente la línea roja. Ese día el árbitro electoral cerró la vía electoral al referéndum revocatorio y subrogó sus competencias nacionales ante cinco tribunales de provincia. Días antes, Nicolás Maduro se había saltado a la Asamblea Nacional en la presentación del presupuesto nacional. En ambos casos el gobierno se puso al margen de la Constitución. Días después, como guinda, la Asamblea Nacional declaró formalmente la ruptura del hilo constitucional, lo que implica caracterizar a Maduro como un gobernante de facto. En círculos académicos e intelectuales se venía discutiendo la quizá ociosa denominación del régimen venezolano. ¿Autoritarismo competitivo, populismo autoritario, régimen híbrido? Edulcorantes todos para definir su ubicación en una zona gris entre la democracia y la autocracia. Ya no más. Ahora la caracterización es nítida y sin eufemismos.

Los últimos acontecimientos ocurridos en el país sitúa al oficialismo al margen de la Constitución, mientras que la oposición queda dentro de ella. Lo ocurrido facilita la lógica argumental de la Mesa de Unidad Democrática (MUD): abortar el referéndum revocatorio de una manera tan irregular permite a la oposición hacer acopio de sus fuerzas y de su liderazgo en la calle para exigir la vuelta a la lógica constitucional. El llamado fue masivamente aceptado y en las convocatorias a tomar las calles tras la ruptura del hilo constitucional, millones de venezolanos salieron a las calles a exigir la restitución democrática.

La sociedad venezolana está hoy dividida en una proporción 80-20, en dos relaciones fatales: 80% rechaza al gobierno de Maduro y 20% lo apoya, pero ese 20% que le apoya tiene control de un 80% de las instituciones del país. Es lo que llamo “Pareto pésimo”. Pareto fue un economista italiano del siglo XIX que identificó que esas proporciones se daban en muchos aspectos de la vida económica. Muchas veces cuando se hacen los análisis políticos se pone énfasis en la primera relación, y se minimiza la segunda. Hablamos mucho de encuestas, pero poco de poder institucional. Es cierto que es determinante la popularidad de un presidente para tener gobernabilidad, legitimidad y ejercer un buen gobierno. Ese 80-20 en los afectos populares es muy importante cuando el análisis se hace en un entorno netamente democrático, pero este ya no es el caso. Por ello, en el autoritarismo de nuevo cuño venezolano la segunda proporción tiene una gran relevancia. El Pareto pésimo describe una situación de equilibro inestable, en la que pareciera nadie puede estar peor.

De los cinco poderes públicos nacionales que contempla la Constitución, solo uno está bajo dominio de la oposición. El resto, aunque en teoría se suponen poderes independientes, están bajo órdenes oficialistas. Solo tres de los 21 estados están gobernados por opositores, mientras que unos 80 alcaldes, de un total de 337, son de partidos miembros de la MUD. Al mismo tiempo, el alto mando militar se confiesa “revolucionario, chavista, bolivariano y anti-imperialista”, en ese orden.

Lo ocurrido a partir del 20-O marca el inicio un choque de poderes muy claro, una confrontación institucional que cada uno de los actores en conflicto ha tratado de trasladar la contienda al tablero en el que tiene mayores ventajas. La Unidad llamó a las calles, mientras que el oficialismo invitaba a la discusión al seno de las instituciones. En este estado de cosas, y ante la visión anticipada de un choque de trenes, el Vaticano hizo su aparición en la escena nacional. La mediación papal había sido solicitada tanto por el gobierno como por la oposición desde hacía meses, pero llega en un momento en que la MUD había logrado mover el conflicto al tablero de juego de la protesta callejera. El nuncio argentino, mediador del Papa, logra sentar a las partes en una mesa de diálogo y hace una petición expresa a la oposición para la suspensión de una marcha de protesta ante la sede del palacio de gobierno. El gobierno aprovecha el diálogo para controlar su puesta en escena y libera a algunos presos políticos como gesto de “buena fe”. La oposición cede al llamado papal y concede diez días de prórroga, resaltando que el diálogo se dará además de (y no en lugar de) la acción de calle.

 

Lucha institucional, lucha pacífica

¿Qué puede ocurrir los próximos días en Venezuela? ¿Cómo se lucha contra una dictadura de estas características? La respuesta podría estar en Pareto: rompiendo el equilibrio inestable. Atacar el 20% de las causas permitiría solucionar el 80% de las consecuencias. En buena medida es lo que ha intentado hacer la MUD en algunas jugadas. Intentar horadar ese dominio institucional del oficialismo apelando a las convicciones democráticas que tienen muchos de los venezolanos que hacen vida en esas instituciones. El venezolano es un pueblo formado al abrigo de la democracia, y ello no es ventaja menor. La cultura democrática está aún inmersa en una gran mayoría de la población, incluida la que forma parte de las instituciones más oficialistas. A ello hay que apelar.

El académico Adam Przeworski de la Universidad de New York, recientemente condujo una investigación donde analizaba todas las transiciones de poder ocurridas en el mundo desde 1788, concluyendo del análisis de 3.000 casos que los cambios pacíficos de poder tienen muchísimas mayores posibilidades de ocurrir si la sociedad ha adquirido el hábito de la alternancia democrática. Esto es, si una sociedad ha vivido al menos dos cambios de gobierno en su historia democrática, esa sociedad tiene muchas más posibilidades de resolver sus conflictos por la vía electoral que por la fuerza. Es ese un factor fundamental que diferencia a la dictadura venezolana de la cubana, o de las del Oriente Próximo y le otorga cierto optimismo prospectivo.

Pero en las transiciones, como también argumenta Pzrezowski, no es tan importante si el partido de gobierno “puede o no” perder, sino “lo que” puede perder. “¿Qué va a pasar conmigo si la oposición llega al poder?”, es la pregunta que se hacen quienes están en riesgo de perderlo. En la actual coyuntura hay algunos actores en el oficialismo que tienen serias cuentas pendientes en materia de narcotráfico o de derechos humanos. Son ellos los que perciben demasiados riesgos, y ponen por ello todo tipo de obstáculos y boicots a que la necesaria transición ocurra. Son también quienes dinamitan a diario las posibilidades de establecer un diálogo real. Distinguir quirúrgicamente quién es quién para facilitar o no su inclusión en los acuerdos necesarios, es un trabajo fundamental en esta etapa.

Dictaduras y dictadores hay muchos en el mundo, lo que no es frecuente es encontrar dictadores con un 80% de rechazo ni dictaduras que violen sus propias constituciones. Tampoco es frecuente que una dictadura logre triunfar sobre un pueblo que ha dado muestras de irreductible tozudez democrática.

Las tensiones de una sociedad se resuelven mayoritariamente de dos formas: la electoral o la violenta. Al cerrar la válvula electoral algunos actores del gobierno venezolano están conduciendo a la sociedad hacia la violencia. ¿Estamos condenados a ello? Se trabaja por evitarlo.

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