Atardece en La Défense, distrito financiero de París/GETTY

Paradigmas

JORGE TAMAMES
 |  29 de noviembre de 2019

En una columna reciente, el politólogo Víctor Lapuente sostiene que el capitalismo hoy se ve sometido a críticas demoledoras y que es “desde posiciones liberales, y no desde la izquierda, donde mejor se están identificando las contradicciones de nuestro sistema económico”. Lapuente acierta al señalar que nuestros sistemas económicos se enfrentan a un cuestionamiento sin precedentes, pero se equivoca presentando al liberalismo como artífice de esta crítica. Es la izquierda la que, en la actualidad, despliega ideas económicas novedosas y originales.

Para entender lo que está ocurriendo hay que remontarse a 1993. Aquel año Peter Hall publicó un estudio sobre el thatcherismo que se convirtió en un clásico de la economía política. Según el catedrático de Harvard, la dama de hierro presidió sobre un “cambio de paradigma” económico: no un simple reajuste en los objetivos del gobierno –generar más empleo, reducir la inflación– ni una reconsideración de qué instrumentos emplear para alcanzarlos (escogiendo, por ejemplo, entre inversión pública o reformas laborales para combatir el paro), sino reestructurando los cimientos del análisis económico y, con ello, la concepción de qué es socialmente deseable. Así, escribe Hall,

La inflación sustituyó al paro como el objetivo preeminente de las políticas públicas. Los esfuerzos macroeconómicos para reducir el desempleo fueron rechazados en aras de presupuestos balanceados y reducciones de impuestos. La política monetaria sustituyó a la política fiscal como el principal instrumento macroeconómico y se reorientó a cumplir metas específicas para el crecimiento monetario. Muchos instrumentos regulatorios asociados con la intervención del Estado, como las políticas de salarios, los controles de divisas y los límites cuantitativos a los préstamos bancarios fueron eliminados.

Para que se produjese semejante transformación tuvieron que alinearse varios factores. El primero fue una combinación de inflación y desempleo, que comenzó a socavar los cimientos sobre los que se edificaba la economía keynesiana de posguerra. En concreto la curva de Phillips, según la cual desempleo e inflación guardaban una relación inversamente proporcional. El término “estanflación”, que define una situación en la que los dos crecen a la vez, lo acuñó el conservador británico Ian Macleod en 1965. A mediados de los 70 se había convertido en un término común en el debate público y una fuente de descontento socio-económico. Aquí aparece el siguiente ingrediente: una red emergente de académicos, think tanks y opinólogos conservadores dedicados a cuestionar el modelo económico dominante, generosamente financiados por sectores empresariales que se sentían amenazados por la inestabilidad económica. Les ayudó en su labor insurgente que los economistas keynesianos de centro-izquierda se hubiesen amodorrado en los laureles de los “treinta gloriosos”, durante los que la economía creció de manera equitativa, beneficiando a las clases medias y trabajadoras occidentales.

Además de una coyuntura económica favorable e infraestructura intelectual, los embajadores del llamado neoliberalismo contaron con un tercer factor clave: políticos dispuestos a ejecutar su proyecto sin miedo a demoler los consensos sociales preexistentes. El caso más destacado es el de Chile, donde Augusto Pinochet liberalizó la economía al tiempo que presidió sobre una represión brutal. Margaret Thatcher fue capaz de reconciliar esta agenda con un proyecto popular, pero también se aupó de la coerción estatal en momentos clave: para aplastar las huelgas mineras y derrotar a la junta militar argentina en una guerra que propició su reelección.

 

La no-muerte del neoliberalismo

Hoy asistimos a lo que el sociólogo Colin Crouch llama “la extraña no-muerte del neoliberalismo”. Sus postulados teóricos –como el monetarismo o la capacidad de los mercados para autorregularse– se desplomaron en 2008, pero el modelo se ha recrudecido. Especialmente en la zona euro, de 2010 en adelante, con la llegada de las políticas de austeridad. Esta resiliencia en parte resulta de las premisas económicas neoliberales –sostenidas por modelos matemáticos complejos y difíciles de falsar, aunque no siempre útiles en la práctica–. Además, las contrapropuestas progresistas en ocasiones adolecían de falta de imaginación: proponiendo retroceder al modelo de posguerra, sus defensores eran criticados como nostálgicos trasnochados.

Esto ha dejado de ser así. Una sucesión de estudios críticos está obligando a replantear los cimientos de la teoría económica. La salva más notable fue El capital en el Siglo XXI, obra que presentó un arsenal metodológico y empírico abrumador para demostrar la tendencia natural de los mercados hacia la desigualdad económica y la oligarquización. El capitalismo no se vería amenazado por el rentismo, como sostiene Lapuente, sino más bien al contrario: tiende por defecto hacia esa configuración, a menos que se promueva una regulación y redistribución de la riqueza extensas.

Si el trabajo de Thomas Piketty puso en entredicho el ideal meritocrático que legitima la desigualdad en nuestras sociedades, otros han hecho lo propio con la función de los bancos centrales (Adam Tooze), la capacidad de recaudación fiscal (Gabriel Zucman y Emmanuel Saez), la importancia del sector público en la creación de valor (Marianna Mazzucato) y el papel del Estado en la lucha contra el cambio climático (Ann Pettifor), por poner algunos ejemplos. Sus autores son, casi sin excepción, académicos situados en el ala izquierda de la socialdemocracia. Piketty –que vuelve a la carga con Capital e Ideología, un libro en apariencia más provocador que el que publicó en 2013– ha apoyado al Partido Socialista francés y las propuestas económicas de Podemos. Mazzucato asesoró al Partido Laborista de Jeremy Corbyn. Pettifor popularizó el Green New Deal. Zucman y Saez han redactado propuestas fiscales para los candidatos demócratas Bernie Sanders y Elizabeth Warren.

 

 

Este impulso intelectual se contrapone al desgaste de los modelos económicos ortodoxos. “Existe una sensación creciente, entre aquellos con la responsabilidad de gestionar grandes economías, de que la disciplina de económicas ya no resulta adecuada para la tarea –escribe el antropólogo David Graeber en un ensayo reciente– Empieza a parecer una ciencia diseñada para resolver problemas que ya no existen”. Economistas de referencia como Dani Rodrik y Joseph Stiglitz acaban de plantear la necesidad de reconsiderar la disciplina económica ante este agotamiento del proyecto neoliberal.

A ese cuestionamiento se une una incipiente infraestructura mediática. Think tanks como la New Economics Foundation y medios de comunicación como Jacobin (Estados Unidos) o Novara Media (Reino Unido), que están consiguiendo presentar el lenguaje de la izquierda en un formato más ameno y moderno. De momento no gozan de la capacidad de incidir en el debate público que adquirió la derecha en los 70, pero es indudable que el mensaje de la izquierda ya no está circunscrito a un nicho de verdaderos creyentes. Prueba de ello es que publicaciones como el Financial Times y The Economist se vean obligadas a debatir sus argumentos y absorberlos o reformularlos en la medida de lo posible.

¿Qué hay de los políticos dispuestos a llevar a cabo esta transición? La dejadez de funciones de la socialdemocracia tras abrazar la tercera vía y los varapalos del populismo de izquierdas no parecen indicar que vayan a emerger en la Unión Europea. Tal vez la respuesta provenga de países que abrazaron el neoliberalismo antes. De Chile, donde las protestas han sacudido la solidez de un modelo económico a menudo presentado como el más exitoso de la región; de Reino Unido, donde el programa económico de Corbyn se ha convertido en una de las expresiones más claras de esta nueva agenda económica; o de Estados Unidos, donde algo se mueve en la izquierda del Partido Demócrata.

En 2013 Hall revisó sus tesis. Las condiciones para otro cambio de paradigma económico parecían oportunas, pero el reto era considerable: “el desarrollo de un nuevo paradigma capaz de reemplazar a sus predecesores tendrá que resultar no solo del trabajo de economistas políticos, sino de políticos experimentando con nuevas aproximaciones a los problemas políticos y económicos de nuestra era”. Desde entonces la izquierda avanza en esa dirección. Al liberalismo le corresponde decidir si continúa afrontando estos cambios con hostilidad, optando por alternativas reaccionarias, o si hace un esfuerzo genuino por transformarse.

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