demagogia argentina
El presidente Alberto Fernández (L), sentado junto a la vicepresidenta Cristina Fernández (R), pronuncia su discurso anual en la sesión inaugural del 139 ° periodo del Congreso argentino, el 1 de marzo de 2021 en Buenos Aires. NATACHA PISARENKO. GETTY

Platón, demagogia y la Argentina de los Fernández

La dupla democracia-autocracia no sirve para entender lo que sucede en la Casa Rosada. Es más revelador usar una de las categorías de Platón: Argentina es hoy una demagogia.
ARIEL SRIBMAN MITTELMAN
 |  10 de mayo de 2021

El análisis político se enfrenta en nuestro tiempo a varios problemas graves. Uno de ellos es la simplificación extrema; otro, la desnaturalización de las palabras. La combinación de ambos es fulminante: se observan los fenómenos políticos de manera superficial, y se describen las observaciones con palabras inadecuadas.

Indudablemente, algún grado de simplificación es necesario –y deseable– para que algunas nociones complejas puedan llegar al público no especializado. Pero que el presidente de Estados Unidos divida al mundo en democracias y autocracias es ir un paso más allá. Es sorprendente (o no) la liviandad con que analistas políticos de todo el mundo hispanohablante han recogido sus palabras y las han empleado como cristal a través del cual contemplar la realidad política de sus países. Como si viniera a decir algo nuevo; como si viniera a decir algo cierto; como si viniera a decir algo interesante.

(Nótese que Joe Biden aparece aquí apenas como ejemplo, como chivo expiatorio de los desarreglos cometidos por innumerables políticos, politólogos, analistas y periodistas.)

Hasta aquí, el argumento podría sonar a mera pedantería académica. ¿Acaso sería esperable que en el cuerpo de cada político habite un catedrático de Ciencia Política? Naturalmente, no. Pero que el presidente de EEUU… Permítaseme interrumpir la anáfora para plantear una pregunta: ¿para qué dicen ciertas cosas los políticos? ¿Es esencial para la implementación de sus políticas públicas que Biden, en un ejercicio de retórica básica, afirme que el mundo se divide en democracias y autocracias? Uso la palabra “básica” como en “investigación básica”, es decir, no aplicada. ¿Era esa demarcación necesaria para dar vida al plan billonario de recuperación de la economía estadounidense? ¿Era un pilar para fundamentar una ruptura de relaciones diplomáticas con China? ¿Tenía alguna consecuencia material? Parecería que no: era pura teoría. Teoría básica, no aplicada.

En ese caso, debemos preguntarnos: ¿para qué hace Teoría Política un presidente? ¿Para quién la hace? Si en sus noches de insomnio gasta pluma y pergamino al fulgor de la vela silenciosa, quizá sea para legar un compendio de sabiduría a las generaciones venideras. Pero si lo hace con luz y taquígrafos, que dijera Antonio Maura, cabe interpretar que desea dar a sus sentencias la mayor difusión posible. En otras palabras: para la galería; para establecer ante el gran público las líneas políticas, ideológicas y éticas que guían su acción de gobierno.

Volvamos a la idea central: Biden divide el mundo en democracias y autocracias. ¿Y qué pasa con los países que no encuentran sitio a un lado u otro de la grieta? ¿Caen acaso por ella? ¿Quedan en el olvido, se pierden en el vacío? No. Mucho peor aún: acaban colocados erróneamente a un lado u otro de tal grieta.

 

«Los griegos distinguían seis categorías de regímenes políticos: monarquía, aristocracia y democracia (gobierno recto de uno, pocos y todos, respectivamente); y las correspondientes formas desviadas: tiranía, oligarquía y demagogia (gobierno corrupto de uno, pocos y todos, respectivamente)»

 

Ahora bien, si el lector imagina que el problema del binarismo (¡ay de las palabras que se ponen de moda! Más adelante hablaremos de ellas); decía: si el lector imagina que el problema del binarismo democracia-autocracia es que deja fuera los grados intermedios, las mejores y peores calidades democráticas, va desencaminado. No se trata aquí de una cuestión de grado, sino de especie: hay formas políticas que no son ni democráticas ni autocráticas. Lo sabemos desde hace 2.500 años, pero por momentos lo olvidamos. Mejor dicho: elegimos olvidarlo, porque el camino a la simplificación no pasa por esos lares. Y porque, hay que reconocerlo, mentar a Platón dispara las alarmas de lo pretencioso y lo anacrónico. (Hace ya varios años que algunas universidades anglosajonas cancelaron a los clásicos griegos por esclavistas o blancos o campeones del patriarcado o todo lo anterior junto. No, en cambio, por sus ideas, lo cual nos debe hacer sospechar que alguna cosa medio interesante habrán dicho.)

Bien mirada, la clasificación de regímenes políticos que hicieron los antiguos es casi tan simple como la de Biden. Pero la diferencia radica en el “casi”. Mientras Biden solo ve dos categorías, los griegos distinguían seis: monarquía, aristocracia y democracia (gobierno recto de uno, pocos y todos, respectivamente); y las correspondientes formas desviadas: tiranía, oligarquía y demagogia (gobierno corrupto de uno, pocos y todos, respectivamente).

¿Ha registrado, lector, lo que acaban de ver sus ojos? ¡Demagogia! La ausencia de democracia –o su desviación– no tiene necesariamente forma de tiranía, despotismo, dictadura, autocracia. Tiene antes que todo eso cara de demagogia.

Habíamos mencionado antes que algunas palabras se ponen de moda, mientras otras caen en el olvido. ¿Hay acaso político actual que se precie y que no adorne frase sí, frase también con la resiliencia, la sostenibilidad y demás accesorios de prêt-à-porter verbales? La marea de la moda se ha llevado a la demagogia mar adentro y nos ha dejado en su lugar, penosa confusión mediante, al populismo. Este es al lenguaje político lo que “hípster” al de las redes sociales hace unos años: hay que pronunciarlo para pertenecer al reino de este mundo (político). Comprender su verdadero significado es lo de menos. Preguntarse en qué se diferencia de la demagogia es una complicación innecesaria, repelente afectación. Así, acaban siendo –o pareciendo– sinónimos. Y lo que hay de interesante en las particularidades de cada una, en las diferencias, en los matices, desaparece.

Decíamos al comienzo que nos enfrentamos a dos problemas complementarios: uno de significados, uno de significantes. En resumen: el primero consiste en no ver que la ausencia de democracia no es necesariamente la autocracia, sino que puede ser algo esencialmente distinto. El segundo, en confundir las palabras, borrar sus fronteras, vaciarlas de contenido y hasta hacerlas desaparecer, reemplazándolas por otras cuyos contornos no alcanzan a cubrir la sombra dejada por las antiguas.

 

Argentina, según Platón

Largo vuelo preliminar para aterrizar en la Casa Rosada. ¿Nos sirven las categorías de Biden para entender lo que allí ocurre? Resulta claro que no: decir que la Argentina de Alberto Fernández y Cristina Fernández es una democracia es perder de vista sus numerosos y destructivos meandros. Decir que es una autocracia es confundir la enfermedad con la muerte.

¿Y qué hay de la propuesta griega? Hay en ella la luz que nos estaba faltando. El régimen de los Fernández no es una autocracia, sino una demagogia. Comenzó con un golpe a las instituciones: una fórmula en donde la vice preside y el presidente obedece (esto, que los analistas locales vimos desde el anuncio de la dupla en mayo de 2019, recibió la bendición internacional y definitiva en marzo de 2021, cuando el Financial Times tituló “Cristina Fernández de Kirchner’s dominance in Argentina becomes apparent”). Un golpe de los más peligrosos, puesto que es tóxico para las instituciones pero legal. Siguió por numerosos gestos de dudosa virtud democrática, tanto al interior del ejecutivo como hacia la oposición, hasta llegar al cénit de mayo de 2021: tanto presidente como vice dispararon acérrimos dardos contra la independencia del poder judicial, ante una sentencia contraria a las preferencias del ejecutivo, relativa a la apertura de los colegios durante la pandemia. Y aquí reside la clave de la demagogia: esos dardos iban nominalmente propulsados por la democracia. El presidente anunció que ninguna sentencia judicial detendría su firme propósito de cuidar la salud de los argentinos. En otras palabras, situaba la democracia por encima de la ley.

Un hombre escribió alguna vez que el criterio para diferenciar los regímenes políticos virtuosos de los desviados –la democracia de la demagogia– es, precisamente, el ajuste a la ley. ¿Se imagina el lector quién era ese hombre? Una pista: nos adelantó 2.500 años.

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