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Si no es en Internet, ¿dónde?

MYRIAM REDONDO
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Internet fue saludada en su nacimiento como un nuevo continente que crecería a partir de postulados equitativos, pero más de 25 años después, superados los 3.000 millones de internautas, esa promesa no se ha materializado para sus cerca de 1.300 millones de usuarias.

Al investigar sobre brecha digital de género (la diferencia porcentual entre mujeres y hombres con respecto al uso de las tecnologías de la información y la comunicación, TIC) se producen dos sensaciones sucesivas: desbordamiento y sorpresa. Primero parece que hay demasiados datos disponibles hasta que se intenta compararlos: no todas las instituciones o países emplean los mismos parámetros, ofrecen cifras fiables o se preguntan aún por la cuestión.

Aunque hasta la estadística más precisa puede contestarse, cuando hay muchas apuntando a una misma dirección es difícil negar la evidencia, y ahí llega la sorpresa. Desde la mayoría de los ángulos de observación, y siendo herramientas tan jóvenes, las TIC ya presentan muchos de los sesgos de género que llevan siglos instalados en el mundo real. Aun en marcos en los que muestran superioridad numérica, las mujeres suelen tener menor acceso, destreza, presencia, influencia y capacidad de mando en todo lo relacionado con la Sociedad de la Información, especialmente en los países subdesarrollados o en desarrollo.

Es ante todo un problema ético y de justicia social, pero con importantes pérdidas económicas añadidas. El informe “Women and the Web” (Intel, Dalberg, GlobeScan y World Pulse, 2013) calculaba que dar acceso digital a 600 millones de mujeres en los 144 países en desarrollo supondría en tres años una contribución al PIB del conjunto de entre 13.000 y 18.000 millones de dólares. En escenarios micro, muchos expertos asocian la diversidad de género a mejoras en materia de creatividad y de relación con el cliente dentro de las empresas. Las grandes corporaciones…

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