Serbia, la Unión Europea y la Gay Parade

 |  22 de octubre de 2014

El 28 de septiembre tuvo lugar en Belgrado la primera Gay Parade desde que fuera suspendida en 2011 por motivos de seguridad. Según datos oficiales, 1.000 personas formaron parte de la manifestación, que fue asegurada por un despliegue de 7.000 agentes. Los participantes estaban compuestos principalmente por grupos de activistas, diplomáticos de embajadas europeas y de Estados Unidos, el jefe de la delegación de la Unión Europea en Belgrdo, miembros del gobierno y partidos de la oposición.

El buen desarrollo de este evento y la ausencia de actos violentos, a pesar de la convocatoria de una contramanifestación por parte de miembros de extrema derecha y grupos religiosos, es un paso importante para Serbia. Primero, es importante en el marco de un proceso de reconstrucción de la imagen exterior del país –hasta ahora casi exclusivamente asociado a la guerra de los años noventa y al conflicto sobre el estatus de Kosovo– como el de una sociedad democrática que progresivamente se va adaptando a los estándares europeos.

Segundo, es un símbolo del compromiso del país hacia el proceso de adhesión a la UE. A principios del 2015, el gobierno espera poder abrir los dos primeros capítulos de negociación con la UE, entre ellos el 23, dedicado al sistema judicial y los derechos fundamentales. Ahora bien, en los últimos Progress Report relativos a Serbia, la Comisión Europea había resaltado de manera recurrente la suspensión de la Gay Parade para mostrar la necesidad de que se dé más apoyo político a la defensa de las libertades y la lucha contra la discriminación, dado que la legislación vigente ya las ampara. En este contexto, la celebración de esta marcha se puede entender como un mensaje para Europa sobre la determinación de serbia a avanzar rápidamente en el proceso de integración.

Por último, este evento es significativo desde el punto de vista del conflicto que se vive en Europa a raíz de la crisis de Ucrania. Rusia mantiene un discurso anti-occidental en el que la homosexualidad es identificada como un “invento” occidental que atenta contra los valores tradicionales de la sociedad rusa. Esta interpretación tiene su eco en la sociedad Serbia, que se siente culturalmente más próxima a la tradición ortodoxa y la cultura eslava. En el contexto actual en el que Serbia se encuentra dividida entre sus lazos con Rusia y sus compromisos con la UE, esta manifestación de acercamiento a los valores occidentales es una manera más sutil pero igualmente eficaz de mostrar a los futuros socios europeos un cierto distanciamiento de Rusia.

 

Liderazgo en el proceso de integración

Dicho esto, convendría llevar a cabo un segundo análisis de estos hechos desde otra perspectiva, es decir, de cómo se está llevando a cabo el proceso de integración. Más concretamente, cabría preguntarse sobre el grado de ownership que los países candidatos tienen sobre el proceso. Esta reflexión es importante para Europa pues está directamente relacionada con “las desviaciones” de los valores europeos una vez se ha entrado en el club (pensemos en Hungría).

En este caso, la marcha fue liderada por embajadores y diplomáticos de países europeos (y EE UU) y realizada en gran medida por la presión que estos ejercieron sobre el gobierno para que se llevase a cabo. Si bien participaron organizaciones en defensa de la comunidad LGBT y autoridades locales y gubernamentales, la marcha no fue masiva ni apoyada masivamente por la población. Como sí lo fue la marcha de protesta convocada la víspera por grupos religiosos y de derecha a la que asistieron unas 5.000 personas. El propio primer ministro, Aleksandar Vucic, lo expresó claramente en declaraciones posteriores: “A pesar de las diferentes opiniones y perspectivas, aunque no ha sido fácil para la mayoría, Serbia ha mostrado que es un país de gente decente”.

Si bien es perfectamente legítimo que los Estados miembros se manifiesten sobre la necesidad de adherir y respetar los valores que rigen la Unión, la cuestión es si esta forma es la más adecuada o si, por el contrario, no resulta contraproducente al hacer que la UE –y los valores que representa– sean percibidos como una imposición exterior.

En este sentido, a medida que avanza el proceso de integración, el corpus jurídico se ha ido enriqueciendo y, paralelamente, ha ido dejando cada vez menos margen para que los países se apropien de dicho proceso, que es percibido como una elección “todo o nada”. Ante ello, los gobiernos han tomado la iniciativa del progreso social (impuesto por Bruselas), dejando atrás a una sociedad desinteresada y ajena a los valores percibidos como foráneos. El caso de Serbia es ilustrativo en este punto, pues las encuestas muestran que un 58% de la población considera que no tiene nada en contra de la homosexualidad siempre y cuando esta no sea mostrada públicamente. Esto ha dado lugar a que la población asocie la UE a un elemento casi anecdótico –la organización de la Gay Parade– de entre todo el entramado de derechos y libertades que hacen parte del mencionado corpus jurídico europeo.

Por otra parte, este modus operandi europeo requiere la emergencia de gobiernos de mano dura, capaces de ejercer su poder sobre la población en aquellos puntos clave en los que la población se resiste. Así, paradójicamente, se trataría de consolidar el Estado de derecho y garantizar las libertades de los ciudadanos a través de prácticas poco menos que autoritarias. De nuevo en Serbia, la principal lectura pública sobre los hechos ha tenido más que ver con la capacidad del (todopoderoso) primer ministro de contener a los grupos de extrema derecha y religiosos –yendo en contra de la mayoría de la población para satisfacer los requerimientos de la UE–, que con una reflexión sobre el significado de  la Gay Parade para el país.

Ganar no solo las mentes sino también los corazones de los nuevos países candidatos (y algunos de los que ya son miembros) requiere un proceso más lento y dosis mayores de sutileza. De no ser así, tendremos una Europa más amplia pero también mucho más débil.

Por Raquel Montes Torralba, analista internacional.

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