¿Una nueva Argentina?

MARIO D. SERRAFERO
 |  26 de noviembre de 2015

Mauricio Macri es el nuevo presidente de Argentina. El espacio Cambiemos obtuvo en la segunda vuelta electoral el 51,4% contra el 48,6% de Daniel Scioli con el Frente para la Victoria. Esta fractura por mitades es fruto del ballotage más que de una Argentina en tono bicolor. El triunfo de Macri fue sorpresivo. ¿En qué hubo hastío y hasta hartazgo? Varias cuestiones: a) un estilo de gobierno unilateral, no dialoguista y con fuertes rasgos autoritarios; b) una división de la política y la sociedad que distinguía entre los amigos (buenos) y los enemigos (malos); c) un relato recargado que dio cuenta de la historia, del presente y del futuro en clave de historieta ideológica que solo puede ser sostenida y defendida desde la pasión o la ignorancia. Al nuevo gobierno le tocará buscar consensos, establecer diálogos, incluir la consideración de otras perspectivas, reconciliar a la democracia con el pluralismo y a una sociedad dividida. Será importante el estilo de liderazgo del nuevo presidente. Si Macri despliega un liderazgo consensual y democrático será ya un cambio de proporciones frente a los años de gestión kirchnerista.

Ahora hay dos preguntas clave que concitan el mayor interés. La primera, ¿cuánto cambio habrá? Y la segunda ¿cómo será la gobernabilidad frente a un cuadro de poder dividido? Respecto a los cambios, es esperable que los haya en temas institucionales, por ejemplo una interpretación más republicana del contenido de la Constitución, un Congreso más deliberativo y una Justicia más independiente. ¿En qué cabe esperar continuidad? El kirchnerismo dejó una agenda social que difícilmente podrá alterarse drásticamente. Lo mismo cabe señalar con algunas políticas que merecieron reconocimiento más allá del kirchnerismo como la inversión en Ciencia y Teconología. En temas económicos uno u otro candidato, más allá de lo dicho en la última parte de la campaña, no tendrían opciones demasiado diferentes. Y las urgencias son harto conocidas: desactivar el cepo al dólar, aumentar las menguadas reservas del Banco Central, combatir la inflación, etcétera. Scioli había presentado la opción kirchnerista como la defensora del Estado omnipresente y a Macri como el mayor devoto del mercado y del neoliberalismo. Nada indica que el nuevo presidente se aparte de lo que ha intentado en su gestión y pregonado en su discurso: la defensa de un Estado eficiente, sin atajos populistas. En lo que sí habrá cambios importantes es en lo que prácticamente no hablaron durante la campaña: política exterior. Macri adelantó que propondrá al Congreso la derogación del Memorándum con Irán y pedirá la aplicación de la cláusula democrática y la suspensión de Venezuela del Mercosur. La anterior preferencia por el eje bolivariano y países como China o Rusia se desplazará más hacia el Occidente democrático. Y la cuestión de seguridad –incluyendo la creciente preocupación por el narcotráfico– será un tema inevitable y urgente. Ocupará un lugar central en consonancia con el interés y la preocupación de los argentinos.

La segunda pregunta es cómo gobernará Macri frente a un cuadro de poder dividido. Su partido, el PRO, se ha quedado con los dos distritos más importantes –el gobierno de la ciudad y la provincia de Buenos Aires– y con el gobierno nacional. Pero el Frente para la Victoria es la primera minoría en la Cámara de Diputados y en el Senado. Cuenta con 117 diputados entre propios y aliados y con 42 senadores.

El macrismo tiene 41 diputados más los 50 de la UCR y la CC, que conforman Cambiemos. Y en el Senado los números son aún más reducidos. Los recursos institucionales con que cuenta el nuevo presidente no son tantos, pero son un buen punto de partida. Los argentinos se acostumbraron a que un presidente tenga la concentración de todo el poder y eso es un efecto de su deformación presidencialista. El gobierno dividido puede ser fuente de conflicto, pero también inducir al consenso.

¿Qué debería hacer el nuevo presidente pensando en términos de gobernabilidad? En primer lugar, ser consciente de que el 51,4% obtenido no es propio, que ha revertido una derrota en primera vuelta y que las mayorías del ballotage son fabricadas. Deberá pues construir una legitimidad propia. Y no tiene mucho tiempo para ello, ya que en las elecciones legislativas de 2017 varios jugadores apostarán fuerte. Respecto las instituciones del gobierno federal, el Congreso será un campo más pluralista y más complicado para lograr la legislación requerida. Se supone que existirá una coalición legislativa en el espacio Cambiemos, pero seguramente el PRO deberá negociar con la UCR y la CC. Los socios no serán necesariamente complacientes. Pero no le alcanzará para sancionar una ley en Diputados a menos que obtenga el apoyo del peronismo no kirchnerista u otros legisladores. Aquí podrá pactar en cada ley o tener un acuerdo un poco más amplio respecto de ciertas políticas públicas. Pero el Senado siempre estará en otras manos y le será más esquivo. Para lograr el apoyo de la oposición debería tener un gran consenso de la población y lograr una buena relación con todos los gobernadores, quienes continuarán necesitando los fondos del gobierno nacional.

¿Intentará Macri conformar una coalición de gobierno? Hasta ahora no ha dado señales fuertes en este sentido pues el propio Cambiemos está bastante lejos de ese supuesto, aunque algunos políticos de la UCR integrarán su gabinete. El nuevo presidente parece que privilegiará la alianza con la gente, intentando engrosar su legitimidad. Si lo logra, le será más fácil retener el apoyo del espacio Cambiemos, obtener victorias en el Congreso y retrasar la acción de una oposición que no se perfila condescendiente. Entretanto, el peronismo tendrá juegos paralelos que en algún punto se entrecruzarán. El destino del kirchnerismo será perecer o emprender la reconquista del poder. El peronismo disputará liderazgos en un escenario de impostergable renovación. Y entre ambos hay cuentas pendientes que saldar. Mientras tanto, la fragmentación del peronismo puede ser un inesperado aliado para el gobierno. La presidencia de Cristina Fernández ha llegado a su fin y, con ella, los doce años del kirchnerismo en el poder.

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