Virus del zika, otra enfermedad que llega para quedarse

JAVIER SOLANA Y ANTONI PLASÈNCIA
 |  3 de febrero de 2016

No es la primera vez que ocurre y sabemos que tampoco será la última. De pronto, una enfermedad desconocida para la mayoría de la población salta de las fronteras a los titulares con una celeridad pasmosa y pone a las personas y a los sistemas sanitarios en jaque. Lo vimos el verano de 2015 con la epidemia de chikunguña en América Latina y anteriormente nos habíamos dado de bruces con ello como consecuencia de la crisis del ébola. Ahora es otro virus acerca del que se sabía poco, el zika, el que irrumpe en el escenario internacional y lo llena de amenazas e interrogantes.

El zika se parece al chikunguña en numerosos aspectos y se diferencia en uno fundamental. Ambas son enfermedades víricas y ambas son transmitidas por el mismo vector: el mosquito Aedes, transmisor también del virus del dengue. Las dos dan lugar a síntomas similares (fiebre, cefaleas, dolor articular, erupciones en la piel, etcétera) y las dos han provocado grandes epidemias en América Latina que han acabado generando un goteo de casos importados en otros países. Además, para ninguna de ellas existe tratamiento específico. Sin embargo, el zika se presenta con una consecuencia añadida que la hace, a priori, mucho más grave: aunque las evidencias científicas al respecto no son suficientemente sólidas todavía, existen datos que apuntan a que el virus del zika en embarazadas podría estar asociado con un aumento de las malformaciones congénitas (microcefalia y síndrome de Guillain-Barré).

Influenciada quizá por las críticas recibidas ante la respuesta tardía a la crisis del ébola, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha declarado la situación como emergencia internacional de salud pública. Días atrás su directora general, Margaret Chan, había afirmado que el virus del zika se expande de manera “explosiva” y anunció unas previsiones de entre tres y cuatro millones de casos, que inmediatamente dispararon las alarmas. En un territorio con amplia presencia de un vector que se ha probado muy competente en la transmisión de este tipo de enfermedades y con una población que carece de inmunidad, el virus tiene el terreno despejado para seguir propagándose, al menos hasta que termine la estación de lluvias.

 

Geografía de la epidemia de zika

The Washington Post

 

Aunque la OMS cumple con su deber al activar los mecanismos de alerta, conviene puntualizar que la situación es radicalmente distinta en Europa, donde la presencia del vector es mucho más escasa y la probabilidad de una gran epidemia es verdaderamente reducida.

Pese a que zika está documentado desde 1947, lo cierto es que el conocimiento científico sobre él es más bien escaso. Previsiblemente, los datos generados por los numerosos casos registrados en Latinoamérica servirán para generar nuevas evidencias y, sobre todo, para confirmar la asociación entre el virus en embarazadas y las malformaciones congénitas.

Mientras tanto, en la cresta de la ola de la atención mediática, la pregunta que suena con insistencia es la misma que en ocasiones anteriores: ¿para cuándo una vacuna? La respuesta, en este caso, es incierta y deja al descubierto las costuras del sistema de innovación actual. Hasta el estallido de esta nueva crisis, la apuesta por el desarrollo de un fármaco contra el virus del zika hubiese constituido un auténtico reto financiero para cualquier centro de investigación y un sinónimo de ruina para el consejo de administración de cualquier farmacéutica. Aunque ya existen mecanismos que permiten canalizar fondos hacia las llamadas enfermedades desatendidas, el margen de mejora es ciertamente notable, en particular cuando se trata de patologías que ni siquiera gozan del estatus de desatendidas o que constituyen una amenaza mayor debido a su letalidad o a su capacidad de propagación.

A finales de 2015, la OMS dio a conocer una lista de enfermedades emergentes que, a juicio del grupo multidisciplinar de expertos que la elaboró, requieren atención de I+D urgente por su elevado potencial para causar epidemias de gran magnitud. La lista incluye diez enfermedades, entre las que figuran el ébola, el MERS o el virus de Marburgo, entre otras. El zika aparece, junto con el chikunguña, en un segundo nivel, entre aquellas que requieren I+D “tan pronto como sea posible”.

Lo que a nadie escapa a estas alturas es que este tipo de epidemias causadas por enfermedades viajeras no son fenómenos aislados, sino más bien como las nuevas reglas del juego impuestas por la globalización. Dotarnos de los mecanismos adecuados para hacer frente a esta nueva situación de manera colectiva no solo es una cuestión de salud pública, sino también una prioridad en materia de seguridad nacional cuyo abordaje en ningún caso debe esperar hasta la próxima epidemia.

 

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