Xi y Li: dos estilos y un proyecto

 |  11 de febrero de 2015

Mucho se ha especulado en los últimos tiempos sobre la supuesta quiebra del liderazgo colectivo en el Partido Comunista de China (PCCh) a favor de una especie de neopersonalismo encarnado por su actual secretario general, Xi Jinping. Los turbulentos años de la Revolución Cultural aquilataron en el PCCh un firme repudio al liderazgo unipersonal, habitualmente acompañado de proliferación de líneas internas visiblemente enfrentadas y el subsiguiente envolvimiento de las masas en la lucha política a instancias de las diferentes facciones. Deng Xiaoping, queriendo disipar los riesgos que sugiere tal estado de cosas para la estabilidad política, se ubicó calculadamente en las antípodas de este proceder y promovió el liderazgo colectivo como sortilegio para evitar la trágica repetición del pasado maoísta. Sin duda, la colegiación de la dirección política es una de las características básicas de la reforma y apertura impulsada en 1978.

En la China de hoy, casi 20 años después de la muerte del Pequeño Timonel, es evidente que Xi Jinping ejerce un tipo de liderazgo fuerte e incisivo, mucho más seductor y atractivo que el de su predecesor, Hu Jintao, a quien no parecía importarle siquiera que el número dos en la jerarquía, el primer ministro Wen Jiabao, desempeñara un papel mediáticamente superior. En tal sentido, Xi está más cerca del tipo de liderazgo ejercido por Jiang Zemin (1989-2002), también mucho más efusivo que sus primeros ministros Li Peng (1987-98) o Zhu Rongji (1998-2003), hasta el punto de provocar no poco hartazgo en la población china.

Xi Jinping y Li Keqiang son las dos principales estrellas del firmamento político chino y, a priori, las únicas del actual Comité Permanente del Buró Político que dispondrán de un segundo mandato a partir de 2017. El primero, príncipe rojo, se sitúa a la cabeza de un clan de Shaanxi en proceso de consolidación con los principales apoyos de Wang Qishan y Yu Zhengsheng. Por su parte, Li Keqiang, tuanpai, contó con el aval de Hu Jintao y procede del vivero de la Liga de la Juventud.

Han transcurrido poco más de dos años de ejercicio de la quinta generación de dirigentes y resulta precipitado deducir que el principio de liderazgo colectivo se ha resentido o, más aún, se ha quebrado. Más bien cabría pensar que, por una parte, habida cuenta el periodo decisivo que vive el país y en el que se juega el éxito del convulso proceso de modernización iniciado con la derrota de la última dinastía imperial, colectivamente se haya decidido promover un determinado tipo de liderazgo más cercano a la población y menos timorato internacionalmente, capaz de encarnar el mensaje y la voluntad de cambio y superación de la etapa precedente.

Por otra parte, cabe señalar que la China de Xi ambiciona ponerse a la altura de su principal rival estratégico, Estados Unidos, y eso incluye un cambio en la actitud de la máxima autoridad, abandonando la discreción y la sutileza como virtudes que hasta ahora, con la fidelidad al partido, permitían la estabilidad del liderazgo. Desde la promoción de la “primera dama” al “sueño chino” o la superación de la rigidez habitual en el tratamiento mediático de los líderes, es evidente una emulación que aspira a conformar una nueva realidad más dinámica y moderna y, a mayores, homologable y no confrontativa.

Dicho esto, cabe reconocer que con su carisma y arrojo, Xi ha consolidado su poder personal, en buena medida utilizando la campaña contra la corrupción, que se ha llevado por delante a altos funcionarios asociados con clanes rivales en todas las instancias del poder, tanto civil como militar. Esto ha afectado, en primer lugar, a los próximos al expresidente Jiang Zemin, pero no solo. La reciente defenestración de Ling Jihua, del círculo íntimo de Hu Jintao, caído en desgracia en razón del accidente automovilístico de su hijo y afectado por las irregularidades de sus dos hermanos, tiene un alto valor simbólico.

Este proceder ha permitido a Xi ir trazando su propia base de poder, de la que carecía en 2012, colocando a afines en posiciones de relevancia, especialmente en algunos departamentos clave del PCCh. En paralelo, la promoción de la “reforma integral” se materializó en la formación de grupos dirigentes específicos bajo su presidencia que le ayudan a sortear hipotéticas reticencias en los mecanismos ordinarios y a reforzar su propia imagen. Cabe destacar que en todos estos nuevos grupos, desde el grupo dirigente para la reforma integral al Consejo de Seguridad, la comisión de Seguridad en Internet e Información, la comisión de Economía y Finanzas, y la comisión de Defensa Territorial y Reforma del Ejército, el tándem Xi-Li expresa una garantía de unidad.

Quiere ello decir que dejando a un lado estilos y liderazgos, no hay diferencias sustanciales de proyecto. Xi Jinping, sin base propia cuando llegó al poder, se afana por ganarse su propio espacio reduciendo las influencias de Jiang y de Hu, especialmente en los niveles intermedios, tanto a nivel central como territorial.  Su influencia ha crecido y está por ver en qué medida afecta a la pervivencia de reglas y compromisos del pasado y cuánto le permitirá influir en la conformación del equipo dirigente que surja del siguiente congreso (2017) en detrimento de las familias políticas que protagonizaron el consenso de 2012. No obstante, el futuro de ambos líderes depende de la evolución de la reforma, tanto política como económica, que ambos deben culminar en lo sustancial en 2022, y que a los dos exigirá no poco coraje ante la proliferación de resistencias.

El reparto de papeles, con pronunciamientos que abarcan todo tipo de cuestiones e inciden en una popularidad personal sin precedentes en el caso de Xi, se sustenta en un consenso inquebrantable que remite a la lealtad al PCCh y al rechazo del liberalismo político. Xi Jinping puede personalizar la reivindicación del imperio de la ley y el Estado de Derecho como instrumentos para limitar el poder del PCCh, al tiempo que Li Keqiang reivindica más mercado y economía privada, pero ambos coinciden en que esa transformación no debe poner en cuestión la autoridad y magisterio del PCCh.

Por Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China, cuya publicación más reciente es el Informe Anual 2015. Todos sus artículos publicados en nuestras revistas, aquí.

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