El 12 de agosto murió Zhu Rongji, a los 97 años de edad. Primer ministro de China entre 1998 y 2003, fue uno de los más importantes reformistas del país después de Deng Xiaoping, quien llegó a afirmar: “Zhu Rongji es el único que entiende de economía”. Ambos fueron figuras decisivas en el proceso de transformación económica de China durante las últimas décadas, el más espectacular de la historia contemporánea.
China, que tenía una renta per cápita de unos 150 dólares en 1978, cuando Deng Xiaoping proclamó la política de “reforma económica y apertura al exterior”, se encuentra hoy a las puertas del grupo de economías de renta alta. En menos de medio siglo, su renta per cápita se ha multiplicado de manera extraordinaria y el país se ha convertido en la segunda economía del mundo.
Durante los sucesos de Tiananmen, en la primavera de 1989, Deng Xiaoping destituyó al secretario general del PCCh, Zhao Ziyang, por considerarlo débil ante las peticiones de democracia liberal de los estudiantes. Dos años antes había hecho lo mismo con su antecesor, Hu Yaobang, por idéntica razón. Los líderes del PCCh en Shanghái, el secretario general Jiang Zemin –el centenario de cuyo nacimiento se conmemoró el 17 de agosto– y el alcalde Zhu Rongji fueron promovidos a la dirección del país porque consiguieron evitar que se reprodujeran en Shanghái los disturbios de Pekín. Ellos representaban, como el propio Deng, el paradigma “4+4”: “cuatro modernizaciones” –de la agricultura, la industria, la ciencia y tecnología y la defensa– más “cuatro principios” –resumidos en el monopolio del poder político para el Partido–; o sea, desarrollo económico sin cambio político. Objetivo final: un país rico, fuerte y que nadie pudiera volver a humillar.
Cuando en una ocasión un periodista preguntó a Zhu si era el Gorbachov chino, él contestó: “No; yo soy el Zhu chino”. El liderazgo del PCCh extrajo de la experiencia soviética la conclusión de que intentar compaginar la reforma económica con la liberalización política podía poner en peligro la supervivencia del régimen, como había comprobado el propio Gorbachov –que estuvo en Pekín en mayo de 1989, justo cuando los estudiantes, que le vitorearon, ocupaban la plaza de Tiananmen–. Para el PCCh, la liberalización económica no podía, en modo alguno, extenderse al terreno político. Ese principio continúa siendo uno de los fundamentos del sistema chino.
Zhu jugó un papel decisivo en el abandono del modelo económico estaliniano, basado en el monopolio de la propiedad pública de los medios de producción y la fijación estatal de los precios, para avanzar hacia un sistema híbrido de propiedad, mezcla de la privada y la estatal, y un sistema de precios fijados básicamente por el mercado. Partiendo del principio “retener las grandes y soltar las pequeñas y medianas”, el número de empresas industriales y de servicios de propiedad pública cayó en más de la mitad en tres años, entre 1996 y 1999, y su porcentaje de la producción industrial pasó del 78% al 26% entre 1978 y 2011. Sus pérdidas totales disminuyeron del 1,4% del PIB del país en 1998 al 0,6% en 2012.
La transformación tuvo un enorme coste social. Más de treinta millones de trabajadores perdieron sus empleos durante la reestructuración de las empresas estatales, cuya suerte se vio parcialmente aliviada por la creación de un embrionario sistema de seguridad social y por la profunda transformación del sistema de vivienda. Si hasta entonces la empresa pública y el Estado facilitaban la vivienda a empleados y funcionarios, a fines de los noventa se las vendieron a precios muy favorables. La reforma contribuyó así decisivamente a la creación de un mercado inmobiliario y a la acumulación de patrimonio por millones de familias urbanas. Al convertir en propietarios a millones de hogares, sentó además una de las bases patrimoniales de la vasta clase media china, que hoy se cifra en unos 500 millones de personas.
Es un hecho pocas veces señalado y de enormes consecuencias sociales y políticas: si el taxista que nos conduce del aeropuerto a nuestro alojamiento, al llegar a Pekín o Shanghái, es propietario de su vivienda, como ocurre con frecuencia, puede poseer hoy un patrimonio inmobiliario de enorme valor.
En 2000 visitó China el presidente José María Aznar, estando yo de embajador. En su conversación con su colega Zhu Rongji, este le dijo que el sistema fiscal chino controlaba el 14% del PIB. Aznar no pudo contener un gesto de asombro: “¿Cómo usted, primer ministro de un país socialista, me dice eso, si yo me las veo y me las deseo para estar por debajo del 40%? ¿Es España más socialista que China?”. La anécdota resumía bien una de las paradojas de aquella China: un Estado gobernado por un partido comunista estaba introduciendo mecanismos de mercado a una velocidad extraordinaria. Zhu aumentó progresivamente la renta fiscal, que hoy asciende en torno al 21% de un PIB mucho mayor.
Zhu, que había sido gobernador del Banco Central, controló la inflación y saneó el sistema bancario. Durante su etapa al frente del gobierno impulsó una profunda transformación de los cuatro grandes bancos estatales para que funcionaran cada vez más como bancos comerciales y con criterios de mercado.
«El arancel medio chino cayó de alrededor del 24% a comienzos de los años noventa a aproximadamente el 10% tras la adhesión a la OMC»
Otro de los mayores logros de Zhu Rongji fue el ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio, en diciembre de 2001, tras quince años de negociaciones, al final con Clinton, “que hicieron encanecer mi cabello”. El arancel medio chino cayó de alrededor del 24% a comienzos de los años noventa a aproximadamente el 10% tras la adhesión. El arancel de los automóviles descendió del 100% al 25%. Pocos países en vías de desarrollo habían aceptado hasta entonces una apertura comercial de semejante magnitud.
La filosofía de Zhu era utilizar el ingreso en la OMC para promover reformas económicas en todo caso necesarias, de forma similar a como hizo España con el ingreso en la CEE. Para Zhu, el que no fuera capaz de aprender a nadar en el mar de la competencia internacional mejor que sucumbiera, de modo que quienes sí fueran capaces pudieran competir con los extranjeros primero en China y después en el mercado global. Posición tan valiente como arriesgada. La entrada en la OMC aceleró la integración de China en las cadenas globales de producción y contribuyó a convertirla en la gran potencia manufacturera que es hoy. Esa audacia y el esfuerzo son algunas de las razones del éxito fulgurante del coche eléctrico chino, emblema del éxito de su economía en el más amplio sentido hoy día. La exportación china pasó de 253.000 millones de dólares en 2000 a 3,7 billones el año pasado.
Zhu se empleó a fondo en la lucha contra la corrupción, entendiendo que “o el Partido acaba con la corrupción o la corrupción acaba con el Partido”. Dijo: “Preparad cien ataúdes para los corruptos y uno para mí por si caigo en la lucha”. Incluso se atrevió a arremeter contra la corrupción y el contrabando de automóviles y otros bienes en las altas esferas del Ejército Popular de Liberación, en la provincia de Fujian.
Uno de los grandes aciertos de Zhu fue negarse a devaluar el renminbi en respuesta a las devaluaciones de otros varios países asiáticos durante la crisis financiera de fines de los noventa. China absorbió con aumentos de productividad las pérdidas de competitividad ocasionadas por las devaluaciones. El Banco Mundial llegó a decir que China, al no devaluar durante la crisis financiera asiática, a fines de los noventa, “evitó que una crisis regional se convirtiera en crisis global”. La buena voluntad que se granjeó China ayudando así a sus vecinos favoreció el posterior acercamiento económico con el Sudeste Asiático, que condujo a la creación de la zona de libre comercio entre China y la ASEAN, firmada en 2002 y que entró en vigor en 2010. El pasado año, ASEAN fue el principal comprador de China (17,6% de la exportación china total, frente al 14,8% dirigida a la UE) y su principal vendedor (15,1% de la importación total china, frente al 10% procedente de la UE).
El economista Wu Jinglian fue uno de los colaboradores más influyentes de Zhu Rongji a lo largo de aquellos años y una de las principales voces favorables a las reformas de mercado. Wu ha sido profesor destacado de la China Europe International Business School (CEIBS) de Shanghái, una de las principales escuelas de negocios de Asia y estrechamente vinculada desde sus orígenes al IESE de Barcelona. En esa relación desempeñaron un papel destacado Pedro Nueno, presidente honorario de CEIBS, y Alfredo Pastor, antiguo decano de IESE y también profesor de CEIBS.
España, por cierto, que presidía la CEE durante los sucesos de Tiananmen en 1989, entendió que procedía ayudar a Deng Xiaoping y al nuevo liderazgo reformista que acababa de nombrar y reaccionó de forma más moderada que el resto de la CEE. El ministro de Asuntos Exteriores Francisco Fernández Ordóñez, el presidente Felipe González y el rey Juan Carlos fueron, más adelante, los primeros altos mandatarios europeos que visitaron China, a sus respectivos niveles, restableciendo la normalidad institucional tras Tiananmen. El entonces ministro de Asuntos Exteriores chino, Qian Qichen, escribió en sus memorias, publicadas en 2003: “En el oleaje general contra China en aquella época, España fue el país que no se dejó llevar por la corriente y mostró su comprensión hacia la situación china”. China nunca olvida.
La actuación de Zhu Rongji no dejó de tener, inevitablemente, sus sombras: las ventas de tierra por parte de los municipios para resarcirse de las reformas fiscales, el aumento de la deuda y los desequilibrios asociados al desarrollo del sector inmobiliario. La reestructuración de las empresas públicas supuso además la pérdida de millones de empleos y una considerable dislocación social.
Pero resulta difícil entender el ascenso económico de China sin Zhu Rongji. Muy pocos políticos pueden exhibir una hoja de servicios tan exitosa y tan universalmente reconocida como el gran hombre que acaba de dejarnos.



