Unos drones rusos propulsados impactaron a finales de septiembre contra un tren en Ucrania, a apenas dos kilómetros de la frontera con Polonia. Los pilotos de los drones, y sus supervisores en el Kremlin, debían de saber que funcionarios de Europa, Reino Unido, Estados Unidos y otros países habían salido previamente de Kiev en tren tras participar en la reunión anual de la Yalta European Strategy (YES), una especie de Davos ucraniano.
Pero los trenes en los que viajaban el ex primer ministro británico Boris Johnson, el ex primer ministro sueco Carl Bildt, el exdirector de la CIA David Petraeus y el expresidente polaco Aleksander Kwaśniewski, entre otros, no fueron alcanzados. ¿Los rusos fallaron intencionadamente o por incompetencia?
Sea cual sea la respuesta, no hay duda de que el apoyo continuado de los responsables occidentales a Ucrania, puesto de manifiesto en la reunión anual de la YES, irrita al Kremlin. Al final de una mesa redonda, el ministro de Asuntos Exteriores polaco, Radosław Sikorski, comentó con franqueza que, en caso de ataque, la OTAN podría derrotar a Rusia con bastante rapidez: “Si los ucranianos han inutilizado la mitad de la capacidad de refinado de Rusia en seis meses, nosotros podríamos hacerlo en seis semanas y eliminar la otra mitad”. Sikorski confirmó más tarde que se refería a los miembros europeos de la OTAN.
El Kremlin reaccionó con indignación ante este comentario tan directo y rápidamente pasó a la ofensiva. La portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, María Zakharova, lo calificó de “rusofobia”. Quizá los funcionarios del Kremlin se hayan acostumbrado a los intercambios amistosos con los “negociadores” del presidente estadounidense Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner –“aficionados ciegos que no se ven agobiados por los detalles geopolíticos”, como los describió Edward Luce en el Financial Times–.
Víktor Sobolev, miembro de la Comisión de Defensa de la Duma Estatal, rechazó esa premisa: “No tenemos intención de atacar a nadie; el presidente lo ha dicho muchas veces”. No importa que el presidente ruso, Vladímir Putin, también negara vehementemente que tuviera intención alguna de invadir Ucrania y, antes de eso, Georgia. Para dejar aún más claro lo inofensiva que era Rusia, Sobolev prosiguió advirtiendo a los polacos de que no provocaran una pelea con “un país que posee armas nucleares”.
El asesor de Putin, Nikolái Patrushev, quien acusó a Sikorski de “frenesí rusófobo”, afirmó que Rusia no supone una amenaza para nadie porque no tiene motivos para llevar a cabo operaciones militares contra Europa. Pero si Rusia atacara Polonia, añadió, el país dejaría de existir en un plazo de dos o tres días. (En una entrevista televisiva posterior, Sikorski restó importancia a la amenaza de Patrushev, señalando que “dos o tres días” era el tiempo que se suponía que tardaría Rusia en ocupar Kiev allá por 2022).
El Kremlin está decidido a aislar a Ucrania. Eso significa no solo quebrantar la voluntad de quienes apoyan al país, sino también aislarlo físicamente atacando buques mercantes en el mar Negro y bombardeando los tres principales puertos de Odesa. Esto ha paralizado la exportación de cereales en pleno apogeo de una cosecha excepcional y ha impedido incluso el transporte de mercancías siguiendo la costa de Rumanía y Bulgaria, lo que tendrá consecuencias para la supervivencia económica de Ucrania y para los precios mundiales de los alimentos.
Para empeorar las cosas, el Danubio lleva este año tan poco caudal que sus puertos fluviales son prácticamente inutilizables. Y los buques lo suficientemente pequeños como para entrar en él corren el riesgo de ser blanco de disparos. Un buque de carga civil que se dirigía a Galați, en Rumanía, fue alcanzado recientemente por un dron ruso en la desembocadura del Danubio, lo que causó la muerte del capitán y de varios tripulantes.
Las rutas terrestres también se ven interrumpidas por los ataques rusos contra los puestos fronterizos ucranianos. El paso fronterizo de Starokozache, que conduce a Moldavia, fue alcanzado recientemente; lo mismo ocurrió con el puente de Mayaki, en la misma ruta. El cierre de los puestos fronterizos, por breve que sea, puede convertir a los trenes y coches que esperan en blancos fáciles incluso para los operadores de drones más inexpertos. Las carreteras pueden ser ligeramente menos peligrosas que las vías férreas, ya que los itinerarios pueden modificarse con poca antelación. Petraeus, uno de los funcionarios que estuvo a punto de ser alcanzado por un dron ruso al salir de Kiev en tren, sugirió que la próxima vez quizá se desplazara en coche.
Estos ataques no deben quedar sin respuesta, ya que aíslan a Ucrania y envalentonan a Putin para que siga poniendo a prueba a Occidente. Tras este reciente ataque contra un tren, se preguntó al secretario general de la OTAN, Mark Rutte, sobre la posibilidad de un ataque ruso que pudiera exigir una respuesta de la Alianza. Advirtió: “Si estás dispuesto a sacrificar a 1,2 millones de tus propios ciudadanos en esta lucha no provocada, no seamos ingenuos respecto a lo que Putin podría hacer”.
Con el invierno acercándose, Ucrania necesita ayuda desesperadamente: generadores, calefactores, ropa de abrigo y suministro eléctrico. Cuando la frontera está cerrada, llevar ayuda se parece a entregar suministros a los reclusos a las puertas de una prisión.
Pero eso es precisamente lo que Putin está intentando conseguir: aislar a Ucrania cortando sus vínculos con el mundo exterior. Los ucranianos saben cuáles pueden ser las consecuencias. También Occidente debería ser consciente de ellas. En palabras de Rutte, no seamos ingenuos.
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