La casa verde destruida
En 1935 Rómulo Gallegos publicó Canaima, la que muchos consideran su mejor novela. Treinta años después, Mario Vargas Llosa publicó La casa verde, con la que ganaría la primera edición del Premio Rómulo Gallegos en 1967.
El 25 de julio de 1967, Caracas cumplía cuatrocientos años de su fundación. Para conmemorar la ocasión, la Universidad Central de Venezuela y la Comisión del Cuatricentenario habían organizado el XIII Congreso Internacional de Literatura Iberoamericana. Entre los invitados estaban Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, que acaba de publicar Cien años de soledad. Ambos se conocerían en persona a su llegada al aeropuerto de Maiquetía. El inicio del congreso se pospuso un par de días por una causa mayor: el terremoto que sacudió la capital venezolana el 29 de julio.
En el acto de entrega del premio, Vargas Llosa hizo una fervorosa defensa de la Revolución cubana. A partir de entonces, el Premio Rómulo Gallegos y la democracia venezolana se convertirían en una de las principales plataformas de difusión del boom de la novela latinoamericana, a la par que sus autores desviaban el rédito simbólico de ese prestigio para apoyar la causa de Fidel Castro. Y no solo el simbólico: cuando obtuvo el galardón en 1972, García Márquez donó el premio en metálico para la creación del partido Movimiento al Socialismo.
Treinta años más tarde, el 9 de julio de 1997, ocurrió el terremoto de Cariaco, en el oriente de Venezuela. En agosto de 1999, Roberto Bolaño ganaría el Rómulo Gallegos con Los detectives salvajes, una novela que parecía enterrar el legado del boom, de la misma manera que La casa verde lo había hecho con el del maestro Gallegos. En lo político, Vargas Llosa había dejado de ser un intelectual revolucionario para convertirse en un paladín del liberalismo y Venezuela dejaba de ser una de las democracias más modernas de América para rendirse al hechizo dictatorial de Castro.
«El Parque Nacional Canaima, esa gran casa verde, algún día desaparecerá, comido por la ambición y la desidia»
Otros treinta años pasaron, y dos nuevos terremotos, los más devastadores de la historia de Venezuela, se sucedieron con pocos segundos de diferencia la tarde del 24 de junio de 2026, dejando miles de muertos y desaparecidos, así como miles de millones de dólares en pérdidas materiales. En otra vuelta de tuerca sorprendente, a inicios de este año, Donald Trump había ordenado una intervención militar para capturar a Nicolás Maduro y, actualmente, Venezuela es un territorio tutelado por Estados Unidos junto con el gobierno chavista.
Releer La casa verde hoy es una experiencia reveladora. Desde el punto de vista estético, la novela se mantiene intacta. Envuelta en el ámbar estilístico de Faulkner, la historia, sus personajes, sus descripciones y su narrador, no muestran indicios de corrupción. Desde el punto de vista de sus temas, la vigencia es todavía más asombrosa. El salvajismo, la codicia y la impunidad de la selva hoy campean en los espacios urbanos y en lo público. Y no solo de los países del tercer mundo, sino en el corazón mismo de las sociedades consideradas más adelantadas y con mejores estándares de vida. El petróleo ha demostrado que sigue siendo uno de los principales recursos energéticos y que su explotación y comercio continúan definiendo el mapa geopolítico. Tal y como sucedía en la selva peruana en la época de la explotación del caucho y en la región de Canaima con las minas de oro.
Lo ocurrido en este territorio de Venezuela resume la dolorosa vigencia de las novelas de Gallegos y Vargas Llosa. En 1994, el Parque Nacional Canaima fue declarado Patrimonio de la Humanidad. En 2016, Nicolás Maduro lo convirtió en una “zona de desarrollo estratégico”, para la explotación de cobre, coltán, uranio y otros minerales. Organizaciones ambientalistas han denunciado esta explotación del Arco Minero como uno de los mayores ecocidios de la Amazonía, esa gran casa verde que algún día desaparecerá, al igual que la otra, comida por la ambición y la desidia.



