De todas las consignas pronunciadas durante el mandato de Nikita Jrushchov hay dos que destacan especialmente: “la generación actual de ciudadanos soviéticos vivirá en el comunismo” y “alcanzar y superar a Estados Unidos en tres años en producción per cápita de carne, leche y mantequilla”. Tiempo atrás, en pleno proceso de industrialización estalinista, se hizo célebre otra frase, esta pronunciada por el mismo Stalin, que encarnaba con la misma precisión su particular modelo de desarrollo: “Nos estamos convirtiendo en un país de acero, de motorización, de tractorización. Y cuando montemos a la URSS sobre un automóvil y al campesino sobre un tractor, que los venerables capitalistas, alardeando de su ‘civilización’, intenten darnos caza. Ya veremos entonces qué países pueden ser ‘clasificados’ de atrasados y cuáles de avanzados”.
La Rusia soviética y la Unión Soviética erigieron su identidad, pues, sobre la lógica del desarrollo por emulación. El faro de referencia no era un comunismo abstracto sino Estados Unidos o, en sentido más amplio, Occidente. Un lugar que, según rezaba un célebre chiste de la época del estancamiento, cada vez se pudría más al tiempo que desprendía un aroma la mar de agradable. Dicho de otro modo, la política identitaria destinada a subrayar las grandes diferencias frente a los enemigos de la Guerra Fría arrastraba un marcado sesgo occidental y, más concretamente, estadounidense. La mentalidad soviética medía su “yo” y sus éxitos en permanente espejo con Occidente.
«La tesis de que ‘Rusia no es un país occidental’ ha ido ganando adeptos con la puesta en práctica de la ideología nacional imperialista de Putin»
La doctrina aislacionista que terminó por imponerse, unida a la persecución contra los “agentes extranjeros” y las “organizaciones extranjeras indeseables”, delata esa misma naturaleza de la política y del discurso público rusos. Todo gravita en torno a…



