Acabar con “La Jungla”

MARÍA RODRÍGUEZ ALCÁZAR
 |  22 de septiembre de 2016

Los Estados darán a los refugiados en sus territorios “el mismo trato que a sus nacionales en lo que respecta a asistencia y a socorro públicos”. Así reza uno de los artículos del Estatuto de los refugiados, referido a su bienestar.

Dormir a la intemperie, habitar casas hechas con lonas y palos, sin electricidad, sin calefacción, con apenas acceso a servicios de higiene y de educación, en condiciones de hacinamiento… Las cerca de 10.000 personas que huyen del hambre y la guerra en el campamento de la ciudad portuaria francesa de Calais no parecen reunir esas condiciones de bienestar de las que habla su estatuto. La Jungla, lo llaman, y no es casualidad. En los cuatro kilómetros cuadrados sin ley de Calais, estas personas amanecen con una meta diaria: sobrevivir. Los habitantes del campo se congregan buscando el momento en el que poder cruzar a través de ferris o camiones a Reino Unido, donde en muchos casos les esperan familiares.

 

La Jungla de Calais

Fuente: El País

 

La política migratoria y el voto

Ya son 30 años de acuerdos entre Francia y Reino Unido para el control de ese paso fronterizo. En 2003, siendo Nicolas Sarkozy ministro francés de Interior, se firmó el Tratado bilateral de Touquet, que acordaba la coordinación entre ambos Estados, encargándose Reino Unido de la financiación de los controles de las zonas de tránsito, así como de la securitización del área. Xavier Bertrand, presidente del Consejo Regional de Calais, resume el Tratado en “el traslado de la frontera de Reino Unido de Dover a Calais”. Hoy, desde la oposición, Sarkozy reclama la renegociación del acuerdo. El candidato a presidente ha pedido que Reino Unido asuma una mayor responsabilidad en este asunto y que sea quien gestione las peticiones de asilo.

En un clima de conflictividad social en Europa, caldo de cultivo para los partidos de extrema derecha, Calais es un arma arrojadiza en el terreno de la política. El ministro de economía francés Emmanuel Macron alertaba a los ingleses antes del referéndum del Brexit de que si se marchaban de la Unión Europea, “Francia dejaría de retener a los inmigrantes en Calais”. Pese a ello, el 61,2% de los vecinos de Dover –pueblo costero que recibe a estos migrantes– votó a favor del Brexit, con la expectativa de que la inmigración se marchara por la misma puerta que la UE.

Panorama similar en Francia, donde tanto Marine Le Pen como Sarkozy utilizan Calais en su campaña como mal ejemplo de la política migratoria francesa. La alcaldesa de Calais, Natacha Bouchart, de la conservadora Unión por un Movimiento Popular (UMP), coincidiendo con las peticiones del Frente Nacional (FN), reclama el traslado del campo de migrantes al otro lado del Canal de la Mancha, a suelo británico. El gobierno francés ha criticado esta propuesta por el riesgo de hacer del Canal un segundo Mediterráneo en el que miles de personas pierdan la vida antes de llegar a Dover.

 

El juego del miedo y la construcción de seguridad

Pese a su sensibilidad humanitaria a ese respecto, desde agosto de 2015 el gobierno francés mantiene desplegados a 1.300 policías en Calais, una medida que agrada a los locales, entre quienes el FN es cada vez más popular. En el último mes se ha reforzado el control fronterizo enviando 200 agentes más, 54 especializados en el control de fronteras y 140 antidisturbios.

Además del aumento de presupuesto proveniente de Londres, el nuevo gran hito del plan conjunto anglo-francés en Calais pasa por una mayor seguridad por medio de un muro. “Hemos puesto vallas y ahora vamos a construir un muro como parte del incremento de la seguridad”, afirma Robert Goodwill, secretario de Estado de Inmigración británico. Un muro de un kilómetro de longitud y cuatro metros de alto en la principal vía de acceso al puerto. Se ha empezado a construir recientemente y pretende hacer la frontera completamente impermeable.

 

El fin de La Jungla

Mientras tanto, François Hollande continúa su proyecto de acabar con La Jungla. Y esto no significa mejorar sus condiciones para que resulte un espacio habitable donde se cumpla la ley, sino demoler los campamentos por completo. Ya en marzo de 2016 se inició este proceso, con el desmantelamiento de la parte norte. Se está a la espera de cumplir dos condiciones para continuar la operación: que el Consejo de Estado dé luz verde a la demolición –medida ya anteriormente desestimada por el Tribunal Administrativo de Lille– y que Francia pueda acoger a cada una de las personas que ahí se encuentran en centros para migrantes.

La primera ya se encuentra en proceso. Para cumplir con la segunda de aquí a finales de año están previstas 2.000 plazas suplementarias en Centros de Acogida y Orientación y 6.000 en instalaciones de atención para demandantes de asilo. Aunque no hay acuerdo en la cantidad de personas que a día de hoy habitan La Jungla, estas plazas son insuficientes.

 

La panacea de París

París se ha erigido como municipio de acogida creando dos centros con plazas para 400 hombres y 350 mujeres y niños. El proyecto “Campo de refugiados” ha sido recibido con aplausos y críticas, abriendo el debate sobre la necesidad de desarrollar iniciativas similares en otras ciudades de Europa. Pese a ello, los centros de París no son ninguna panacea. Se trata de lugares de estancia temporal que solo darán cobijo a personas migrantes durante 10 días. Después estas personas deberán ubicarse en otros centros, los cuales en la actualidad no disponen de suficientes plazas para la cantidad de demandantes de asilo.

Los esfuerzos por generar nuevos espacios de acogida siguen siendo pocos. Francia está incumpliendo su compromiso europeo de acoger a 30.000 refugiados en dos años. Hasta el momento solo ha aceptado entre 500 y 1.000. La explosión de la crisis de refugiados siria hizo que muchos ayuntamientos del país se prestasen voluntarios para la acogida. Por el momento, pocos están dando respuesta.

Pase lo que pase –se desmantele el campamento de Calais o no, se construya o no un muro–, seguirán llegando personas al norte de Francia con la idea de cruzar a Reino Unido. Muchas de ellas no imaginan que la violencia y las pésimas condiciones de vida que las expulsaron de su países las acompañarán también en Europa. Por el momento, la vida continúa en La Jungla, con la esperanza de un futuro mejor.

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