La ministra española de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya y su homólogo argelino, Sabri Boukadoum, se dan la mano tras una conferencia de prensa en Argel el 4 de marzo de 2020/ RYAD KRAMDI/GETTY

Agenda Exterior: España en el Magreb

POLÍTICA EXTERIOR
 |  5 de marzo de 2020

Lord Palmerston observó en 1848 que Gran Bretaña no tenía aliados eternos, sino intereses perpetuos. Una frase tal vez aplicable a España en el Magreb. La agenda que retoma el gobierno, con una visita oficial de Pedro Sánchez a Argelia en abril, incluye cuestiones clave en migración, energía, cooperación antiterrorista, derechos de pesca, demarcaciones marítimas y el futuro del Sáhara Occidental. Los socios: un Marruecos y una Argelia eternamente enfrentados; Libia, sumida en el caos y Túnez intentando consolidar su frágil transición democrática; una Unión Europea trastocada por el auge de la derecha radical; y Estados Unidos, cada vez más involucrado en operaciones militares en el Sahel. Preguntamos a diferentes expertos por los aliados e intereses de España en la región.

¿Qué prioridades tiene España en el Magreb, y qué socios son claves para llevarlas a cabo?

 

JORGE DEZCALLAR | Embajador de España.

La gran prioridad de España en el Magreb es la buena relación con la zona. Hassan II decía que «en el futuro pasarán muchas cosas pero salvo un desastre de dimensiones cósmicas, España y Marruecos seguirán frente a frente a ambos lados del Estrecho de Gibraltar y a ambos nos irá mejor si al otro le va bien». No puedo estar más de acuerdo.

Por eso, nuestra segunda prioridad debe ser la estabilidad regional. Un Magreb convulso nos trasladaría sus problemas (refugiados, etcétera). Por eso es importante contribuir a su integración política y económica, y para eso hay que resolver contenciosos que la dificultan como el del Sáhara. Nos ahorraremos disgustos y presiones contrapuestas. Para lograr la estabilidad no hay nada mejor que el desarrollo económico, porque traerá paz social que facilitará el afianzamiento de sistemas democráticos. El desarrollo económico exige prestar más atención a la zona, conocerla mejor e invertir más en ella. No se trata de evitar que nos exporten sus tomates, porque lo necesitan y son fuente de trabajo y de fijación de población, sino de ser eventualmente propietarios de nuestra competencia. Menos retórica y más ayuda.

Con países tan cercanos son inevitables los desacuerdos. Es esencial encarecerlos con un colchón de intereses compartidos y tener la voluntad de resolverlos amistosamente. No es fácil elegir socios para estas tareas. La UE y los países del sur de Europa aparecen como los más plausibles para contribuir al desarrollo y afianzar la democracia en el Magreb. Sin desconocer nuestras rivalidades políticas y comerciales.

 

ITXASO DOMÍNGUEZ DE OLAZÁBAL | Coordinadora de Oriente Próximo y Norte de África para la Fundación Alternativas. @itxasdo

Las prioridades “clásicas” de España en el norte de África que seguramente habrán mencionado mis compañeros –flujos migratorios, seguridad, energía– han sido traducidas a lo largo de años, me atrevería a decir que incluso décadas, en una necesidad acuciante de estabilidad –más bien, estabilización–, que en demasiadas ocasiones ha legitimado desmanes en materia de derechos humanos y libertades fundamentales por parte de regímenes no democráticos.

En vista de que el respeto al Derecho Internacional representa un valor primordial de la acción española en su conjunto, una prioridad holística de España en el norte de África debería ser lo que podría denominarse “estabilidad sostenible”: una garantía de que nuestra proyección y nuestros vínculos con la ribera sur del Mediterráneo se mantengan a lo largo del tiempo, y lo hagan sin sorpresas para las cancillerías del norte, en forma de revueltas u otros sobresaltos. Esto no conllevaría cortar de raíz las relaciones con nuestros socios ni abandonar por completo la perspectiva realista, pero sí incluir en nuestra estrategia acciones que progresivamente tejan alianzas multidimensionales con todas las poblaciones implicadas, no solo con sus gobernantes. Un aliado clave en este sentido son las respectivas sociedades civiles, con las que articular relaciones desde la horizontalidad. Un futuro sostenible para estas sociedades tendrá que ser un futuro no solo digno, sino también prospero, por lo que otro aliado es nuestro tejido productivo, siempre que sus inversiones en las respectivas comunidades cumplan con las reglas por estas fijadas, y además procuren promover la integración regional. Túnez representa un escenario de excepción, pero también –con dosis de tacto y cautela– Marruecos y Argelia.

En el año que celebramos el 25º aniversario de la Declaración de Barcelona, y con la vocación y convencimiento de la necesidad de recuperar la versión del siglo XXI de sus tres cestas, este enfoque intrínsecamente inspirado en el concepto de “seguridad humana” podría ser confiado a un aliado (o conjunto de aliados) decisivo, como son los diferentes instrumentos multilaterales que nos unen con el Magreb.

Permítanme cerrar con dos apuntes. Primero, que una de las prioridades de España en el norte de África es la descolonización del Sáhara Occidental, sin que esta cuestión deba ser percibida como harina de otro costal. En segundo lugar, que todo lo señalado debería ser también aplicado al conjunto del continente africano, sin perder de vista sus particularidades, en una época que ha dejado claro que el Sáhara no representa ya una barrera, sino una mera pasarela.

 

IRENE FERNÁNDEZ MOLINA | Profesora de Relaciones Internacionales en la Universidad de Exeter. @irenefmolina

Si por prioridades de España entendemos las demostradas en las últimas décadas por sus gobiernos, de uno y otro signo, la lista la encabezan sin duda el control migratorio fronterizo (con Marruecos como socio indispensable), la cooperación antiterrorista (con Marruecos y Argelia principalmente), la seguridad energética (con Argelia) y la promoción de comercio, inversiones y contratas españolas (con Marruecos, Argelia y Libia). El consenso sostenido sobre la prevalencia de tales “intereses” ha llevado a Madrid a apostar de forma continuada por la estabilidad como palabra mágica. Esta es una estabilidad entendida en sentido estrecho y conservador, que se traduce en un apoyo al statu quo casi a ultranza, incluso cuando el estado de cosas en cuestión es precario y poner todos los huevos en la misma cesta no parece lo más pragmático (de cuestiones normativas o de principios ni hablamos). Sirva de ejemplo reciente la premura de convertirse en el primer gobierno europeo en felicitar a Abdelmayid Tebún como vencedor de las controvertidas presidenciales argelinas del pasado diciembre; o la exagerada política de “cero problemas” con Marruecos. El realismo de manual de los gobiernos españoles tiene el problema de siempre del realismo: la dificultad para entender y gestionar el cambio político que no proviene de la polaridad estructural o la guerra. Y tiene las patas particularmente cortas, como demuestra el bucle en el que seguimos atrapados con la eterna (¿involuntaria?) “estrategia de equilibrio” entre Marruecos y Argelia, y el conflicto del Sáhara Occidental de por medio.

Si la pregunta es cuáles deberían ser las prioridades de España en el Magreb, el horizonte en que convendría pensar es una nueva concepción de la estabilidad reconciliada con el cambio y más atenta a las dinámicas y demandas sociales (políticas y socioeconómicas) presentes en estos países, más allá de sus élites dirigentes. Esto debería combinarse con el objetivo de romper el juego de suma cero entre Argelia y Marruecos mediante una “estrategia global” para la región, ciertamente nunca fácil de poner en práctica. Si esta estrategia suena a déjà-vu es porque ya la preconizaba el recientemente fallecido Fernando Morán hace nada menos que 40 años). Para ello hay tres vías principales: evitar el bilateralismo competitivo; apoyar la maltrecha integración regional magrebí, quizá con Túnez como bisagra; y contribuir a sacar del statu quo el conflicto del Sáhara Occidental aprovechando el leverage económico que tiene la UE sobre la parte más fuerte, Marruecos.

 

HÉCTOR GÓMEZ HERNÁNDEZ | Secretario de Relaciones Internacionales del PSOE. Portavoz de la comisión de Asuntos Exteriores del Congreso de los Diputados. @Hectorgomezh

El Magreb es un área de vital importancia para España y Europa. Hemos vivido demasiado tiempo de espaldas a esta región, muchas veces subestimando la intensidad y el potencial de Marruecos y Argelia, nuestro socios prioritarios en el área, en cuanto a nuestras relaciones humanas y culturales (hay 800.000 marroquíes conviviendo en España), económicas, de cooperación para el desarrollo o en cuestiones tan relevantes como la de la seguridad, el suministro energético o el de la gestión de las migraciones con ambos Estados. Su desarrollo y estabilidad son vitales para España y para la UE. Destacar además a Túnez, al que hay que permanecer atentos ya que supone el único ejemplo de Estado democrático surgido de la primaveras árabe.

Marruecos es el primer destino de inversiones y de exportaciones españolas en África (6,5% del total), suponiendo en torno al 45% del total, con casi 21.000 empresas participando de este intercambio. Pero la intensa relación es bidireccional y el conjunto de las exportaciones e inversiones entre España y Marruecos suponen ya el 15% del PIB marroquí. En Argelia, segundo socio comercial africano con el 18% de las exportaciones, la vertiente energética tiene un protagonismo especial, ya que importamos de este país el 55% del gas que consumimos. Esto convierte a España en un país clave también para Argelia, ya que somos el tercer destino de sus importaciones.

No podemos ignorar un elemento divisivo para ambos países y que involucra a España y al conjunto de la comunidad internacional como es el de la autodeterminación del Sáhara Occidental, que debe realizarse con la mediación y en cumplimiento de las resoluciones de Naciones Unidas para alcanzar una solución del conflicto que sea justa, definitiva, mutuamente aceptable y respetuosa con el Derecho Internacional.

La estabilidad de ambos países es por tanto prioritaria y para asegurarla debemos alejar el foco y concentrarnos en Libia y en el Sahel, con preocupantes episodios de violencia terrorista e interétnica, especialmente en Malí, Burkina Faso y Níger, que amenazan la estabilidad regional. La colaboración y fortalecimiento de organizaciones de integración regional como la Unión Africana o la Cedeao es una de las claves para dotar de fortaleza institucional a los Estados de la región.

No debemos obviar el potencial que la Unión por el Mediterráneo tiene en cuanto al desarrollo de vínculos entre nuestras sociedades, cuyo embrión, el Proceso de Barcelona, celebra este año su 25 aniversario.

 

MIGUEL HERNANDO DE LARRAMENDI | Director del Grupo de Estudios sobre las Sociedades Árabes y Musulmanas, @GRESAMGRUPO (Universidad de Castilla-La Mancha). @mhlarramendi

Para España su prioridad ha de seguir siendo contribuir al desarrollo del Magreb. Para lograr este objetivo debe colaborar en el progreso económico y social de una región vecina en la que se concentran sus intereses de seguridad, contribuyendo de forma activa, tanto en el ámbito bilateral como en el multilateral, a la superación de rivalidades y de viejos y nuevos conflictos que condicionan la estabilidad regional. Ello exigiría equilibrar las prioridades de unas políticas centradas en cuestiones de seguridad (migraciones, lucha contra el terrorismo…) con otros elementos vitales para el desarrollo a largo plazo, como la promoción de la democracia y los derechos humanos, junto a los desafíos que ya plantea el cambio climático.

Para alcanzar esos objetivos la política española debe tomar en consideración las expectativas de cambio muy extendidas en las sociedades de la región. Uno de los retos que tiene que afrontar será reforzar la integración en su estrategia hacia el Magreb y responder a las aspiraciones de la sociedad civil para la superación de las desigualdades socioeconómicas y la democratización. Estas demandas estuvieron en el origen de las protestas y movilizaciones antiautoritarias de 2011 y, nueve años después, han reaparecido con intensidad en las movilizaciones del Hirak argelino. El respaldo tanto a los actores tradicionales como a las nuevas voces de la sociedad civil magrebí debería ser una prioridad impulsando canales de interlocución y mecanismos de apoyo para fortalecer su papel en las sociedades magrebíes.

 

BERNABÉ LÓPEZ GARCÍA | Catedrático honorario de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid.

 Marruecos está siempre en primer lugar en la agenda magrebí de España. Dos temas están de actualidad en los que la clarificación es urgente porque tienen una incidencia sobre la opinión pública española y están siendo explotados políticamente de manera demagógica a ambos lados del Estrecho: la delimitación de aguas territoriales y el cierre de los pasos fronterizos de Ceuta y Melilla. Se impone la clarificación y el diálogo entre España y Marruecos en ambos casos. Marruecos aprovechó la larga interinidad en España del gobierno en funciones y la perspectiva de llegada al gobierno de un socio incómodo para ejercer presión, pero en las declaraciones del ministro marroquí de Asuntos Exteriores, Nasser Bourita, tras la firmeza para consumo interno, queda clara su opción por el diálogo con España en la cuestión marítima, insistiendo en que las relaciones entre los dos países son “estratégicas, estables y en evolución”. Diálogo necesario también para una convivencia digna entre las ciudades españolas norteafricanas y su entorno inmediato que permita un desarrollo humano del norte marroquí.

Pero no debe olvidarse que el Magreb es más amplio, que las tensiones argelo-marroquíes están en auge tras la llegada de un nuevo presidente en Argelia y España debería ayudar a evitar o reducir el enfrentamiento. Tampoco que Túnez, en un momento crítico en pleno proceso de afirmación democrática, requeriría mayor atención en cooperación, ámbito en el que países como Alemania se llevan la palma.

 

VALENTINA MARTÍNEZ | Secretaria de Relaciones Internacionales del 
Partido Popular. @VALENTINAM

Nuestra cercanía al Magreb hace de esta una relación prioritaria para España. Tenemos enormes lazos económicos, comerciales, culturales y sociales que nos unen en un vínculo de afectos e intereses. España debe pensar en una política exterior más fuerte e independiente hacia la zona, si bien las acciones implementadas con socios y aliados contribuyen a la estabilidad y seguridad del área. España tiene que apoyar una política europea en la que paulatinamente se supere la Política de Vecindad del Mediterráneo y se vaya ampliando hacia zonas adyacentes como el Sahel y África Occidental. Las iniciativas en términos de seguridad deben centrarse en estas dos subregiones y España debe liderar dichas iniciativas, junto con otros países europeos. Misiones de la UE en Malí o Níger o el G5 del Sahel, así como la operación Sofía, son buena muestra de ello.

Las relaciones con Marruecos y Argelia son vitales para España y la buena relación entre ambos es fundamental. Por ello, España tendría que llevar a cabo una política proactiva a la hora de “tender puentes” entre los dos potenciales líderes regionales. España debería fomentar más foros de encuentro y cooperación, también a nivel militar, utilizando las principales amenazas a las que ambos países se enfrentan (terrorismo yihadista y crimen organizado). Respecto al Sáhara Occidental, España tiene que impulsar decididamente la resolución de ese contencioso en el marco de las Naciones Unidas.

 

DAVID PEREJIL | Integrante de la Secretaría Internacional de Podemos y autor de ¿Qué queda de las revueltas árabes? @davidperejil

Con matices, la política exterior española hacia el Magreb ha intercambiado réditos políticos a cambio de seguridad, lucha antiterrorista, control migratorio y energía. Sin embargo, este enfoque deja fuera potencialidades para una relación más integral a las sociedades de uno y otro lado del Mediterráneo. Puede parecer muy sólido, pero tiene bases frágiles si analizamos la evolución de cada país. Además, deja en manos de los gobiernos del Magreb, que conocen muy bien las obsesiones de la otra orilla, herramientas de presión dura en sus relaciones con España.

Por esas razones, nuestro país debería apostar, a medio plazo, por un cambio de paradigma en sus relaciones con el Magreb. En primer lugar, apostar por un desarrollo económico compartido, intensificando intercambios en investigación, cultura, educación y relaciones económicas en favor de las mayorías, especialmente con Marruecos y Argelia pero también Túnez, único experimento de frágil transición económica. En segundo lugar, por su responsabilidad histórica, impulsar la implementación de las resoluciones de Naciones Unidas para resolver el conflicto del Sáhara Occidental. En tercer lugar, actuar para cesar la espiral de caos y guerras intermediadas en Libia. Y no dejar de actuar contra la gravísima espiral de represión en Egipto, país central en el mundo árabe. España tiene potencial para liderar, junto a Francia, ese mismo cambio de enfoque en las políticas europeas, algo que podría ser también muy beneficioso para recuperar proyectos de integración regional en la orilla sur.

No son solo oportunidades, sino urgencias para construir un mejor colchón de estabilidad, basado en el mutuo desarrollo compartido, una seguridad centrada en las vidas de hombres y mujeres de uno y otro lado del Mediterráneo, y un enfoque que combine geopolítica con derechos humanos.

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