La población es un componente fundamental de cualquier Estado. Combinada con otros factores, aumenta el poder que un país proyecta en el mundo. En sentido contrario, puede predecirse que los países con una población declinante perderán capacidad de expandir su poder e influencia en su entorno inmediato y en el plano global.
Actualmente, dos tercios de los países del mundo tienen tasas de fecundidad por debajo del nivel de reposición, que es de 2,1 hijos por mujer. La caída en el número de hijos se asociaba hasta hace poco con los procesos de urbanización y modernización y afectaba a los Estados que habían avanzado más en sus etapas de desarrollo. Sin embargo, desde la década de 2010, la caída en la tasa de natalidad se ha generalizado en todo el mundo y se ha acelerado notablemente. Es decir, se da en países de renta alta pero también en otros que no lo son y este fenómeno afecta a sociedades de culturas muy distintas, ya sean cristianas, musulmanas, hinduistas o budistas. Solo los países del África subsahariana conservan tasas de fecundidad por encima del nivel de reposición, aunque también las han rebajado respecto a las de hace unos años.
Los demógrafos señalan que, al principio, el declive demográfico es lento y gradual, pero en un momento dado cae en picado por la disminución de mujeres en edad fértil. En Japón, por ejemplo, el número de mujeres de entre 15 y 45 años es en la actualidad un 25% menor que en 1990. Esto implica que, incluso si las mujeres tuvieran el mismo número de hijos ahora, los nacimientos supondrían una cuarta parte de los de entonces. En el caso extremo de Corea del Sur, cada cohorte de mujeres fértiles es un 40% inferior a la anterior, de manera que en…



