Cuando toca hablar del espacio nos estamos haciendo las preguntas equivocadas y, por ende, mirando en la dirección que no es. El problema tiene que ver con el concepto que nos viene a la mente cuando hablamos del espacio: el cliché de “la nueva frontera”. Durante décadas hemos sido educados para ver el espacio como ese nuevo territorio a conquistar, ese lugar exterior que la humanidad terminará explorando para expandirse lentamente por él, allende los confines de nuestro planeta. A raíz de la histórica misión Artemis, y de las imágenes de astronautas orbitando alrededor de la Luna, hemos vuelto a soñar con ver humanos sobre su superficie o, andando el tiempo, llegando hasta Marte.
Si el patrón resulta familiar es porque lo es. Los seres humanos siempre han explorado, peleado por y, finalmente, ocupado nuevas fronteras. Dicho de otro modo: estamos acostumbrados a una historia humana de la exploración. Fronteras que han sido absorbidas, o colonizadas, por ecosistemas y esferas nacionales, económicas y políticas ya existentes. Por eso, a través de nuestra imaginación, ya hemos visto múltiples versiones sobre cómo conquistaremos el espacio. Pero lo que la gente no entiende es que el espacio es una frontera diferente a cualquiera que hayamos encontrado jamás. Y, por tanto, el nuevo impulso para la conquista espacial no seguirá, en primera instancia, el patrón histórico.
Cuando hablamos del espacio hablamos de un territorio que es –al mismo tiempo– un bien común, un mercado, un escenario militar y una infraestructura crítica. Un territorio, además, ajeno a cualquier forma de organización jurídica conocida. Esa es la razón por la que a los marcos actuales de gobernanza espacial les está costando tanto desarrollar un modelo, una guía, que nos pueda servir de brújula a la hora de entender lo que tenemos delante.
Durante siglos, la…

La relación atlántica sin anestesia
Dominar el espacio para gobernar la Tierra


