Autor: Óscar Martínez
Editorial: Anagrama
Fecha: 2021
Páginas: 224
Lugar: Barcelona

El difícil oficio de narrar la violencia

A partir de diversas historias —pero sobre todo de una historia de tres hermanos que serán asesinados— el nuevo libro del periodista salvadoreño se pregunta y reflexiona sobre tres grandes cuestiones: ¿por qué las sociedades del norte de Centroamérica son tan violentas? ¿Cómo se hace un pandillero? Y ¿para qué sirve un periodista y cómo debe ejercer su oficio?
Salvador Martí i Puig
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Este libro es, en parte, una consecuencia del encierro pandémico. Gracias a él, Óscar Martínez se puso a hilvanar y dar coherencia el contenido de sus “libretas de notas” acumuladas a lo largo de trece años de ejercicio de periodista hurgando sobre la violencia en Mesoamérica. En este sentido, pues, el libro no es una historia periodística sistemática y ordenada como sí lo es su primer libro, Los migrantes que no importan (2010). Los muertos y el periodista (2021) es un ensayo en el que a partir de diversas historias —pero sobre todo de una historia de tres hermanos que serán asesinados— el autor se pregunta y reflexiona sobre tres grandes cuestiones: ¿por qué las sociedades del norte de Centroamérica son tan violentas? ¿Cómo (nace y) se hace un pandillero? Y ¿para qué sirve un periodista y cómo debe ejercer su oficio?

 

¿Por qué?

La primera de las preguntas no es baladí. En gran medida porque pretende comprender el país y la región a la que Óscar Martínez pertenece y donde ejerce su oficio, y que es la que cuenta con una mayor tasa de homicidios del mundo sin una guerra declarada.  En 2015 en El Salvador se registraron 103 homicidios por cada 100.000 habitantes, cuando a partir de la cifra de 20 se considera epidemia. Pero estas cifras estremecedoras, de escándalo, no deberían ser ninguna sorpresa si se atiende a la historia de Centroamérica, una región que ha encadenado regímenes despótico-reaccionarios, insurrecciones, guerras civiles y posguerras sin reconciliación ni reparación, siempre en un marco de profundas desigualdades sociales, económicas, raciales y simbólicas. El triángulo norte es el paraíso de la necropolítica latina.

Como señala el autor, en El Salvador la muerte es herencia. Se trata —sigue el autor— de un país donde no se ha condenado a nadie ni por el asesinato de monseñor Óscar Arnulfo Romero en 1980, ni por la matanza del Mozote de 1981, ni por el asesinato de los jesuitas (junto con una empleada doméstica y su hija) en la UCA en 1989. En un país así, ¿qué le va a importar lo que pase a jóvenes desheredados, hijos del hambre y de las guerras, carne de cañón de todos: de las maras, de la policía y de la indiferencia? En un país así, ¿qué van a importar las víctimas y victimarios del estrato social más bajo y estigmatizado?

De esa pobreza, de la que nace una profunda humillación, no puede salir nada bueno. Sólo supervivientes que para no sucumbir deben aplicar —como dice el autor— la lógica del jodido jodiendo a jodidos. Por ello el libro señala que toda esta violencia no es casualidad y que los pandilleros no son marcianos, sino fruto del tejido social realmente existente. Es más, si uno no se da cuenta que en El Salvador hay 64.000 pandilleros no comprende el país, y para hacerlo es necesario ponerse en el lugar de estas personas, independientemente de que cómo te caigan.

Todo ello hoy existe porque en estos países la violencia no cesó cuando terminaron las guerras de los años ochenta. Y es que la guerra entre ejércitos puede finalizar con una firma, pero a la paz no llega sin más. La paz no se firma ni se decreta, la paz debe construirse, y eso es imposible cuando al día siguiente de la desmovilización no se invierte en resarcir, reconstruir, educar, insertar laboralmente a los desalzados que sólo saben utilizar el fusil. Con ello, simplemente siguió la violencia de otra forma, con otros ejércitos, esta vez sin banderas ni himnos ni uniformes, un conflicto plebeyo.

Así las cosas, desde hace más de un siglo, en la región se ha ido normalizando la violencia: es la impunidad y la pobreza de siempre. Precisamente para entender este fenómeno (que no entiende de regímenes, de presidentes, de fronteras ni uniformes) el periódico digital en el que trabaja el autor (El Faro) creó hace años un proyecto llamado “Sala Negra” donde varios periodistas —entre ellos el mismo autor— se dieron la labor comprender las profundas raíces de la violencia en la región. Estos periodistas —los salanegreros— se hicieron la segunda pregunta del libro: ¿cómo se hace (y siente) un pandillero?

 

Vida de un pandillero

Una vía para responder esta pregunta es buscar un caso, encontrar fuentes en el terreno (pandilleros o personas que conviven con ellos) y seguirlo hasta donde se pueda. Es precisamente un caso lo que estructura el libro: una “masacre” (que no “enfrentamiento”, como dijeron las autoridades) acontecida en 2015 en una finca de café llamada San Blas. El autor busca los “cabos sueltos” del caso con los que llevar a juicio los policías que asesinaron a sangre fría a varios jóvenes, todos pandilleros menos uno. Para ello el autor encuentra a dos fuentes: la madre del joven asesinado que no pertenecía a ninguna mara, y un adolescente llamado Rudi que vio lo acontecido y que era el único posible testigo oral de los hechos y, por lo tanto, es buscado por los mismos policías para desaparecerlo.

Con esta trama el libro narra como el autor empatiza con Rudi (su fuente) y quiere saber cómo es la vida de un hijo de una familia pobre y desestructurada, el último en la pirámide social del poder y que “representa” lo peor del país: es un adolescente insolente, iletrado, expandillero, perseguido, pobre, alcohólico y drogadicto.

Según el libro es importante este tipo de ejercicio —empatizar con los más aborrecidos — pues solo se puede contar qué son las maras si se reconoce y se habla con los pandilleros. Es necesario conocer la precariedad de un pandillero, su entorno familiar, y su vida en la cárcel y en la mara (que es una multinacional informal del crimen). Saber que Rudi —según una entrevista transcrita en el libro— fuera incapaz de contar un recuerdo feliz de su infancia es aterrador, pero sobre todo es revelador.

 

Para qué sirve el periodismo

Pero este libro además de narrar una historia hace preguntas a su oficio. Las más relevantes son: ¿qué debe hacer un periodista en este contexto? ¿Cómo se debe comportar con sus fuentes? Y ¿para qué sirve el periodismo? A la primera pregunta hay dos respuestas. Una es no parar de preguntar, y de preguntarse, y dudar. Y la otra es patear el territorio donde pasan las cosas, que es la calle, con el objetivo de hacer que lo importante sea también interesante. A la segunda pregunta, sobre las fuentes, el autor dice que lo importante es ser honesto con ellas, increparlas y —a ser posible— no intimar, aunque a veces se quiere a unas (como Rudi) y se odia a otras. Finalmente, a la tercera pregunta, Óscar Martínez dice que un periodista debe ejercer su profesión para cambiar las cosas a sabiendas que esa pretensión es naif y el cambio tiene unos tiempos mucho más dilatados de lo que uno quisiera. Además, cambiar no significa a menudo transformar, sino simplemente hacer más difícil la corrupción, la impunidad, el desprecio de los poderosos. ¡Ahí es nada!