Los países suelen ayudar a los refugiados a huir de las crisis, motivados por una generosidad que rápidamente empieza a menguar. ¿Qué harían si, por el contrario, actuasen guiados por el mero interés?
Pensemos en András Gróf, un refugiado que entró ilegalmente en Austria desde Hungría acompañado de un traficante de personas, tras atravesar a la carrera una llanura pantanosa resguardándose bajo el manto de la noche. András viajó sin su familia, sin título universitario y con apenas 20 dólares en el bolsillo. En su tierra presenció la llegada de los militares y fue testigo de la violación de su madre y más tarde de la condena a otros jóvenes como él. András huyó por la misma razón que tantos otros huyen de Oriente Próximo o de África: aun sin existir amenazas inminentes contra su vida, el futuro de su país estaba adquiriendo un cariz dantesco.
Pero András no llegó a Austria en 2015, sino que escapó de Hungría junto con otros 200. 000 refugiados en 1956. La respuesta global a aquella primera oleada inmigrante que barrió Europa occidental debería ser una referencia para la comunidad internacional hoy. Muchos de los que llegaron entonces no eran cristianos y la mayoría eran trabajadores no cualificados.
En un acto de aparente generosidad, 37 países –desde Venezuela hasta Nueva Zelanda– se reunieron para planificar la acogida de la mayoría de las personas que habían huido de la revolución húngara de 1956. András viajó a Estados Unidos y, 10 años después, cuando ya se le conocía como Andy Grove, cofundó Intel. Nombrado “Persona del Año” por la revista Time gracias al revolucionario papel que desempeñó como presidente de la empresa, Grove colaboró activamente en el desarrollo de un sector industrial de incalculable importancia económica y estratégica. Otros húngaros llegados en esa misma oleada, también jóvenes…

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