El presidente estadounidense anunció esta semana una campaña de presión económica “sin precedentes” y advirtió de “consecuencias económicas” para los países, empresas y redes financieras que continúen haciendo negocios con Irán. Al convertir a los socios comerciales de Teherán en potenciales objetivos, Washington corre el riesgo de transformar la presión sobre Irán en un nuevo foco de conflicto económico con algunos de sus principales socios comerciales, especialmente China.
Trump pretende golpear el contrabando de crudo, los pagos internacionales, las empresas pantalla y las redes logísticas que han permitido a Irán sobrevivir a décadas de sanciones. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha prometido las sanciones más duras aplicadas hasta ahora y anunciará este 24 de agosto los detalles de la nueva ofensiva. La estrategia supone, en la práctica, reforzar el carácter extraterritorial de las sanciones estadounidenses: no basta con penalizar a Irán; también se amenaza con castigar a quienes le proporcionen acceso a mercados, financiación o tecnología. Trump ya había recurrido a la amenaza de aranceles secundarios contra los países que comercian con Teherán, aunque hasta ahora no la había llevado plenamente a la práctica.
La respuesta de Teherán ha sido desafiante. El ministro iraní de Exteriores, Abbas Araghchi, ha calificado la ofensiva estadounidense de “terrorismo económico” y ha presentado las amenazas de Trump como una maniobra de distracción frente a los problemas internos de Estados Unidos. El régimen tiene razones para pensar que puede resistir. Irán ha desarrollado durante años una economía de supervivencia apoyada en intermediarios, pagos indirectos, una flota de petroleros difícil de rastrear y compradores dispuestos a aprovechar los descuentos de su crudo. Las sanciones han causado un enorme daño a la economía y a la población iraníes, pero no han logrado provocar el colapso político perseguido por Washington.
La gran incógnita es si…



