POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 108

Solana, Zapatero, Blair y Barroso en la cumbre euromediterránea en Barcelona, 28 de noviembre de 2005. LLUIS GENE/AFP/GETTY

La nueva centralidad del Mediterráneo

En 1995 la Unión Europea apostó por el Mediterráneo como espacio geopolítico significativo. Diez años después, los miembros del Proceso de Barcelona se reúnen para renovar el proyecto.
Andreu Claret
 | 

Puede que 1995 jalone definitivamente la historia del Mediterráneo. No tanto por la letra pequeña de la declaración que suscribieron los 25 países reunidos en la capital catalana, y cuyo alcance práctico está aún por aquilatar, sino por cuanto supuso apostar por esta región como un espacio geopolítico significativo.

El Mediterráneo frente a un Atlántico que dominó el siglo XX. El Mediterráneo ante un Pacífico cuya emergencia era ya una intuición que estos 10 años han confirmado con creces. La apuesta no era evidente, ni lo es, una década mas tarde. Suponía ir a contracorriente de una historia donde la confrontación y los temores cruzados han dejado más huella en el imaginario colectivo que el comercio, el intercambio de ideas y los movimientos humanos. Mercator ya advertía, en el prólogo de su atlas, de que el Mediterráneo llevaba tantos nombres como países tenían sus riberas. Siempre fue así, antes y después de que Roma se hiciera oriental y africana. No sólo los nombres que damos al mar son tan diversos como los pueblos de sus riberas, sino también las percepciones; las mismas que aún hoy hacen difícil compartir la identidad mediterránea con un árabe de El Cairo, un judío askenazi de Jerusalén o un turco de Anatolia.

La Conferencia de Barcelona de 1995 resolvió las suspicacias filológicas e históricas echando mano de un concepto ambivalente: un partenariado “euromediterráneo”. Curioso término que definía España o Italia como europeas y Siria o Jordania como mediterráneas. Pero no había ni hay que leerlo, como suele hacerse, con un guión; esto es, en clave de Europa y los otros, los del Sur. No se trataba ni se trata de una propuesta más de diálogo Norte/Sur. La ambición del Proceso de Barcelona no está sólo en el diálogo, que es un instrumento, sino en la reivindicación de un espacio común, que llamamos “euromediterráneo”, capaz de medirse y de competir con otras grandes regiones que vertebrarán el mundo en el siglo XXI.

Los 10 años transcurridos desde Barcelona 95 revelan el potencial del proyecto euromediterráneo, pero también sus vacilaciones, que no son otras que las de sus socios: europeos, árabes, turcos e israelíes. Todos han encontrado en el Proceso de Barcelona una razón de ser; de otro modo, éste no habría sobrevivido a un contexto tan adverso como el de los últimos años, en el que saltaron los fusibles del diálogo y la cooperación. En el balance de esta década suele argumentarse, por parte de quienes nos empeñamos en ver el vaso medio lleno, que la mejor prueba de la validez de este proyecto es la capacidad de atracción que ha mantenido en un contexto que se volvió hostil nada más terminar la Conferencia de Barcelona.

La ventana de oportunidad que Felipe González y el canciller alemán, Helmut Kohl, aprovecharon, intercambiando apoyos a sus respectivas prioridades en materia de vecindad se cerró de inmediato. De hecho, el asesinato del primer ministro israelí, Isaac Rabin, en vísperas de la conferencia, y el atentado sufrido por el presidente egipcio, Hosni Mubarak, en Addis Abeba, Etiopía, cuatro meses antes, no constituían hechos tan aislados como entonces se creyó. Mientras la Declaración de Barcelona abogaba por una ambiciosa arquitectura de integración regional que permitiera a sus socios pensar juntos en el futuro, poderosas fuerzas e ideas se ponían en movimiento, en sentido contrario, aunque el clima de optimismo de 1995 no las registrara. Basta recordar que el célebre artículo de Samuel Huntington sobre el choque de civilizaciones había aparecido en Foreign Affairs en 1993, dos años antes de la cita de Barcelona. Y mientras Barcelona lanzaba su mensaje de diálogo, Osama bin Laden preparaba desde Sudán su segundo y definitivo viaje a Afganistán, donde planificaría el 11 de septiembre. Ahora sabemos que la ventana de oportunidad sólo se entreabrió unos meses. Luego, todo fue a peor. Dentro y fuera del ámbito mediterráneo.

En estas circunstancias, la supervivencia de un proyecto como el de Barcelona, más pensado para organizar la paz que para hacer frente a la guerra, reclama más atención de la que suele recibir. Sus logros son ciertamente escasos, si se cotejan con las necesidades de la región, pero su persistencia, como foro de concertación multilateral entre árabes, europeos e israelíes, aún en los peores momentos, revela su capacidad para actuar como antídoto de un deterioro que pudo ser mayor.

¿Qué otra propuesta puede oponerse hoy, en el Mediterráneo, a la fascinante idea del choque de civilizaciones que no sea la de una gestión común de los desafíos? ¿Qué otra alternativa tienen los árabes que rechazan la propuesta irredentista de Bin Laden que no sea asociar su futuro al de Europa? ¿Puede Israel imaginar un horizonte estable de paz con sus vecinos sin incorporarse a un proyecto regional de contornos más amplios? ¿Es posible pensar en la Unión Europea desde la prosperidad y la democracia sin un Mediterráneo asociado a su destino? ¿Puede Turquía creer que se le abrirán las puertas de la UE mientras persista el recelo entre Occidente y el mundo árabe-musulmán?

Desde el otro lado del Atlántico, la iniciativa de Barcelona fue recibida con la sorna de quien desprecia las soluciones complejas, graduales e inclusivas del multilateralismo. Lo cierto es que no resulta difícil subrayar los límites de la política exterior de la UE en Oriente Próximo y el norte de África. Pero ¿acaso los cuatro años que han transcurrido desde el 11-S no han puesto de manifiesto no sólo los límites, sino también los riesgos de la estrategia unilateral practicada por Washington?

Estas preguntas dibujan la nueva centralidad que ocupa el Mediterráneo en la agenda internacional. El espacio al que nos referimos aparece como un laboratorio de la globalización en cuyo destino están involucrados europeos, árabes y norteamericanos, además de turcos e israelíes. Es un espacio en transformación, donde los desafíos de hoy bien podrían ser oportunidades de mañana, en un mundo en el que la diversidad, la movilidad y la capacidad de adaptación y síntesis características de las sociedades mediterráneas son valores en alza. Ésta es la percepción contradictoria sobre los escenarios posibles –escepticismo a corto plazo y optimismo a más largo– que arroja la encuesta llevada a cabo por el Instituto Europeo del Mediterráneo (IEMed), en vísperas de la Cumbre de Barcelona, entre más de 500 expertos y protagonistas del Proceso de Barcelona.

El terrorismo de matriz islamista, los movimientos humanos incontrolados, las vacilaciones de la construcción europea y la irrupción de importantes comunidades musulmanas en el corazón de Europa han reactivado los reflejos de seguridad con los que los europeos han oteado siempre la otra orilla. Ampliada por el ruido mediático y por el populismo político, esta tendencia a subrayar los riesgos del presente ha ensombrecido otros escenarios cuyo fundamento es la búsqueda de la complementariedad. El primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, lo expresó de un modo rotundo: “Europa debe decidir si quiere ser un líder global o un club cristiano”. Aunque lo dijera de un modo poco afortunado, Erdogan tenía razón al recordar las dos posibilidades que se le presentan a la UE: el encastillamiento o la apertura hacia sus vecinos. Una Europa ensimismada que sobrevive de las rentas del pasado, o una capaz de sumar Rusia y el Mediterráneo a la constitución de uno de los grandes polos de la economía y la política mundial. Son dos escenarios apuntados por expertos como Philippe Colombani: por un lado, una UE ampliada a 30 países pero encerrada en sí misma, que pasaría del 23 por cien al 15 por cien del PIB mundial a mediados del siglo XXI (escenario de la decadencia); por otro, una Europa asociada con sus vecinos del Este y del Sur, capaz de atenuar la crisis demográfica y sumar casi un tercio de la economía mundial.

La Política de Vecindad con la que la UE acudirá a la Cumbre de Barcelona de noviembre es, hasta cierto punto, una respuesta a este reto. En su interpretación más ambiciosa, no busca sólo proteger al continente con un anillo de vecinos que amortigüe los peligros procedentes del más allá, sino que pretende sindicarlos a su destino. Desde esta perspectiva, el Proceso de Barcelona adquiere una importancia renovada. A condición de que la Política de Vecindad se despliegue en sintonía con la dimensión multilateral del proyecto euromediterráneo, y no en una lógica bilateral que lo desdibujaría. Desde el punto de vista estratégico, es el debate más importante que presidirá la Cumbre. De cómo se resuelva, dependerá la apuesta por la nueva centralidad del Mediterráneo.

El mundo árabe tiene en sus manos pasar de la postración y la humillación a la “Nahda”, el renacimiento en el que soñaron sus intelectuales a finales del siglo XIX. Hoy, como entonces, esta búsqueda de un renacer colectivo conduce a caminos divergentes: el rigorismo religioso, la vuelta al “islam del desierto”, o la apertura al exterior, la exploración de un “islam de los ríos y del mar”. Un islam nacido sobre el mismo tronco de la civilización griega que el de la cultura occidental, por decirlo en palabras de Taha Hussein, el intelectual egipcio que mejor anticipó la necesidad de los árabes de buscar en el Mediterráneo el encuentro con Europa. Basta con leer los informes sobre el desarrollo humano en el mundo árabe publicados por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) para convencerse de que la resurrección de las sociedades del norte de África y Oriente Próximo está al alcance de la mano. Disponen de recursos financieros, de una base humana y cultural y de una cercanía a Europa que supone un valor añadido respecto de otras regiones emergentes. Sus carencias están descritas por los académicos árabes que han elaborado las recomendaciones del PNUD: libertad, educación y protagonismo de la mujer. Y su desafío no es otro que “abrir una transición viable de una situación donde la opresión es la regla, a otra de libertad y buen gobierno”.

En los últimos años, el debate es el mismo en todos los foros mediterráneos: ¿Cómo debe ser esta transición: impulsada desde dentro o impuesta desde fuera? La segunda opción tiene más valederos de los que cabría imaginar. A pesar de lo ocurrido en Irak, hay quien piensa que sin intervención exterior es imposible desplazar los dos poderes que coartan la libertad en el mundo árabe: las dictaduras y la tradición, que se manifiestan bajo la forma de tribalismo o integrismo religioso. El Proceso de Barcelona es una invitación a superar este dilema. Su condición misma de “proceso”, que no de revolución o ruptura, permite pensar en el futuro sin tener que escoger entre la aventura iraquí o el inmovilismo saudí. Impulsa, promueve, facilita, sin imponer. Puede que la lentitud de los cambios sea exasperante, pero sólo un proceso inclusivo como el de Barcelona crea las condiciones para que sus objetivos puedan ser asumidos por las sociedades árabes. Es cierto que la permanencia del statu quo facilita la emergencia del islamismo político frente a las dictaduras soportadas por Occidente. Pero Irak ha revelado los límites de toda democracia impuesta. En su nueva etapa, el Proceso de Barcelona y la Política de Vecindad deben identificar mejor los sectores reformadores –entre los jóvenes, las mujeres, los emprendedores de la economía privada–, prestarles un apoyo decidido y promover una regeneración del tejido político que incorpore aquellas corrientes del islamismo político que se miran en el espejo de Turquía.

Durante medio siglo, la política estadounidense hacia Oriente Próximo estuvo definida por una trilogía elemental: “keep the soviets out, the oil flowing, and the region quiet” [mantener fuera a los rusos, el petróleo manando y la región tranquila]. Franklin D. Roosevelt selló el acuerdo con el rey saudí Abdelaziz Ibn Saud, a bordo del Quincy, anclado en el canal de Suez, tras la conferencia de Yalta. El pacto comportaba también asegurar un lugar para los judíos entre el río Jordán y el mar. Su longevidad y la importancia que ha tenido para 50 años de desarrollo occidental indican la trascendencia de la nueva orientación estratégica decidida por los neoconservadores a finales de los años noventa e implementada como respuesta al 11-S. En su versión más radical, la que llevó a la invasión de Irak, esta política carece de consenso político en Washington y levanta un creciente rechazo en la sociedad estadounidense. Zbigniew Brzezinski la calificó de “forma de gobernar suicida” y la describió con una metáfora letal: “remover el avispero con una vara”.

El hecho de que el 64 por cien de los estadounidenses piense que la lucha contra el terrorismo debe poner más entusiasmo en métodos diplomáticos y económicos (encuesta sobre la política exterior promovida por Foreign Affairs) revela la perplejidad y el cansancio de la sociedad norteamericana. La situación se ha hecho tan difícil para Estados Unidos que el desprecio por la política mediterránea de la UE, tan en boga hace un lustro, ha cedido el paso a un cierto interés por las aproximaciones más complejas a la realidad del norte de África y Oriente Próximo. Han perdido fuerza las metáforas sugerentes que asociaban la “vieja Europa” a una Venus seductora pero incapaz de hacerse respetar, y que presentaban a EE UU como un dios Marte, algo antipático pero todopoderoso, capaz de imponer la democracia en el mundo árabe fulminando a Sadam Husein.

De todos modos, en Washington sí existe cierto consenso sobre el hecho de que el statu quo suscrito por Roosevelt en 1945 ya no corresponde a los intereses estadounidenses. “El desarrollo de la democracia en los países árabes disminuirá los riesgos de extremismo y terrorismo y la emergencia de regímenes hostiles a EE UU”, concluye uno de los muchos papers elaborados en ese sentido, como el que suscribió Madeleine Albright en nombre del Council of Foreign Relations. Éste es el sentido de la Broader Middle East and North Africa Initiative (Iniciativa del Gran Oriente Medio) lanzada por George W. Bush en el marco del G-8 y destinada a promover la democracia en un arco amplio y difuso –desde Rabat hasta Teherán o más allá– de países árabes y otros no, pero todos musulmanes. Discutible en su delimitación geográfica, que retoma de algún modo los parámetros de Huntington, con un ímpetu democratizador que no siempre emplea la misma vara de medir, y lastrada por el estándar con el que Washington actúa en el conflicto entre Israel y Palestina, esta iniciativa tiene, sin embargo, la virtud de poner en cuestión medio siglo de un statu quo que ha bloqueado el desarrollo social y político del mundo árabe.

Para que no todo quede en “remover el avispero”, Estados Unidos tiene el reto de recuperar la credibilidad perdida entre los árabes. Será difícil conseguirlo sin una política integral, menos obsesionada con el islam, más atenta a las transformaciones en curso en las sociedades árabes y más abierta a la cooperación con los demás actores presentes en el norte de África y Oriente Próximo. En cuanto a la UE, su reto es el de desplegar su nueva Política de Vecindad en consonancia con la centralidad del Proceso de Barcelona, ratificando la singularidad de la política multilateral nacida en 1995 en la cumbre de noviembre. Si ambos actores, la UE y EE UU se mueven en esta dirección, pueden darse las condiciones para una colaboración transatlántica destinada a hacer frente a los desafíos comunes que presenta la relación con el mundo árabe y el Mediterráneo.