POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 3

Valéry Giscard d’Estaing, durante una rueda de prensa el 21 de noviembre de 1978 en París. GILBERT UZAN/GETTY

La relación Francia-Alemania y la seguridad europea

ENTREVISTA CON VALÉRY GISCARD D'ESTAING
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Valéry Giscard d’Estaing, anterior presidente de la República Francesa, ha mantenido dos largas entrevistas con Darío Valcárcel, director de Política Exterior, y con Jacques Guillemé-Brulon, consejero de la revista. La primera de ellas en la finca El Santo, en la provincia de Madrid; la segunda, en su casa de París. He aquí la transcripción de esas largas conversaciones:

Pregunta: La: Iniciativa de Defensa Estratégica, preconizada por el presidente Reagan, ¿le parece el instrumento adecuado para responder al desafío militar que representa la URSS para los Estados Unidos y el conjunto de Occidente?

Respuesta: La Iniciativa de Defensa Estratégica no es la única respuesta ideal. Es una iniciativa concebida por los Estados Unidos para los intereses de los Estados Unidos. Hemos vivido cuarenta años en que la estrategia se ha basado en el arma ofensiva. Es decir, la estrategia occidental se ha basado en la respuesta al ataque del Este con la respuesta del arma nuclear. De esta manera, la llamada MAD (mutua destrucción total asegurada) se convertía en una perspectiva posible.

Reagan ha intentado romper este esquema, buscar una perspectiva distinta, basada no en el ataque destructor, sino en un sistema defensivo. Hay una cierta verosimilitud en esta hipótesis, pero únicamente a largo plazo y lo cierto es que sólo interesa a los Estados Unidos, porque esa protección en el espacio sólo podría resultar operativa sobre el territorio americano. Por otra parte no se han estudiado todavía, al menos que sepamos, las implicaciones estratégicas de la IDE en el actual dispositivo occidental.

Da la impresión de que nos encontramos ya en un diálogo directo entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Se trata de un diálogo directo que posiblemente se está produciendo ya de modo pleno.

P.: El previsible acuerdo americano-soviético sobre eliminación de misiles de medio y corto alcance en Europa ¿no supone el riesgo de dejar a nuestro continente en estado de mínima defensa a causa de la dificultad de aplicar entonces la noción de respuesta flexible?

R.: No creo que eso sea exactamente así. El despliegue de los misiles Pershing 2 y misiles de crucero nunca se dijo que constituyera un sistema de respuesta flexible. Cuando el asunto se planteó en la reunión de Guadalupe, no se basó la decisión en la teoría de la respuesta flexible ni se fundó tampoco prioritariamente en el problema de la inferioridad de Europa occidental en fuerzas convencionales. En realidad, los misiles Pershing 2 y de crucero se instalaron, como es sabido, para dar respuesta al despliegue soviético de misiles SS-20 de alcance medio. Existe, sin duda, una coherencia de fondo en la llamada Opción Cero, tal como han planteado los occidentales. Pero lo cierto es que, en el intervalo de esas negociaciones, los Estados Mayores han descubierto nuevas aplicaciones de los Pershing 2 y han descubierto también la utilidad de la teoría de la respuesta flexible. Pero yo personalmente no creo en este planteamiento. Porque lo cierto es que el uso de las armas nucleares es decidido siempre por el mando político y no por el mando militar. ¿Cómo y cuándo se hubieran podido emplear los cohetes de, medio alcance? No veo claramente el caso en el que un presidente dé los Estados Unidos se decidiera a dar la orden de disparar los misiles Pershing instalados en territorio europeo. Se habla últimamente mucho de la separación entre los Estados Unidos y sus aliados europeos, de la ruptura del vínculo entre los aliados de uno y otro lado del Atlántico. Pero también se puede hablar de la ruptura de otro vínculo, me refiero al que pueda producir en los europeos la toma de decisiones por parte de los Estados Unidos sin contar con ellos. El hecho de que se adopten acuerdos a sus espaldas puede hacer que los europeos decidan también alejarse de la influencia norteamericana.

P.: ¿Cuál es entonces, a su juicio, la función de las armas atómicas desplegadas en Europa?

R.: Yo creo que el arma nuclear no ha sido inventada para ser utilizada. Por ejemplo, en el caso de Francia. Estoy convencido de que el día en que Francia decida usar su fuerza nuclear será aniquilada o, como se dice en lenguaje técnico militar, vitrificada. Hay que tener en cuenta que la proporción de armamento nuclear francés frente al de la Unión Soviética es, por poner una proporción numérica, de uno a veinte. Quiere decirse que si Francia hiciera un disparo nuclear, correría el peligro de recibir de inmediato veinte proyectiles nucleares sobre su territorio. Mi experiencia me dice que el arma nuclear está inventada para ser usada en tiempo de crisis, no en tiempo de guerra. Es decir, que está inventada para ser utilizada como una carta. En los momentos de crisis, los gobernantes, los Gobiernos y sus líderes utilizan una serie de cartas que van poniendo sobre la mesa. En ese sentido hablo de la utilización del arma como una carta. Y en ese sentido también creo que la teoría de la respuesta flexible es escasamente creíble.

P.: ¿No cree usted que un acuerdo de esta clase, como es el de la Opción Doble Cero, conduciría en un plazo más o menos largo a la puesta en cuestión de las fuerzas nucleares francesa y británica?

R.: Sí. Creo que si no se toman las precauciones y medidas necesarias algo de esto puede ocurrir. Las fuerzas nucleares británica y francesa han sido puestas por ahora entre paréntesis en la negociación ruso-americana. Pero los soviéticos quieren incluir más tarde la fuerza nuclear francesa y la fuerza nuclear británica en el acuerdo definitivo que pueda firmarse. No olvidemos que la Unión Soviética ha considerado públicamente que esas fuerzas nucleares francesa y británica pueden constituir un modo de obstrucción a un gran acuerdo general o mundial de reducción de armas nucleares. Por eso pienso que todo el esfuerzo va a realizarse (estoy hablando del Este) en el intento de romper la solidaridad entre Francia y Alemania Federal: Yo creo que hay que mantener esa solidaridad por encima de todo. Creo que la fuerza nuclear francesa querrá ser englobada por los soviéticos en la negociación sobre el conjunto de fuerzas tácticas, fundamentalmente norteamericanas, que existen en Europa. Creo también que Occidente acaba de cometer fallos evidentes y errores de maniobra muy visibles. No hay que olvidar que es Occidente el que ha planteado la Opción Doble Cero y ahora nos encontramos ante la dificultad de suprimir también las armas nucleares de corto alcance. Yo creo que Europa no debe participar en la supresión de esas armas. No debe comprometerse a suprimirlas.

 

«Mi experiencia me dice que el arma nuclear está inventada para ser usada en tiempo de crisis, no en tiempo de guerra. Es decir, que está inventada para ser utilizada como una carta»

 

P.: Como presidente de la República Francesa ¿recibió usted propuestas soviéticas en los siete años de su mandato? ¿Cree que se han hecho ahora a su sucesor?

R.: Por una serie de causas, la situación actual se nos presenta muy diferente de lo que era, por ejemplo, en 1981, cuando yo dejé el Elíseo. Varios hechos de primer orden modifican el problema de fondo que estamos tratando. En primer término, la llegada al poder de Gorbachov y de su equipo. Muchos gobernantes europeos se preguntan hoy si la política que propone el nuevo líder soviético no es una trampa tendida a Europa del Oeste en la que la opción doble cero no sería más que una primera etapa. Nos encontramos además con los problemas internos de la política interior norteamericana, con las consecuencias del asunto “Irán-contra” y su repercusión en la autoridad presidencial, con el imprevisible resultado de la elección de un nuevo presidente, en noviembre del año próximo. Todo esto crea una inquietud difusa sobre el mantenimiento de la solidaridad que ha existido hasta hoy entre la defensa europea y los Estados Unidos.

Hay, por último, un nuevo estado de conciencia en Europa sobre la necesidad de poner a punto un sistema de defensa verdaderamente europeo; uno de los detonantes más próximos ha sido quizá la aparente indiferencia estratégica mantenida por Reagan hacia Europa durante las conversaciones de Reykjavik. No olvidemos que existe, en más de un sector de la sociedad norteamericana, un sentimiento de irritación hacia sus aliados europeos y hacia el esfuerzo económico que los Estados Unidos hacen para mantener su dispositivo militar en Europa. De todo este conjunto de causas surge una atmósfera distinta, nueva, en la que las actitudes y opciones de cada cual parecen borrosas, contradictorias y entremezcladas, mientras que la opinión pública en las distintas naciones duda entre el temor y la esperanza. La explicación de esta actitud depende en: parte de un hecho: el período de la posguerra ha terminado. Los últimos hombres de Estado que han ejercido el poder después de la guerra han desaparecido de escena. El poderío de los Estados Unidos –económico, monetario, militar– que reinaba imperialmente sobre la posguerra no mantiene su exclusiva. Los vencidos de la última guerra, Alemania y Japón, consiguen logros monetarios y comerciales sobre las superpotencias vencedoras. Quiere decirse que la segunda posguerra mundial está definitivamente liquidada. El siglo XX, que es el siglo de las dos grandes guerras, comenzó con retraso, hacia el año 10, y termina ahora, antes de tiempo, con el final de los años ochenta. La turbación actual de las conciencias y la mutación de ciertas escalas de valores no son fruto del azar, como no lo es el cambio que observamos en los grandes equilibrios estratégicos. Estos últimos son el testimonio de la liquidación de un cierto orden mundial que se consuma, cuando apenas acertamos a entrever el nuevo orden que poco a poco va a sustituir al antiguo.

P.: ¿Crece, a su juicio, la discrepancia entre los Estados Unidos y sus aliados europeos?

R.: Yo creo que es necesario abrir una discusión sin ambages, al más alto nivel, con los responsables norteamericanos. El riesgo de desvinculación entre Europa y Estados Unidos no es estratégico, sino político. La peor desvinculación sería la que pudiera nacer de un malentendido.

Nuestra debilidad actual nace de dos causas, ambas de parecida importancia: la potencia en medios militares de nuestro adversario, por un lado, pero también nuestra falta de confianza en nosotros mismos. Falta de confianza en nuestros recursos, cuando la población de los Estados Unidos y de la Comunidad Europea juntos representa el doble de la soviética. Falta de confianza en la solidez de nuestros compromisos respectivos, cuando la función de reformarlos y hacerlos más creíbles es uno de los papeles de los dirigentes políticos.

Nuestro objetivo no puede aspirar en modo alguno a cambios de solidaridad. Nuestros valores y nuestras garantías están en Occidente. Pero la evolución de Europa nos impulsa a organizar de modo diferente esta solidaridad. Es necesario pasar desde una alianza concluida entre los Estados Unidos y cada uno de los Estados nacionales europeos, que pactaban en orden disperso, a una alianza entre los Estados Unidos y el grupo de los Estados europeos que constituyan la solidaridad europea en materia de defensa.

Si esta evolución se conduce bien, con calma, con cuidado, podremos alcanzar la enorme suerte de conocer, después de los cuarenta años de paz que acabamos de vivir, un nuevo período de seguridad en Europa que coincidiría quizá con el renacimiento político de nuestro Continente.

P.: Se sabe, tal como nos han revelado muy recientemente dos serios Institutos alemanes de sondeos, el Instituto Vikert y el Instituto Infratest, que el 78 por 100 de los alemanes occidentales desean la eliminación total de los misiles nucleares en Europa y que el 80 por 100 entre ellos son favorables a la opción doble cero. Con lo cual parece que la desnuclearización del centro de Europa se encuentra ahora inscrita en el terreno de los hechos. El señor Gorbachov, que nos ha dado recientemente muchas pruebas de su capacidad de maniobra, tendrá quizá necesidad de desplegar su talento para conducir a nuestros vecinos de Alemania del Oeste por una vía de esta clase. Gracias posiblemente a las ofertas que él y sólo él puede hacer.

R.: Sí, lo que ustedes plantean es, en efecto, una cuestión de enorme importancia. Toda la viabilidad del dispositivo europeo de defensa se juega en el comportamiento de la República Federal Alemana. En política exterior éste fue el punto clave de mi septenado. La solidaridad entre Francia y la República Federal Alemana es vital. Las relaciones entre ambas naciones no puede decirse que sean malas, pero lo cierto es que ahora el entendimiento entre ambas no ha progresado y debemos procurar que la actitud alemana cambie porque, de otro modo, entraremos en una situación de crisis imposible de controlar. ¿Por qué ha llegado a este punto la República Federal Alemana? Cabe preguntarse, en primer lugar, por la presión pacifista. Los pacifistas han tenido interés en insistir en que no se trata sólo de un riesgo de guerra, sino que han denunciado todo lo nuclear, y en este punto la catástrofe de Chernobyl les ha resultado sumamente útil. No han denunciado únicamente los misiles nucleares y las armas nucleares, sino también las centrales nucleares. Sin embargo, yo sostengo que las situaciones geográficas de ambos países les sitúa en condiciones de riesgo bélico muy parecidas. Yo creo que Francia y la República Federal Alemana son casi igualmente vulnerables. Francia creyó que el arma nuclear era muy útil para hacer difícil o casi imposible el conflicto. Pero por su parte la República Federal Alemana cree que el armamento nuclear, en vez de evitar la guerra, acentúa un riesgo de devastación total, de liquidación absoluta. Pero hay que insistir en esto: el empleo del arma nuclear es una decisión política que corresponde a un jefe de Gobierno o a un jefe de Estado, mientras que las armas convencionales corresponden a la decisión de los respectivos Estados Mayores. Esos Estados Mayores no dudaron en desencadenar las hostilidades en las dos guerras mundiales. Y esa situación volvería a producirse en caso de guerra convencional. Por el contrario, en un caso de conflicto nuclear es indispensable que los Estados Mayores consulten en cada momento a quienes tienen la decisión política: son los políticos los que dirigen, los que toman las decisiones en materia de guerra nuclear. Por eso pienso que la probabilidad de una decisión afirmativa,.es decir, de dar la orden de utilización del arma atómica, es en realidad mínima. Es muy difícil desencadenar el fuego nuclear. Prueba de ello es que en estos últimos cuarenta años ha habido múltiples conflictos bélicos, pero no se ha dado ni un solo roce militar directo entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Por eso creo que el arsenal nuclear es un sistema disuasivo de la guerra. La diferencia, además, de los niveles de destrucción entre el fuego nuclear y el fuego convencional es sumamente baja. No hay que olvidar que el arma nuclear se dispara sobre objetivos precisos, preferentemente objetivos militares. Mientras que hoy una guerra convencional, en Europa por ejemplo, causaría destrucciones masivas y arrasadoras.

No hay que olvidar que en la última guerra mundial, cuando las armas atómicas estaban en su comienzo, los bombardeos convencionales fueron mucho más devastadores que los dos disparos atómicos que se efectuaron; las ciudades de Bremen y Hamburgo quedaron mucho más devastadas que Hiroshima o Nagasaki.

Si se produjera una invasión soviética en Alemania la inmensa mayoría de los habitantes de la República Federal saldrían a las carreteras camino de la frontera, hacia el Oeste. La amenaza de un ataque con fuerzas convencionales sobre las vías de comunicación alemanas, con la población en fuga, sería de gravísimas consecuencias. Este asunto nos lleva a una materia que me parece de especial interés: me refiero a la confusión existente entre los conceptos de guerra convencional y guerra nuclear. Con los actuales medios la guerra convencional es, como digo, casi tan devastadora, y en ocasiones más devastadora, que la guerra nuclear. Hoy no existe la posibilidad de entablar hostilidades pequeñas; no puede hablarse de una “guerra suave”.

Desde hace al menos tres décadas la lógica de la defensa francesa se ha fundado en la idea de que todo ataque nuclear había de ser contestado también por medio del fuego nuclear. Esta es la base del pensamiento estratégico francés. Por el contrario, en Alemania federal domina el criterio de que un ataque nuclear carece de respuesta. Pero es necesario que la opinión pública alemana y los sectores responsables de su vida política entiendan, como se entiende en Francia, la gravedad inmensa, inesquivable, de un ataque convencional. Es, insisto, de primera importancia que los alemanes entiendan esta cuestión y concierten sus criterios con los de sus aliados europeos.

La personalidad de la República Federal Alemana se ha afirmado a lo largo de estos cuarenta años. Alemania se ha convertido en una nación fuerte, segura de sí misma, segura de su poder económico y científico. Ha vuelto a extender su presencia y su influencia en el mundo. Ya no estamos, es evidente, ante la Alemania de los años cuarenta y cinco a cincuenta. Esa reafirmación de la conciencia alemana inevitablemente ha acentuado las diferencias con los Estados Unidos. Atención, no quiero decir que exista una mala relación entre los Estados Unidos y la República Federal. Subrayo que la relación entre ambas naciones no puede parecerse ya en modo alguno a la que existía con la Europa destruida de hace cuarenta anos. Pero vuelvo al punto central de mi argumentación. Si hay guerra es necesario convencer a los alemanes de que en ella pereceríamos todos, que todos corremos semejantes riesgos y que necesitamos, por tanto, apoyarnos en una misma solidaridad.

 

«La lógica de la defensa francesa se ha funda en la idea de que todo ataque nuclear ha de ser contestado también por medio del fuego nuclear. Por el contrario, en Alemania federal domina el criterio de que un ataque nuclear carece de respuesta»

 

Nos encontramos ante una laguna abierta por las diferencias existentes a la hora de entender la vinculación profunda que une a Europa occidental con Estados Unidos. Este es uno de los más importantes debates en curso. Pero hay otro debate sobre el que es necesario tener ideas claras y un proyecto consistente para las décadas venideras: se trata de la vinculación defensiva y la solidaridad en la seguridad de las dos naciones con mayor peso propio de la Europa occidental, la República Federal Alemana y Francia. Es indispensable reafirmar y aclarar esta relación. Pero el problema se complica, entre otras razones, por la existencia de las dos Alemanias. El reflejo de solidaridad interalemana se ha afirmado año tras año con el paso del tiempo. ¿Cómo podemos imaginar que en caso de conflicto bélico pudieran enfrentarse, en una guerra de destrucción total, unos alemanes contra otros? Yo personalmente soy muy escéptico en este punto: me resulta difícil imaginar al Ejército de la República Federal abriendo fuego contra los soldados de la Alemania del Este. Este es un sentimiento profundo con el que hay que contar, porque condiciona todo el problema de la seguridad europea. No estoy hablando de la reunificación alemana, que es otro asunto distinto. Me refiero a, la claridad de ideas sobre la defensa europea, que depende en buena parte del entendimiento pleno en materia militar entre Francia y Alemania, y depende también de la situación que padece Alemania como consecuencia del desenlace de la segunda guerra mundial.

P.: Con el tiempo, ¿no está la RFA condenada a estrechar sus lazos con los países del Este, sobre todo con la RDA y la URSS, para sobrevivir financiera e industrialmente? Una Confederación, no una reunificación, de los Estados alemanes, que existe ya de hecho en el plano económico, parece hoy, en efecto, concebible, pero la clave para tal Confederación ¿no se encuentra, por lo demás, en Moscú?

R.: Alemania está, naturalmente, condicionada por su posición geográfica: está en el centro de Europa. La nación siempre volvió la vista hacia el Este, de modo inevitable. El Este es una de sus fronteras y una parte de su vida. Alemania siempre mantuvo una relación intensa con sus vecinos del Este. Hoy nos encontramos con una República Federal que ha recuperado una gran parte de su dinamismo y de su poder, así como su autonomía y su libertad de decisión. La Alemania actual mira en torno suyo y eso es natural. Me hablan ustedes de un acuerdo posible. ¿Es acaso posible ese acuerdo diabólico? ¿Aceptaría Alemania su neutralización a cambio de una mayor influencia en Europa, de su reunificación?

Yo creo que la Alemania federal deberá vincularse a alguno de los grandes conjuntos de pueblos que se perfilan en el mundo. Hoy está vinculada a Occidente y yo creo que es vital para el equilibrio de todos que dicha vinculación permanezca.

Esta es una de las razones fundamentales por las que considero indispensable y urgente avanzar en el proceso de la unidad europea. Porque tampoco tiene demasiado sentido hablar de unidad de Europa sin pensar en la, unidad de los aspectos vitales de la defensa.

Me preguntan ustedes si cabe pensar que los alemanes del Oeste hagan ese acuerdo con los soviéticos. Yo me permito dudarlo. Los alemanes del Oeste no renunciarán nunca a las libertades que han conquistado. Esto me parece impensable. Pero también me parece preocupante el momento que vivimos en el mundo occidental. No veo grandes iniciativas en nuestro campo. No veo la energía necesaria para tomar la iniciativa.

Y habría, ciertamente, algunas cosas que hacer si se tuviera la imaginación y la fuerza moral para ponerlas en marcha. Por ejemplo, habría que hacer, en primer lugar, un gesto claro mostrando la vinculación de la defensa alemana con la del resto de Europa occidental y, en segundo lugar, habría que seguir con una serie de iniciativas institucionales en el ámbito de la construcción europea: el acta única, la moneda común, el espacio único europeo, entre otros. El día en que, por ejemplo, exista ese espacio único europeo la vitalidad y la esperanza de Europa habrán sufrido una transformación radical hacia el futuro de un continente efectivamente unido y capaz de hacer frente a sus rivales.

Creo, además, que hay que abrirse, no sólo la Alemania federal, sino toda Europa comunitaria, hacia la Alemania del Este para aproximarla a nuestras posiciones y lograr que, al menos moralmente, se vaya considerando poco a poco como el miembro número trece de la Comunidad Europea.

Es cierto que están comenzando algunas operaciones hacia la unidad de los países europeos en materia de defensa. Pero esos trabajos son todavía demasiado incipientes, demasiado modestos. Nuestra seguridad como europeos se ha fundado, a lo largo de los últimos cuarenta anos, en la certeza de que los Estados Unidos se lanzarían en defensa nuestra en caso de peligro o de invasión, desencadenando de modo automático lo que llamamos MAD, es decir, la destrucción mutua asegurada de ambos adversarios. En esto consiste más o menos el “couplage” o vinculación, y hablamos de una vinculación que llevaría a nuestro aliado norteamericano hasta la guerra nuclear, siendo curioso observar que ni siquiera aceptamos una vinculación firme e indudable con nuestro aliado más próximo, como es la República Federal Alemana. Yo insisto en que todo el equilibrio europeo y la seguridad de Occidente dependen en muy buena parte de la solidaridad firme entre Francia y Alemania federal. Indudablemente esa solidaridad depende de la decisión que puede tomar la nación que posee el arma nuclear, y en el caso de las dos naciones Francia y Alemania, me estoy refiriendo a Francia. Francia debe dar ese paso: es decir, dejar claro que nuestra nación desencadenaría la guerra nuclear si la República Federal de Alemania fuese atacada o invadida. Es necesario que este punto quede claro porque en él se funda la firmeza de la vinculación franco-alemana. Yo creo, por ejemplo, que el general De Gaulle, de, haber vivido en estos años; hubiera abierto sin duda ese proceso hacia una indudable vinculación defensiva que nos comprometiera con nuestros vecinos alemanes.

P.: Con esta óptica, ¿no se debiera considerar también que un nuevo dato esta vez estratégico-económico, aparece poco a poco en el horizonte de Europa? Frente al derrumbamiento de los mercados del Tercer Mundo y la difícil penetración en los mercados americanos y asiáticos, naciones como Francia, Italia o España, siguiendo a la RFA, ¿no estarían tentadas de vender masivamente bienes de consumo a una URSS acogedora y pagando al contado, para resolver sus problemas económicos e industriales generadores de profunda perturbaciones sociales a cuya cabeza se encuentra un paro cada vez más insoportable? Tal desenlace, unido a la terrible lógica de los hechos, ¿no significaría, de forma más o menos directa, la instauración de una especie de “pax soviética” en Europa?

R.: Soy escéptico al planteamiento que ustedes esbozan. La Unión Soviética no es un gran mercado. Sus medios de pago no son considerables. El mercado norteamericano o japonés, por ejemplo, no tienen comparación con el mercado soviético actual, cuya capacidad de absorción de bienes y servicios es todavía sensiblemente limitada. La URSS tiene todavía pocas perspectivas de consumo. La lucha comercial, hoy por hoy, hay que entablarla, como es más que sabido, en Estados Unidos y Japón. Insisto en que se trata de un problema de medios de pago, de posibilidades de liquidez y de financiación. No se olvide que en este momento el déficit comercial soviético asciende a 35.000 millones de dólares.

P.: Corolario a la pregunta anterior ¿le parece a usted que la presencia americana en la Europa occidental es, para la estrategia planetaria de los Estados Unidos, un absoluto insoslayable?

R.: Sí, para el futuro previsible la presencia norteamericana en Europa occidental me parece necesaria. De modo inmediato no puede convertirse en realidad la hipótesis de que Europa asuma en plenitud su defensa. Creo, sin embargo, que los americanos no pueden ya ejercer su papel de superpotencia ni podrían diseñar una especie de super Yalta. Carecen ya de esa fuerza mundial para imponer sus criterios al mundo de acuerdo con la otra superpotencia.

P.: Un ataque de la URSS contra Europa occidental en que aquélla utilizase sólo su armamento convencional ¿sería concebible en determinadas condiciones o circunstancias?

R.: Por el momento no me parece concebible ese ataque soviético, porque supondría dos cosas: en primer lugar, significaría que se ha producido una fuerte evolución interior en la que la realidad del poder soviético se traslade desde donde hoy reside, al menos en buena parte, a los militares. Hoy por hoy este no es el caso. En la Rusia de Gorbachov se mantiene esa mezcla íntima de complicadas dosis en la cúspide del aparato comunista, donde conviven y deciden una combinación de militares y políticos. En segundo lugar, no puede pensarse en un ataque soviético en Europa más que en el caso de que desaparezcan de ésta los medios de disuasión nuclear que actualmente posee.

 

«Los americanos no pueden ya ejercer su papel de superpotencia ni podrían diseñar una especie de super Yalta»

 

P.: En definitiva, ¿es usted escéptico ante las propuestas de Gorbachov? ¿Cree que abren una etapa de distensión en Europa?

R.: Yo creo que lo prudente sería valorar las actitudes soviéticas no por las intenciones que puedan expresar, sino en función de los datos que realmente modifiquen. Sólo a la vista de un análisis muy preciso podríamos enumerar, por lo que respecta a Francia, cuatro grandes objetivos en nuestra teoría de la defensa:

En primer término hay que mantener la actitud francesa en favor de la reducción del nivel de armamentos: limitación simultánea, equilibrada y controlable. Esta es una de las constantes de nuestra política. Gracias a ello hemos conseguido éxitos diplomáticos y no debemos dejar el monopolio de esas ideas a nuestros adversarios.

En segundo lugar, conviene insistir en qué nuestro objetivo es la disuasión de la guerra nuclear y no nuclear. El horror que inspira el choque nuclear hace pensar a algunos que una guerra convencional sería un mal menor. Pero esto es olvidar que la casi totalidad de las matanzas y las destrucciones de la última gran guerra se hicieron con medios convencionales, enormemente perfeccionados desde 1945 a nuestros días. Para Europa lo que cuenta es la paz y no la clase de guerra que pueda surgir. Sea cual sea el tipo de guerra podemos estar seguros de que un nuevo conflicto bélico llevaría a Europa a un colapso mortal. Y esta es la razón por la que las limitaciones o reducciones de todas las categorías de armas, nucleares o convencionales, deben ser evaluadas, ante todo, en función de su efecto sobre el riesgo de desencadenamiento de un conflicto. Es un hecho reconocido que la existencia de potencias medias nucleares ha mantenido la paz desde hace cuarenta anos; mientras que ha tenido un efecto disuasorio sobre el desencadenamiento de cualquier clase de aventura militar sobre el suelo europeo. La desnuclearización militar de Europa, al hacer la agresión menos costosa y menos arriesgada, acrecería inevitablemente el riesgo de una aventura militar. Y permitiría, al mismo tiempo, realizar una concentración masiva de fuerzas convencionales, mientras que la amenaza nuclear obliga a desplazarlas.

Es necesario además –y quizás en primer término– reforzar la solidaridad de la defensa francesa con Alemania Federal. La disociación de Alemania del sistema de la defensa occidental es el más grave peligro que amenaza nuestra seguridad en los años próximos. Y, a la inversa, el refuerzo de los medios convencionales franco alemanes es el medio para disuadir a la Unión Soviética de cualquier aventura militar dirigida contra el oeste de Europa.

Por último, es necesario adaptar el sistema de defensa francés al desarrollo de los lazos que unen a los países europeos de la Comunidad sin romper la vinculación indispensable entre la seguridad europea y la de los Estados Unidos. Esta es una operación indispensable que corresponde a la nueva organización de Europa. Pero es sumamente delicada de llevarla a cabo, porque choca con el peso de las costumbres y los prejuicios y corre el riesgo de provocar, por cualquier paso en falso, el alejamiento de los norteamericanos.

P.: ¿Cómo compensar el fantástico desequilibrio existente entre la URSS y la OTAN en el campo de las armas químicas (entre 400.000 y 700.000 toneladas la primera, frente a 40.000 de la segunda)?.

R.: Hay que ir a su eliminación sin olvidar que la destrucción de los stocks actualmente existentes plantea dificultades técnicas muy considerables. Por ejemplo, los sistemas de verificación de reducción de armamento. Es un tema de capital importancia. No debemos olvidar que el fracaso de la negociación iniciada hace dos décadas entre Kennedy y Kruschef nació de la imposibilidad de establecer sistemas de verificación válidos. Hoy contamos sin embargo con una novedad de incuestionable importancia: los soviéticos han dicho “aceptaremos todas las medidas de verificación que estén dispuestos a aceptar los Estados Unidos”.

Los sistemas de verificación son difíciles, lentos y generalmente muy caros. Tampoco hay que olvidar que en caso de conflicto las potencias enfrentadas pueden comenzar la fabricación de armas nucleares y químicas de inmediato, tan pronto como empiecen las hostilidades. En todo caso el centro de la discusión actual entre Estados Unidos y la Unión Soviética no es, como piensan los europeos, el problema de los misiles de medio alcance, sino precisamente esa gran incógnita de los sistemas de verificación. Sin esto todo es papel mojado. Por eso los expertos y los políticos de primera fila en Estados Unidos y en la Unión Soviética centran hoy sus estudios y sus decisiones sobre esta cuestión mucho más importante que la opción cero o la opción doble cero.

P.: ¿No le parece que los hombres de Estado occidentales tienden demasiado a considerar el teatro europeo como un todo, independientemente del conjunto del tablero planetario? En un mundo en que las causas de conflicto y sus repercusiones automáticas sobre los cinco continentes son, de hecho, completamente interdependientes, ¿no debería la Alianza Atlántica redefinir su estrategia global? Más precisamente estoy pensando en los conflictos del Cercano Oriente.

R.: Personalmente no creo que sea del todo interdependiente. Si hay enfrentamientos y se produce un esfuerzo por limitarlos, es posible. Vamos a un mundo mucho más multipolar. Al final de la segunda guerra mundial, y con ocasión de Yalta, los debates estaban indudablemente dirigidos por los dos grandes. Hoy, sin embargo, hay al menos ocho o nueve centros de poder efectivo en el hemisferio norte: Norteamérica, con Estados Unidos y Canadá; la Comunidad Económica Europea, la Unión Soviética, Japón y, en cierto modo, inevitablemente, China. En el hemisferio sur hay un primer foco de poder en América latina, en el continente indio, en los países de la ASAN y en el eje Australia-Nueva Zelanda. Hoy el mundo está mucho más racionalizado que hace cuarenta años.

¿Existen sistemas de prevención de la guerra? Yo creo que sí. El primero de ellos es a mi juicio, sin duda, el partir de análisis estratégicos lo suficientemente ajustados. Hoy no podemos olvidar que entramos en una fase radicalmente nueva, una fase de sustitución de la que existía en los años cincuenta. Y éste creo que es uno de los centros del debate actual. Los dispositivos de seguridad son enteramente diferentes. Hay cambios profundos en la aportación de fuerzas. Por ejemplo pienso en la futura contribución del Japón a la defensa común de los países occidentales. Es un ejemplo que nos sirve para explicar que estamos ante un dispositivo en movimiento; llano, ante estructuras rígidas y bipolares. Cuando yo era presidente de la República sostuve que la seguridad en el golfo Pérsico era una cuestión nuestra, una cuestión de los europeos. Sigo pensándolo así.

P.: Contrariamente a una opinión que se escucha con frecuencia y por paradójico que pueda parecer, ¿no sería la URSS infinitamente más peligrosa para Occidente si el señor Gorbachov lograse “modernizarla” mediante una pseudodemocratización que, como nadie ignora, no sería más que un disfraz destinado a dotar de nuevo aliento al marxismo-leninismo que permanece más que nunca en la doctrina oficial?

R.: Me pide usted que haga un pronóstico dificilísimo: ¿cuál será a medio plazo el resultado de la política de Gorbachov en él país real que es la Unión Soviética? ¿Conseguirá o no superar las rigideces actuales del sistema centralizado? Hay algo que me parece evidente: si no hay evolución y cambio suficiente en el sistema soviético actual no habrá salida ni solución para los problemas económicos que hoy tiene planteada la gran nación rusa. Lo que Gorbachov pretende es que funcione la sociedad socialista, tal como dijo el propio Gorbachov en sus declaraciones a UNITA: “No se trata –insistió– de que, la sociedad se liberalice, sino de que el modelo funcione”. El modelo de centralización diseñado por el sistema soviético. Lo cierto es que el sistema actual no permite salidas ni avances con éxito. ¿Cómo reaccionará el actual equipo que tiene el Poder de la Unión Soviética? ¿Qué ocurrirá si se producen nuevos estancamientos y fracasos? ¿Optarán por acelerar el cambio o lo frenarán absolutamente? La experiencia nos dice que cuando la apertura se salda en un fracaso, el “establishment” del partido aprovecha la ocasión para pasar factura de inmediato y recuperar una parte del Poder. La radicalización y el cierre podrían producirse entonces. Hoy por hoy, sin embargo, nos encontramos con que en la cúspide de la pirámide del Poder soviético los grandes jerarcas aceptan la directriz marcada por Gorbachov y todos están dirigidos por él. Pero esa cúspide de la Unión Soviética es muy distinta de la inmensa burocracia que rige el país en los rincones más lejanos; ese inmenso aparato geográfico y administrativo sigue siendo hoy de una rigidez casi inamovible.

 

«España forma parte hoy de un sistema de solidaridad en la defensa. Tiene, por tanto, que contribuir a la defensa de más de trescientos millones de habitantes, desechando todo criterio parcelario»

 

P.: ¿Qué consecuencias prácticas ve usted en la incorporación de España a la Alianza Atlántica?

R.: El pensamiento estratégico de España tenía que abrirse a las realidades de Europa y a los problemas de su seguridad y su defensa. Por razones históricas España fue ajena a las dos guerras mundiales. Hoy, a la altura de los años ochenta, no podía permanecer cerrada por más tiempo a las realidades interdependientes de la Europa occidental.

España forma parte hoy de un sistema de solidaridad en la defensa. Tiene, por tanto, que contribuir a la defensa de más de trescientos millones de habitantes, desechando todo criterio parcelario.

P.: Parece claro que la incorporación de Portugal y España a la CEE ha sido un paso importante para la futura unidad europea, ¿qué consideración le merece, en realidad, ese futuro? Y, aunque no directamente relacionado, ¿cómo se engarza en él un viejo pleito que todos los españoles llevan sobre su corazón: Gibraltar?

R.: Empezando por esto último pienso que estamos ante una situación que debe ser normalizada. Francia ha dado ejemplos de cómo deben normalizarse situaciones de esta clase. Esa normalización debe hacerse pronto, sin inútiles pérdidas de tiempo, atendiendo a la evidencia de la soberanía de España sobre su propio suelo. Ante los problemas de fondo de la unidad europea es muy peligroso caer en los dogmatismos y en las simplificaciones.

Respecto a la primera parte de su pregunta es necesario reconocer un hecho: la unidad europea no se ha logrado. Existen todavía demasiadas reacciones nacionales, demasiados intentos de defender cada autonomía nacional. Esa actitud nos ha llevado a la situación de dependencia en materia de defensa con que ahora nos encontramos con respecto a los Estados Unidos.

Hay que prever que en los próximos años las estructuras defensivas avancen sensiblemente en sus procesos de unificación. En ese terreno hay ya trabajos conjuntos de distintos Estados Mayores. Pero sin un proyecto común en las cuestiones previas de defensa no se avanzará.

Por lo que se refiere a las instituciones, la construcción europea está montada como un tren en el que la locomotora se situara en la cola. Vemos cómo, en primer lugar, avanza la opinión pública, a continuación la economía, en tercer lugar las Administraciones y sólo en último término avanzan las cuestiones políticas. Y lo cierto es que la política debería tomar la cabeza del convoy.

Si se cumpliera puntualmente todo lo previsto en el acta única me parecería un progreso importante. Se ha llegado a decir que el contenido del acta única era modesto; pienso que no es así. Si el espacio único europeo se llega a hacer realidad, dentro de los plazos previstos, habremos dado un paso histórico. Lo mismo ocurrirá si se designa un presidente de Consejo Europeo con un vicepresidente. Aunque no hay fecha para esto último creo que es necesario establecerla cuanto antes.