El mundo ha cambiado más en los últimos cuatro años que en los treinta anteriores. Nuestras noticias están repletas de conflictos y tragedias. Rusia bombardea Ucrania, Oriente Medio hierve y las guerras se recrudecen en África. A medida que aumentan los conflictos, las democracias parecen estar en declive. La era posterior a la Guerra Fría ha terminado. A pesar de las esperanzas que siguieron a la caída del Muro de Berlín, el mundo no se unió para abrazar la democracia y el capitalismo de mercado. De hecho, las fuerzas que se suponía que iban a unir al mundo –el comercio, la energía, la tecnología y la información– ahora lo están dividiendo.
Vivimos en un nuevo mundo de desorden. El orden liberal basado en normas que surgió tras el fin de la Segunda Guerra Mundial está agonizando. La cooperación multilateral está dando paso a la competencia multipolar. Las transacciones oportunistas parecen importar más que la defensa de las normas internacionales. La competencia entre grandes potencias ha vuelto, y la rivalidad entre China y Estados Unidos define el marco de la geopolítica. Pero no es la única fuerza que configura el orden mundial. Las potencias medias emergentes, entre ellas Brasil, India, México, Nigeria, Arabia Saudí, Sudáfrica y Turquía, se han convertido en agentes de cambio. Juntas, tienen los medios económicos y el peso geopolítico para inclinar el orden mundial hacia la estabilidad o hacia una mayor agitación.
También tienen motivos para exigir un cambio: el sistema multilateral posterior a la Segunda Guerra Mundial no se adaptó para reflejar adecuadamente su posición en el mundo y otorgarles el papel que merecen. Se está configurando una contienda triangular entre lo que yo denomino el Occidente Global, el Oriente Global y el Sur Global. Al elegir entre fortalecer el sistema multilateral o buscar la multipolaridad,…

La última oportunidad de Occidente


