De Marruecos a Indonesia, una red de madrazas, universidades y centros de estudios se ocupa de la educación en el mundo musulmán combinando ciencia y religión. Occidente tiene una visión en general equivocada sobre su papel en la modernización del islam.
Tras los sucesos del 11 de septiembre de 2001, los medios de comunicación globales estrenaron un nuevo vocablo: madraza (del árabe madrasa). La atención se volcó en las milicias que acaparaban titulares desde Afganistán, Pakistán y el resto del mundo musulmán y se especuló largo y tendido sobre el origen de esos grupos. Los talibanes ocuparon pantallas y diarios, y al mundo se le contó que eran una milicia de estudiantes jóvenes (talib) formados en centros educativos musulmanes denominados madrazas.
Casi de inmediato, ese término pasó a connotar muchas cosas para mucha gente. Algunos veían en la madraza un símbolo del oscurantismo religioso, de dogmatismo integrista, mientras que para otros equivalía a “campamento de yihadistas y terroristas suicidas”. No obstante, durante la investigación que he realizado sobre las redes transnacionales de escuelas religiosas en el sur y sureste de Asia, he visitado y me he alojado en madrazas en las que el cricket tiene un papel tan importante como los estudios y en las que los niños juegan al baloncesto y hablan sobre el Arsenal o el Manchester United, y las niñas aprenden escalada o karate. Las madrazas de hoy, en otras palabras, constituyen un fenómeno complejo con una historia antigua y también compleja y merecen un mayor respeto y atención que el que se le ha venido concedido hasta ahora…

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