POLÍTICA EXTERIOR  >   NÚMERO 9

URSS-USA: los límites del vértigo del desarme

Pierre M. Gallois
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Es curioso que a lo largo de los dos mandatos del conservador Ronald Reagan la ética de los americanos haya evolucionado mucho más rápidamente que en el pasado. Hasta hace pocos años, el con- junto de la población de los Estados Unidos, a pesar de su extremada diversidad, apelaba, de forma más o menos consciente, a la herencia de los padres fundadores. Calvino y su rigor moral –y también su proselitismo– estaban presentes en el trasfondo de la conciencia de una minoría dirigente, que luchaba por estar en simbiosis con la opinión. No cabe duda de que América se hizo divorciándose de la vieja Europa y rechazando sus bajezas, para formar una sociedad nueva en la que todos los hombres fueran libres de emprender y estuvieran animados a hacerlo. Dos siglos de éxitos casi ininterrumpidos han llevado a esta sociedad al poderío y, en ocasiones, a la grandeza. Los americanos ven en estos resultados la prueba del carácter excepcional de su organización política y social, el triunfo de sus concepciones morales. Creen asimismo que las leyes de la Historia, las del viejo mundo, no les son aplicables y que a ellos corresponde escribir otra historia, una historia más sencilla, más clara, maniquea, una historia que ignore los cálculos de Luis XI, las meditaciones de Felipe II, las maniobras de Talleyrand y de Metternich, las ambiciones contenidas de Bismarck. ¿No ha tenido su política exterior el mérito de ser sencilla? El presidente Monroe definió territorialmente el “coto privado” de los Estados Unidos e hizo del Atlántico una barrera; el presidente Cleveland afirmó que “en el continente, los Esta- dos Unidos son soberanos…”; su sucesor, McKinley, extendió el expansionismo americano al otro lado de los mares; Truman amplió el “coto privado” a la Europa occidental, y Eisenhower al Rimland, rodeando así el…

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