Al comienzo, la mayoría de los líderes europeos apoyaron de forma silenciosa el ataque ilegal de Estados Unidos e Israel contra Irán. Solo unos pocos expresaron un respaldo explícito, entre ellos el secretario general de la OTAN, Mark Rutte. En el extremo opuesto, el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, fue una voz prácticamente solitaria de oposición basada en principios. La mayoría de los dirigentes europeos se situaron entre ambos extremos, inclinándose hacia una aceptación tácita de la guerra.
Aunque las posiciones diferían en matices –incluido el uso de bases militares en Europa–, una masa crítica de países europeos compartía una visión común al inicio del conflicto. Su deseo de pasar página a la fase más aguda de la fractura transatlántica, especialmente tras la crisis de Groenlandia, influyó en su postura. También lo hizo su plenamente justificado rechazo a la República Islámica de Irán, aliada de la Rusia de Vladímir Putin y represiva con su propia población. Estos factores llevaron a muchos líderes europeos a esperar –y creer erróneamente– que una guerra breve provocaría la caída del régimen iraní.
La escalada asimétrica de Irán
Los acontecimientos no se desarrollaron como se esperaba. Tras aprender de su respuesta relativamente contenida al ataque estadounidense-israelí de junio de 2025, Irán reaccionó regionalizando el conflicto mediante ataques asimétricos contra los países del Golfo. Lo hizo siendo consciente de que deterioraría sus relaciones con sus vecinos árabes. Sin embargo, el régimen de Teherán entendía que su supervivencia estaba en juego. Dada su inferioridad militar frente a Estados Unidos e Israel, su única opción consistía en responder ampliando el conflicto a múltiples escenarios. Esto incluyó tanto el Golfo como el Líbano, donde se reanudó la guerra entre Hezbolá e Israel, facilitando la destrucción, evacuación y ocupación de amplias zonas del sur del país.
La estrategia asimétrica iraní también se extendió a la economía mundial. Al cerrar el estrecho de Ormuz, Irán alteró profundamente los mercados de la energía, los alimentos y otras materias primas. Aunque Washington proyecte lo contrario, es probable que la guerra termine siendo recordada como un desastre estratégico para Estados Unidos. Queda por ver si “Ormuz 2026” marcará el fin de la hegemonía estadounidense en Oriente Medio, de forma similar a como la crisis de Suez de 1956 selló el destino del colonialismo franco-británico en la región setenta años antes.
Tensiones transatlánticas y reconfiguración política
A medida que el conflicto fue agravándose, la oposición europea se hizo cada vez más visible. Muchos líderes europeos respaldaron inicialmente el ataque porque pensaban que una victoria rápida generaría beneficios estratégicos para Europa. Ahora saben que esa suposición era equivocada. En lugar de debilitar a Rusia, la guerra contra Irán fortaleció a Moscú al elevar los precios del petróleo y aumentar los ingresos que financian su maquinaria bélica contra Ucrania. La crisis energética impuso costes significativos a las economías europeas, añadiéndose a las presiones derivadas de la pandemia y de la guerra en Ucrania. Un recuerdo a los dirigentes europeos de que el apoyo al derecho internacional no es únicamente una cuestión ética o moral, sino también una cuestión de intereses.
La situación se agravó por la actitud del presidente estadounidense Donald Trump, quien aprovechó la guerra para atacar a Europa en lugar de criticar a Rusia y China, apoyos de Irán. Trump ha insultado a dirigentes europeos, ha amenazado con abandonar la OTAN y suspender la pertenencia de España a la Alianza, y ha anunciado retiradas de tropas de Alemania. Incluso sectores de la extrema derecha europea se mostraron incómodos con esta situación y algunos de sus líderes buscaron distanciarse de él.
Esto ha resultado especialmente visible en Italia, donde la primera ministra Giorgia Meloni fue derrotada en un importante referéndum constitucional. Las encuestas sugieren que parte de esa derrota se debió a su cercanía con Trump. Desde entonces, Meloni ha tratado de marcar distancias, especialmente defendiendo al papa. Los ataques posteriores de Trump contra ella, lejos de perjudicarla, podrían haber contribuido a recuperar parte de su popularidad perdida. Solo el húngaro Viktor Orbán mantuvo una cercanía incondicional con Trump, algo que pudo contribuir a su contundente derrota electoral.
Hacia una arquitectura de posguerra en el Golfo
Si Europa reconsidera sus intereses y define claramente sus líneas rojas, podría aspirar a desempeñar un papel relevante en Oriente Medio. Para ello, convendría recuperar algunas lecciones del pasado. El formato E3/UE+3 para negociar el programa nuclear iraní surgió de las cenizas de la guerra de Irak y de la profunda parálisis europea y división transatlántica que aquel conflicto provocó. El proceso diplomático iniciado por los europeos en 2002-2003 no contó inicialmente con el apoyo de Washington, pero Europa siguió adelante, dejando la puerta abierta a una futura participación estadounidense. Hacia el final de la presidencia de George W. Bush y, sobre todo, bajo Barack Obama, Europa logró incorporar a Estados Unidos al proceso, culminando con la firma del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) en 2015.
De la diplomacia nuclear a la estabilización regional
Hoy podría repetirse una dinámica similar. La posición europea frente a Irán podría facilitar una iniciativa multilateral para la región en este contexto. La propuesta impulsada por una coalición de países europeos, del Golfo y asiáticos para garantizar la libre navegación por el estrecho de Ormuz nació originalmente como una forma de apaciguar a Trump, pero podría adquirir una lógica propia. Reino Unido y Francia encabezaban un esfuerzo de cuarenta países destinado a reabrir el estrecho una vez terminada la guerra, una iniciativa que requería cooperación con los países del Golfo y coordinación con Irán.
Existen numerosas condiciones para que esto ocurra y muchas razones, sin embargo, por las que podría no materializarse. En los últimos años, Europa se ha distanciado cínicamente de Oriente Medio. Desde Gaza hasta Líbano, Siria e Irán, los europeos han optado por no utilizar –o utilizar de forma inadecuada– la escasa influencia que aún conservan en la región. Esto podría volver a suceder.
Sin embargo, también existen motivos para pensar que esta vez podría ser diferente. Aunque los europeos se han vuelto más escépticos y menos capaces, la experiencia de Ucrania demuestra que cuando sus intereses vitales están en juego son capaces de actuar. Aunque Oriente Medio no representa una amenaza tan existencial como la guerra en Ucrania, la crisis en torno al estrecho de Ormuz –y la incertidumbre económica que generó– puso de manifiesto la vulnerabilidad de intereses económicos fundamentales para Europa. Asimismo, aunque el acuerdo alcanzado no resuelve las cuestiones de fondo relacionadas con el programa nuclear iraní, sus misiles o su red de aliados regionales, sí ha permitido abordar la cuestión de Ormuz. La economía mundial –y, por tanto, Estados Unidos– no puede prescindir de ello.
También es posible que los futuros mecanismos destinados a garantizar la seguridad y la estabilidad del estrecho reciban el respaldo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. China, que ha defendido la reapertura de Ormuz y una solución negociada a la crisis, podría desempeñar un papel relevante en ese proceso. Existe una vía política, aunque estrecha, para crear las condiciones necesarias para que una coalición euroasiática contribuya a garantizar la seguridad y la estabilidad del estrecho. Al igual que la coalición E3/UE+3 incluyó a países como China y Rusia en la cuestión nuclear iraní, una coalición más amplia aumentaría las posibilidades de éxito.
Como mínimo, cualquier iniciativa de este tipo debería incluir a los países directamente afectados por la crisis –los Estados árabes del Golfo e Irán–, así como a actores como Pakistán, Egipto y Turquía, que han desempeñado funciones de mediación. También debería incorporar a India y a países de Asia Oriental como Japón, Corea del Sur e Indonesia. La participación directa de China sería especialmente valiosa, aunque quizá menos probable. Una coalición de voluntarios euroasiática para el estrecho de Ormuz podría adaptar su misión a los términos concretos del acuerdo alcanzado y a sus necesidades de aplicación práctica.
La convergencia estratégica entre Europa y el Golfo
A un nivel más estructural, esta evolución podría abrir una nueva etapa de cooperación entre Europa y los países del Golfo. Durante décadas, ambas regiones han confiado en Estados Unidos para garantizar su seguridad. Por diferentes razones, el contrato estratégico que las vinculaba a Washington está cambiando profundamente y quizá de manera irreversible. Sea cual sea el futuro de Estados Unidos, resulta difícil imaginar que la relación transatlántica pueda volver a ser lo que fue. El acercamiento de Washington a Moscú respecto a Ucrania, sus vacilaciones sobre la OTAN y, sobre todo, sus amenazas relacionadas con Groenlandia son hechos que ya no pueden ignorarse.
Algo similar ocurre en el Golfo. Aunque existen diferencias importantes entre los países de la región –por ejemplo, Emiratos Árabes Unidos mantiene tensiones con Arabia Saudí, abandonó la OPEP+ y ha profundizado su alianza con Israel–, cada vez parece más evidente que la visión de un “nuevo Oriente Medio” impulsada por Trump y Benjamin Netanyahu es una ilusión. La guerra deEstados Unidos contra Irán ha sacudido los fundamentos del modelo económico y de seguridad del Golfo.
Tanto Europa como los países árabes del Golfo seguirán manteniendo vínculos con Estados Unidos y cualquier iniciativa multilateral debería permanecer abierta a la participación estadounidense. Sin embargo, ambas regiones están llegando a conclusiones similares sobre su situación estratégica. Saben que necesitan invertir más en su propia defensa y ya están actuando en consecuencia. Esto crea un vínculo interesante con Ucrania, especialmente por la capacidad innovadora de Kiev en ámbitos como la producción de drones. El presidente Volodímir Zelenski ha intentado aprovechar esta oportunidad mediante visitas al Golfo durante el conflicto. Sería aún más eficaz si los líderes europeos se sumaran a esos esfuerzos.
Al mismo tiempo, tanto Europa como el Golfo buscan diversificar sus alianzas de seguridad. Los países del Golfo están fortaleciendo relaciones con Pakistán, Turquía y China, pero ello no excluye a Europa. Al contrario, es probable que en el futuro exista un interés mutuo creciente, especialmente si los europeos desempeñan un papel constructivo en la seguridad y estabilización del estrecho de Ormuz.
Conclusión
La guerra con Irán está poniendo de manifiesto una realidad que existe desde hace tiempo: el compromiso europeo con el multilateralismo y el derecho internacional siempre ha estado basado tanto en intereses como en ideales. Si Europa interioriza realmente esta lección, deberá actuar en consecuencia junto con sus socios del Golfo y de Asia para dar forma al orden regional de la posguerra. Esto no implica desvincularse de Estados Unidos ni cerrar la puerta a Washington. Al contrario, cualquier iniciativa multilateral debería mantener abierta la posibilidad de una futura participación estadounidense cuando este decida volver a implicarse.
Artículo traducido del inglés, publicado originalmente por Brookings el 20 de mayo de 2026.



