El alto el fuego alcanzado entre Estados Unidos e Irán refleja, en gran medida, la necesidad de Donald Trump de encontrar una salida a un conflicto que ha resultado mucho más complejo de lo previsto. Lejos quedan los objetivos proclamados por la Casa Blanca al inicio de la guerra. El acuerdo alcanzado contempla la reapertura del estrecho de Ormuz y la reanudación de las negociaciones sobre el programa nuclear iraní. Sin embargo, incluso estos objetivos limitados podrían verse comprometidos si Israel mantiene su ofensiva contra Hezbolá en Líbano.
Trump parece cada vez más frustrado con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Fue Netanyahu quien le animó en 2018 a abandonar el acuerdo nuclear alcanzado tres años antes por Barack Obama con Irán, comprometiendo a la Administración estadounidense a lograr un pacto supuestamente mejor.
También fue Netanyahu quien defendió la conveniencia de la actual campaña militar, convencido de que la superioridad aérea combinada de Estados Unidos e Israel permitiría neutralizar rápidamente las capacidades militares y nucleares de la República Islámica e incluso debilitar decisivamente al régimen iraní. Hoy, sin embargo, Netanyahu se ha convertido en el principal obstáculo para un acuerdo que permitiría a Trump cerrar este capítulo.
En realidad, ambos líderes nunca compartieron exactamente los mismos objetivos. Trump podía sentirse atraído por la idea de una “rendición incondicional” de Irán, pero nunca mostró interés por una implicación militar prolongada. Para él, un acuerdo nuclear que pudiera presentar como superior al de Obama siempre fue una salida aceptable.
Israel, por el contrario, considera irrenunciable la eliminación de la amenaza que representan los misiles balísticos iraníes y la red de milicias respaldadas por Teherán en Irak, Líbano, Palestina y Yemen. El problema es que Irán no parece dispuesto a ceder en ninguno de estos ámbitos. A diferencia del programa nuclear, susceptible de negociación, tanto su capacidad misilística como su sistema de aliados regionales forman parte central de su estrategia de disuasión.
Líbano constituye hoy el principal punto de fricción. Tras años de ataques de Hezbolá contra el norte de Israel, el Gobierno israelí ha dejado claro que mantendrá su presencia militar en el sur del país mientras considere que persiste la amenaza. En abierta discrepancia con Washington, Israel lanzó recientemente un ataque aéreo sobre Beirut mientras Estados Unidos e Irán ultimaban los detalles de su acuerdo.
La cuestión no es menor. Las autoridades iraníes han advertido de que el fin de las operaciones israelíes en Líbano es una condición necesaria para consolidar cualquier alto el fuego duradero. Mientras continúen los ataques israelíes, sostienen, Teherán seguirá apoyando la respuesta de Hezbolá y de sus aliados regionales.
Sin embargo, la retórica iraní difícilmente alterará los cálculos de Netanyahu. El primer ministro israelí considera que, pese a los avances diplomáticos recientes, la capacidad defensiva de Irán sigue siendo limitada y vulnerable a nuevas operaciones militares. Desde esta perspectiva, una presión continuada sobre la infraestructura estratégica iraní podría debilitar aún más la posición de la República Islámica.
La principal incógnita para Israel podría encontrarse en Washington. El conflicto con Irán ha afectado a la popularidad de Trump, ha desviado la atención de otras prioridades políticas y ha complicado la imagen de liderazgo eficaz que pretende proyectar. Para poner fin a la crisis, la Casa Blanca parece dispuesta a priorizar el objetivo de impedir que Irán obtenga armas nucleares, incluso si ello implica dejar en segundo plano otras preocupaciones de seguridad israelíes.
Las recientes declaraciones del vicepresidente J. D. Vance reflejan esta diferencia de prioridades. Estados Unidos e Israel comparten numerosos intereses, pero no necesariamente todos. Para Washington, la cuestión esencial sigue siendo evitar la nuclearización de Irán.
Si esta lógica termina imponiéndose, Trump podrá presentar el acuerdo como un éxito diplomático. Pero ello exigirá que Israel acepte ciertas limitaciones. Las tensiones personales entre Trump y Netanyahu, cada vez más visibles, son también reflejo de una divergencia estratégica más profunda.
El deterioro de la relación entre ambos gobiernos constituye uno de los fenómenos más llamativos de esta crisis. La insistencia de Trump en que es Washington quien marca la dirección estratégica contrasta con la tradicional autonomía de la que ha disfrutado Israel en su relación con Estados Unidos.
Sea cual sea el desenlace, ni Trump ni Netanyahu escaparán al juicio de la historia. La guerra ha transformado el equilibrio regional de formas que todavía resultan difíciles de medir. Lo que parece claro es que cualquier acuerdo duradero entre Estados Unidos e Irán dependerá menos de las negociaciones nucleares que de la evolución del frente libanés. Y es allí donde se decidirá si el actual alto el fuego representa el inicio de una nueva etapa o simplemente una pausa antes de la próxima crisis.
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