Europa abandona a los refugiados sirios

 |  16 de diciembre de 2013

“La Unión Europea ha fallado miserablemente a la hora de proporcionar un lugar seguro para los refugiados que lo han perdido todo excepto sus vidas. El número de personas a los que la UE está dispuesta a acoger es lamentable. Los líderes europeos deberían avergonzarse”. Así de rotundo se ha pronunciado Salil Shetty, secretario general de Amnistía Internacional, tras la publicación de un informe sobre la acogida global de refugiados de la guerra civil siria.

Tiene razón. Desde el estallido del conflicto hace casi dos años, 115.000 personas han muerto en combates entre el gobierno de Bashar al-Asad y los diversos grupos armados que componen la insurgencia. El número de personas desplazadas se estima en más de cuatro millones, y el de refugiados en el extranjero en 2,3. Los países que rodean a Siria se ven desbordados. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), Irak cuenta con aproximadamente 110.000 refugiados sirios; Turquía con 550.000, Jordania con 570.000 y Líbano con 850.000. Este último, anclado en la esfera de influencia siria, se ve sumido en la violencia a medida que la guerra civil desborda las fronteras de su vecino.

En un discreto segundo plano, Arabia Saudita, Qatar e Irán mueven sus peones: los primeros armando a extremistas sunitas entre la insurgencia; Teherán apoyando al régimen, en gran medida a través de Hezbolá. El conflicto trasciende las fronteras sirias, abriendo brechas entre las regiones sunitas y chiítas de Oriente Medio. Y ante el golpe de mano de Vladimir Putin a las potencias occidentales en septiembre, la posibilidad de una intervención militar en Siria queda descartada.

La situación, por lo tanto, es la de un impasse entre el régimen de Asad y la insurgencia. Y son los ciudadanos sirios los que sufren en sus carnes las consecuencias de esta guerra perpetua. Ante el éxodo que ha causado –el mayor desde el genocidio de Ruanda hace dos décadas–, Naciones Unidas ha hecho un llamamiento sin precedentes a la ayuda internacional, pidiendo 9.400 millones de euros con el fin de paliar la crisis humanitaria durante 2014.

¿Qué ha hecho la UE para aminorar semejante catástrofe en su patio trasero? Entre poco y nada. Únicamente Suecia ha abierto sus puertas, acogiendo a 1.300 refugiados sirios por semana. Alemania, cuya política de asilo político se encuentra entre las más generosas de Europa, es el segundo mayor destino de la Unión. Pero la UE ha acogido únicamente a 12.000 sirios. Como observa Erik Ullenhag, ministro de Integración sueco, con un enfoque más generoso se podría haber aceptado ya a 100.000. Y esta cantidad sería pequeña en comparación con la que acogen los vecinos de Siria. La crisis económica y el auge de la derecha xenófoba dificultan la acogida de refugiados, pero estas excusas carecen de peso en una región que presume de ser la primera potencia económica mundial. El informe de Amnistía debiera pesar como una losa sobre las conciencias del continente.

Especialmente vergonzosa es la incoherencia de países que arman a la oposición y exigen una intervención para derrocar a Asad, pero se muestran incapaces de acoger a los refugiados de un conflicto que alimentan. Es el caso de Francia, que se ha comprometido a acoger la insignificante cifra de 500 sirios. El país se comportó de forma similar durante la intervención de la OTAN en Libia. Igual de paradójico es el caso de los “halcones” de la política exterior europea, que ven la Unión cercada por islamistas radicales y lamentan su pérdida de soft power, pero en ningún momento consideran la acogida de refugiados como un activo considerable en el arsenal de poder blando europeo, además de una forma de mejorar la imagen de Occidente ante el desafecto del mundo musulmán. Sin entrar siquiera a debatir lo más obvio: que proteger al débil debiera ser un imperativo moral en cualquier sociedad de presuntas raíces cristianas.

¿Y España? El gobierno se ha comprometido a recibir refugiados en dosis homeopáticas: si acaso 100 a lo largo de 2014. La decisión es coherente con nuestra política de asilo a refugiados, cuya mezquindad denuncia regularmente la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). Por desgracia no se hace nada al respecto. Es el pan de cada día en la Fortaleza Europa, y existen casos igual de lamentables, o más. Como el de las concertinas en Melilla, o el trato vergonzoso que reserva Italia para sus inmigrantes. Políticas de esta categoría establecen con nitidez los límites de la autoridad moral de Europa. Mientras existan, las llamadas para «hacer algo» en Siria –y «hacer algo», en estos casos, conlleva bombardear a alguien– están de más.

 

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