relación rusia
El presidente ruso Vladímir Putin asiste a la Cumbre del G20 en Hamburgo, Alemania, en julio de 2017. SERGEI GUNEYEV. GETTY

Interpretar a Rusia para una relación posible

Rusia no está interesada en mantener una relación estable y de diálogo con la UE. La tensión vivida durante la reciente visita de Josep Borrell es la muestra de que se siente más cómoda en un escenario de confrontación y resulta imprescindible preguntarse por qué
JOSEP PIQUÉ
 |  5 de marzo de 2021

La reciente visita de Josep Borrell a Moscú ha sido el enésimo intento fallido, por parte de la Unión Europea, para establecer una relación estable y de diálogo con la Federación Rusa. Y también el enésimo ejemplo de que Rusia no está interesada en ello y que se siente mucho más cómoda en un escenario de confrontación.

Y nos debemos preguntar por qué.

De hecho, durante la década de los noventa y principios del presente siglo, el colapso de la Unión Soviética dio paso a un acercamiento entre Rusia y Occidente, no sin interrupciones bruscas (la más notable, cuando la OTAN decide bombardear Serbia, en la primavera de 1999), pero también con pasos significativos, como celebración del Consejo OTAN-Rusia, en 2002, para poner en común un espacio de diálogo político, algo impensable una década antes.

El marco venía determinado por el nuevo escenario geopolítico derivado del fin de la guerra fría y, con la victoria de Occidente, la existencia de una única superpotencia, Estados Unidos, que iba a contribuir decisivamente a la extensión de los valores liberales (democracia representativa, economía de libre mercado, sociedades abiertas, orden liberal internacional), incluso en aquellos Estados que habían pertenecido al antiguo bloque soviético, empezando por los surgidos tras la desaparición de la Unión soviética. Así fue en algunos casos (los que hoy forman parte de la Unión Europea y de la OTAN), y así parecía que iba a ser el camino a seguir por la propia Rusia, con liberalizaciones, privatizaciones masivas y el establecimiento de un sistema político formalmente democrático y el respeto a las libertades de los ciudadanos.

En paralelo, primero en los estertores de la propia URSS (con las reformas de Mijaíl Gorbachov) y luego en los años de la presidencia de Boris Yeltsin, se produjeron fenómenos inimaginables, tales como la rapidísima reunificación de Alemania o la progresiva ampliación de la OTAN a los antiguos países del bloque comunista (en contra, aparentemente, de un compromiso de Occidente). Este acercamiento a las fronteras de la propia Rusia fue percibido por esta como peligroso para su concepto de seguridad.

Garantizar la seguridad de sus fronteras ha sido la obsesión permanente de Rusia a lo largo de toda su Historia. Y sus razones tiene. Por ello, cualquier diálogo con Rusia debe partir de esa premisa, para interpretarla correctamente. Entender, que no justificar, por tanto, sus posiciones en relación a su antigua área de influencia es condición necesaria.

Evidentemente, no es admisible en ningún caso el uso unilateral de la fuerza, como sucedió en el Cáucaso con la guerra en Georgia o, más recientemente, con Ucrania y la anexión unilateral de Crimea. Pero es una prueba de la importancia vital para los intereses de Rusia la consolidación de un perímetro de seguridad que no se agote en las propias fronteras. Son, literalmente, casus belli.

Al mismo tiempo, con la llegada de Vladímir Putin, Rusia reivindica su papel en el nuevo orden internacional, rechazando la hegemonía estadounidense sobre el mismo si contradice sus intereses, máxime con la irrupción de otras grandes potencias, singularmente China, que lo cuestionan cada vez más desafiante y abiertamente.

La ruptura se escenifica con el famoso discurso de Putin de 2007, en la Conferencia de Seguridad de Múnich. Rusia no acepta un rol secundario ni subordinado, y actuará estrictamente en función de sus intereses nacionales.

Mientras tanto, la ineficacia y la corrupción han ido abonando la creación de un capitalismo de Estado, en torno al poder del Kremlin, y el progresivo retorno al autoritarismo político con afanes de control de la sociedad, como se está demostrando palmariamente en los últimos tiempos. Putin considera legítima cualquier acción que venga justificada por la defensa de lo que denomina el “alma rusa”. Eso incluye la utilización abusiva de sus recursos energéticos, el recurso a la fuerza militar o la represión de la disidencia. Por ello, no tiene el menor interés en suavizar conflictos con los que considera enemigos, ya sea la OTAN o la UE. Es más, está convencido que esos conflictos fortalecen su posición interna.

La pregunta inmediata es qué hacer ante esa realidad. Desde luego, evitar cualquier planteamiento naïf. Como decía George Kennan en su famoso “telegrama largo”, hablando del poder soviético, el poder ruso no sigue la lógica racional, pero es muy sensible a la de la fuerza.

Putin está interesado en el debilitamiento de la UE (a la que considera un instrumento artificial y prefiere la relación bilateral con sus diferentes Estados miembros) y, cómo no, en el debilitamiento de la OTAN (de ahí, su complacencia con una administración Trump que la consideraba obsoleta).

La respuesta, en consecuencia, debe ser doble:

Por una parte, la OTAN, máxime con la nueva administración de Joe Biden, debe reforzar su solidaridad y su compromiso absoluto con la seguridad y la defensa de sus miembros, incluyendo los instrumentos de guerra híbrida no convencionales. El secretario general de la Alianza, Jens Stoltenberg ha sido muy claro: cualquier diálogo con Rusia tiene que basarse en la fuerza y en la firmeza. Si quieren cooperar, estaremos encantados, pero si quieren chocar, estamos listos para una respuesta inmediata y contundente. En este ámbito, no puede ser de otra manera.

Por otra, la UE. No hay que mostrarse ansiosos por el hecho de tener malas relaciones con Rusia. Los intereses de ambas partes son muy a menudo divergentes. Por ello, coordinar respuestas (por ejemplo, las sanciones) entre la Unión y los EEUU es un paso en la buena dirección. Seguir con las políticas de acercamiento a los países fronterizos (aunque también lo sean con la propia Rusia), a través de la cooperación económica e institucional, también. Y denunciando violaciones de los derechos humanos cada vez que se produzcan. Sin dejarse acobardar.

Rusia pretende dividir la UE, buscando relaciones bilaterales distintas con los diferentes países. En consecuencia, hay que esforzarse en posiciones comunes en todo lo posible, transmitiendo a Rusia que intereses distintos pueden compatibilizarse con un planteamiento común, como ha sido el caso de las sanciones. Una cosa es que la UE tenga dificultades en articular una auténtica política exterior común y otra muy distinta que ello implique renunciar a la misma. El mensaje es que la UE es una realidad irreversible y habrá que convivir con ella.

Igual que debemos “conllevarnos” con Rusia. Con paciencia y determinación. Sin prisas innecesarias. Interpretando correctamente la lógica de su política para no cometer nuevos errores.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *