bolivia elecciones
Personas con mascarillas hacen cola para vacunarse contra el Covid el 1 de marzo de 2021 en La Paz, Bolivia. GASTÓN BRITO. GETTY

Personalización e incertidumbre electoral en Bolivia

Con las elecciones regionales y locales del 7 de marzo se cierra un ciclo político en Bolivia y nace otro, que exigirá como nunca la coordinación del nivel central con el departamental y el municipal.
FRANZ FLORES CASTRO
 |  5 de marzo de 2021

El 7 de marzo, Bolivia celebra elecciones para elegir nueve gobiernos departamentales, 336 municipales y siete autoridades de autonomías indígenas. Los comicios completan el mapa político del país, dando fin al proceso de reconfiguración política que comenzó con la salida del poder de Evo Morales en noviembre de 2019. En menos de un año, el país se ha enfrentado al reto de celebrar varias elecciones en medio de una pandemia que hasta el momento ya ha contagiado a 252.360 bolivianos y matado a 11.761, según datos de la Universidad Johns Hopkins. Las vacunas contra el Covid-19 prometidas por el gobierno de Luis Arce han llegado a una proporción mínima de la población (8.000 personas) y todavía no se ha puesto en marcha el plan de vacunación masiva.

En este difícil contexto tienen lugar las elecciones departamentales y locales. Desde el inicio de la democracia en 1982, las regiones han ido ganando un protagonismo impensable décadas antes. La ley de Participación Popular de 1994 hizo que los gobiernos municipales, urbanos y rurales, recibiesen una apreciable cantidad de recursos y competencias, lo que dinamizó sus economías tanto como sus sistemas políticos. A esto hay que sumar que, dato no menor, desde 2005 los gobernadores departamentales son elegidos por voto popular.

Una novedad de estos comicios es la participación de algunos protagonistas de la pasada crisis política. Entre ellos, Luis Fernando Camacho, el líder del Comité Cívico Pro Santa Cruz que azuzó las protestas contra Morales en 2019; según los sondeos, Camacho cuenta con una intención de voto del 54% para la gobernación de Santa Cruz. Cosa parecida sucede en la ciudad de La Paz, donde el exministro de la expresidenta Jeanine Añez, Iván Negro Arias tiene un 34% de apoyo, a más de 10 puntos del candidato del Movimiento al Socialismo (MAS), César Dockweiler. A la vez, el opositor y viejo político Manfred Reyes Villa tiene un 52,8% de intención de voto para el municipio de Cochabamba. En el sur del país, en Potosí, Johnny Llalli, que estuvo al frente del comité cívico en la lucha contra el gobierno del MAS, goza de un buen respaldo. No se puede dejar de mencionar que la propia Añez se postula a la gobernación del Beni, aunque las encuestas la colocan en segundo lugar. Por último, Eva Copa, la senadora que asumió el mando de la Asamblea Legislativa Plurinacional en la pasada crisis política, hoy aparece con el 80% de respaldo para la alcaldía de El Alto de La Paz.

En suma, en unas regiones más que en otras, la pasada crisis política boliviana hizo emerger nuevos rostros y liderazgos que, sin duda, marcarán un cambio en la configuración política de los espacios locales.

 

Democracia sin partidos y fraccionamiento de la representación

El cambio de rostros viene aparejado al debilitamiento de partidos políticos que habían trabajado por su institucionalización a lo largo de la ultima década y que gozaban de un arraigo apreciable en sus respectivas regiones. El partido Demócratas, que estuvo en la gobernación de Santa Cruz desde 2006 con Rubén Costas a la cabeza, hoy es un partido irrelevante en los comicios locales. Lo mismo pasa con Soberanía y Libertad (SOL.bo), el partido del actual alcalde de La Paz, Luis Revilla, que al parecer no podrá retener la alcaldía. Unidad Nacional, que logró asumir el mando de la alcaldía de El Alto, hoy carece de candidato con capacidad de arrastre electoral.

Al parecer, la tónica de las próximas elecciones será la aparición de outsiders, de personajes que, sin mayor experiencia en política, tercian como candidatos. Su discurso es simple y, paradójicamente, demoledor para los propios partidos que los propician: la política y los políticos no sirven y es hora de la renovación, de nuevos liderazgos, de rostros nuevos. Estos políticos de nuevo cuño exaltan el no haberlo sido antes, el no haber asumido cargo público alguno, como prueba de su probidad, de su pureza, de su pedigrí impoluto. La experiencia, que en cualquier trabajo público o privado suele ser requisito indispensable, en este contexto es poco menos que anatema. Así, el desconocimiento absoluto de la gestión de los asuntos públicos se convierte en virtud, en un rasgo que los votantes aplauden y respaldan.

Otra característica de las próximas elecciones es la gran cantidad de organizaciones políticas que se inscribieron para participar. La alcaldía de La Paz tiene 10 candidatos en carrera; Santa Cruz, 11; Sucre, nueve, y Potosí, 12. Es obvio que habrá un fraccionamiento del voto que generará un variopinto concejo municipal, cuyos miembros, sin lealtades partidarias, una vez posesionados actuarán según su parecer e interés personal. Se repetirá lo ocurrido con varios consejos municipales, cuyos integrantes definían sus posturas sin consultarlo con su partido o agrupación ciudadana (salvo para repartirse pegas) y aún menos con sus electores, a los que, se supone, representan.

Esta débil articulación con la sociedad es preocupante porque termina por convertir las instancias locales en actores débiles frente a grupos corporativos como los transportistas, comerciantes informales, gremialistas y loteadores. A la postre, estos grupos de presión impiden la aplicación de políticas que den soluciones estructurales a la migración, a los caóticos sistemas de transporte y a la reducción del espacio publico.

 

Oficialismo dividido y oposición fraccionada

Por primera vez, el partido de gobierno asiste a las elecciones locales dividido y con candidatos que han desafiado el poder de Morales dentro del MAS. En Potosí, un grupo de sindicatos campesinos se desgajó del partido azul para apoyar a Alianza Social. En Santa Cruz se postula Mario Cronenbold a la gobernación, pero sin gozar de la aquiescencia de Morales. Y en la populosa ciudad aymara de El Alto, Copa, exsenadora del MAS, va por Jallala La Paz.

Alarmado por esta situación, Arce ha salido a la palestra pública para respaldar a los candidatos del MAS. Camina con ellos por barrios y plazas e incluso toca la guitarra. El presidente suele señalar, en tono de amenaza, que las regiones donde no gane el MAS no recibirán recursos y habrá poca coordinación con el nivel central. También Morales hay ingresado de lleno a la campaña, ofertando obras y proyectos a pesar de que no tiene ninguna responsabilidad gubernamental.

Mientras, en las filas opositoras tratan de apelar al voto anti-MAS. Pero el recurso se debilita, ya que la elección de Arce con una abrumadora mayoría del 54% ha difuminado las posturas anti-MAS, cerrando el ciclo de polarización. Históricamente, a nivel local el voto es de cercanía y no ideológico, más permeable a la recepción de propuestas sobre los problemas cotidianos y poco receptivo a los discursos ideológicos.

Como dijimos, el 7 de marzo se cierra un ciclo de la política en Bolivia y nace otro que exigirá como nunca la articulación del nivel central con el departamental y el municipal. Coordinación vital para, entre otros asuntos urgentes e importantes, la estrategia de vacunación masiva contra el Covid-19.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *