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Cohetes sobre el fondo de la bandera rusa, para representar el concepto de guerra. GETTY

La ruleta nuclear rusa

Occidente se enfrenta a un dilema en Ucrania: si cede al chantaje nuclear ruso, estaría aceptando tácitamente que un arsenal atómico concede una licencia para emprender guerras de agresión. Si no lo hace, se arriesga a una guerra catastrófica con Rusia.
Luis Esteban G. Manrique
 |  23 de marzo de 2022

Tres días después de ordenar invadir Ucrania, Vladímir Putin convocó a Serguéi Shoigu, su ministro de Defensa, y a Valery Gerasimov, jefe del Estado Mayor de las fuerzas armadas rusas, para que pusieran en “modo especial de combate” el arsenal nuclear ruso, de unas 4.000 ojivas atómicas, tácticas y estratégicas. El arsenal incluye desde herederas de la “bomba del zar” –de 50 megatones, la más grande que haya existido, detonada el 30 de octubre de 1961 por la Unión Soviética– hasta otras tan pequeñas que pueden lanzarse desde misiles de corto alcance como los Iskander, desplegados desde plataformas móviles. Las menos potentes tienen entre 15 y 20 kilotones de poder explosivo, similar al que destruyó Hiroshima y Nagasaki.

Las instrucciones de Putin fueron transmitidas por todas las cadenas de televisión. Cualquier país que se interponga a sus planes se enfrentaría a “consecuencias nunca vistas”, dijo. Dos días después, Dmitri Medvedev –que en 2010 firmó con Barack Obama el acuerdo nuclear New START– escribió en su cuenta de Vkontakte, la versión rusa de Facebook, que el Kremlin está evaluando romper el tratado y “echar el candado” a las embajadas occidentales en Moscú.

La guerra de Ucrania ha puesto en peligro la piedra angular del sistema de desarme: el Tratado de No Proliferación (TNP), que entró en vigor en 1970, en plena guerra de Vietnam. David Ignatius señala en The Washington Post que la mayor lección de la actual crisis es la utilidad disuasoria de las armas atómicas. La OTAN, recuerda Ignatius, no ha declarado una zona de exclusión aérea por los excesivos riesgos de desatar una escalada entre grandes potencias nucleares. Según una simulación de la Universidad de Princeton, un enfrentamiento con armas estratégicas y misiles balísticos intercontinentales (ICBM) podría cobrarse 34 millones de vidas en pocas horas.

¿Habría Rusia invadido Ucrania si Kiev hubiese conservado las 3.000 cabezas nucleares que Moscú dejó en su territorio tras la desaparición de la URSS, entregadas a Rusia en 1994 según los términos del Memorándum de Budapest? Ignatius lo duda. Una lección, advierte, que no va a pasar desapercibida en Teherán, Riad, Ankara y Pyongyang.

 

«¿Rusia habría invadido Ucrania si Kiev conservase las 3.000 cabezas nucleares que Moscú dejó en su territorio tras la desaparición de la URSS?»

 

La proliferación no es el único peligro. En cuanto cruzaron las fronteras, las fuerzas rusas se hicieron con el control de las centrales nucleares de Chernóbil y Zaporizhia, la más grande de Europa, para evitar, según Moscú, que Kiev las utilice para fabricar armas atómicas “sucias”. Sergii Plokhy, profesor de Historia de Ucrania en la Universidad de Harvard y que en 1986 vivió de cerca la catástrofe de Chernóbil, cree que existe un alto riesgo de que los combates pongan en peligro los reactores.

No es necesario siquiera que caigan bombas sobre ellos. La implosión de los de Fukushima se produjo tras el corte eléctrico que produjo el terremoto y el tsunami de 2011. Para reducir los riesgos, el Pentágono ha pospuesto sine die la prueba de un ICBM programada hace meses. Toda precaución es poca.

A diferencia de la guerra fría, Putin no tiene que pedir permiso a nadie para decidir qué hacer con el arsenal atómico. En 1964, Nikita Jruschov fue depuesto como secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética por una conspiración que lideró Leonid Brézhnev, presidente del Soviet Supremo. Hoy, si Putin quisiera lanzar un ataque nuclear “preventivo”, solo le podría frenar la desobediencia de sus altos mandos militares. En Financial Times, Gary Kasparov asegura a Gillian Tett que la cadena de mando militar no se suicidará con Putin porque a los rusos su figura no les inspira el tipo de fanatismo que sostuvo al nazismo en el poder en Alemania entre 1933 y 1945.

Por ahora, Putin parece querer solo intimidar a Ucrania y a la OTAN. El problema es que el carácter errático de una autocracia no permite descartar ningún escenario, por dantesco que sea. El 8 de marzo, William Burns, director de la CIA, dijo ante el Congreso de Estados Unidos que nadie se atreve a poner en tela de juicio las decisiones de Putin, que ha equiparado las sanciones económicas con “actos de guerra”.

 

«Kasparov asegura que la cadena de mando militar no se suicidará con Putin porque a los rusos su figura no les inspira el tipo de fanatismo que sostuvo al nazismo en el poder en Alemania»

 

Según Ulrich Kühn, experto en estrategia nuclear de la Universidad de Hamburgo, la posibilidad de una guerra nuclear es muy baja. Pero no es cero. Los mayores temores se centran en accidentes o malentendidos que se vayan de las manos, en un terreno minado a relativa corta de distancia de Moscú y Berlín.

Cada aumento del apoyo occidental a Kiev –misiles antitanque, drones artillados…– pone a prueba las líneas rojas del Kremlin. Dmytro Kuleba, ministro de Defensa ucraniano, asegura que el país ha recibido ya unos 20.000 voluntarios con entrenamiento militar provenientes de 52 países. Los siloviki rusos podrían creer que la OTAN tiene planes para llevarlos a La Haya y que sean juzgados por crímenes de guerra, como sucedió con Slobodan Milosevic, Radovan Karadzic y Ratko Mladic.

El secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, no exagera cuando dice que la amenaza de una guerra nuclear ha vuelto a entrar en el “ámbito de lo posible”. Tras la anexión rusa de Crimea, los juegos de guerra de la OTAN comenzaron a plantear la posibilidad de que Putin utilice armas nucleares tácticas si ve a su régimen en peligro. Según escribe Christopher Chivvis en The Guardian, en 2016 el Pentágono simuló el lanzamiento de un misil nuclear a una base de la OTAN en los países bálticos. En casi todos los escenarios posibles, una represalia simétrica terminaba en un Armagedón nuclear.

Occidente se enfrenta así a un dilema: si cede al chantaje ruso, estaría aceptando tácitamente que un arsenal atómico concede una licencia para emprender guerras de agresión. Y si no lo hace, se arriesga a una guerra con Rusia. Una ruleta rusa con cabezas nucleares en lugar de balas en el revólver.

 

¿Desequilibrio del terror?

El equilibrio del terror desequilibra, paradójicamente, las relaciones de poder. La Unión Europea y Reino Unido suman 500 millones de habitantes, tres veces y medio más que Rusia. Su PIB es de 18 billones de dólares, más de 12 veces el ruso. El problema es que el poderío militar ruso altera todas las demás variables de esta especie de teoría de los juegos aplicada a la geopolítica. Por ahora, sin embargo, no hay razón para suponer que la lógica de la destrucción mutua asegurada (MAD) no se vaya a volver a imponer, como lo hizo en la guerra fría.

Antes de llegar al Armagedón, no obstante, hay muchas etapas intermedias. Para desescalar la guerra, Moscú podría plantearse escalarla primero: por ejemplo, detonando una bomba a gran altura para inutilizar redes eléctricas y de telecomunicaciones, aunque ello disperse una nube radiactiva a cientos de kilómetros a la redonda. Si el sitio de Kiev deriva en un combate urbano casa por casa –en el que morirían miles de soldados rusos–, Putin podría verse tentado a lanzar ataques químicos o termobáricos, el primer paso de la escalada.

En una entrevista en Der Spiegel, James Stavridis, excomandante de la OTAN, señala que la guerra en Ucrania no implica un golpe mortal ni a los acuerdos de limitación de armas ni al TNP, aunque sí le preocupan los errores de cálculo. Una vez cruzado el umbral nuclear –y roto el tabú– no hay vuelta atrás.

 

 

Tras la crisis de los misiles de 1962, EEUU y la Unión Soviética firmaron los acuerdos de limitación de pruebas nucleares, del espacio exterior, el TNP y el SALT 1. Aun así, entre 1962 y 1968 el arsenal nuclear de EEUU aumentó un 16% y el soviético se triplicó. En 1987, el INF prohibió, por primera vez, una clase entera de armas: los misiles de alcance intermedio.

El START I de 1991, firmado cinco meses antes del colapso de la URSS, limitó el número de armas estratégicas e implicó a Bielorrusia, Kazajistán y Ucrania. Pero desde la conclusión del New START en 2010, Washington y Moscú no han entablado nuevas negociaciones de desarme. El 24 de febrero de este año, el día de la invasión rusa, Washington suspendió el llamado “proceso de diálogo de estabilidad estratégica” que Putin y Joe Biden anunciaron en 2021 para establecer las bases de futuros acuerdos armamentísticos.

El último vestigio de los grandes acuerdos bilaterales, el New START, expirará en 2026. Pese a todo, la conferencia convocada para revisar el TNP, postergada por la pandemia, sigue prevista para el próximo agosto. En enero, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad subrayaron la vigencia de la declaración que en 1985 firmaron Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov, que afirmaba que nadie podía ganar una guerra nuclear y que nunca debía librarse.

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