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Un tren de renovación de vías en una sección del ferrocarril Transbaikal cerca de la estación de Peschanka en la ciudad de Chita en el Lejano Oriente ruso, el 30 de abril de 2021. YEVGENY YEPANCHINTSEV. GETTY

La Rusia vacía y remota: una prioridad geopolítica

En su afán de devolver a Rusia el estatus de potencia geopolítica, Putin ha apostado por el desarrollo del Lejano Oriente Ruso.
IVÁN LÓPEZ
 |  27 de mayo de 2021

El desarrollo del Lejano Oriente Ruso es la prioridad nacional del siglo XXI para Vladímir Putin, en el marco de su objetivo de devolver a Rusia el estatus de potencia geopolítica. La arquitectura estratégica del proyecto se dio a conocer en la antesala a la 25º Cumbre de Cooperación Económica de Asia-Pacífico, en noviembre de 2017. El anuncio establecía como eje neurálgico la creación de “áreas de crecimiento” en la región, el desarrollo a gran escala de los recursos naturales y el apoyo a las industrias avanzadas de alta tecnología, la inversión en capital humano, educación y salud, y la formación de centros de investigación competitivos. Todo ello en sinergia con la participación extranjera, con iniciativas como el macroproyecto chino de la Nueva Ruta de la Seda. Sin embargo, el tiempo ha ido pasando y la región no ha obtenido los rendimientos esperados. En este sentido, podemos hablar de una mezcla de factores que condicionan su presente y el futuro. Pero comencemos por el principio.

 

Demasiados elementos en contra

En 2018, un informe del Banco Mundial ofrecía algunos datos reveladores. El Lejano Oriente presentaba el menor producto regional bruto del país, pero ocupaba la mayor extensión del territorio, con cifras cercanas al 41%, representando solo un 6% de la población total rusa. Por su parte, la contribución del Distrito al PIB de la Federación Rusa se ha mantenido constante alrededor del 5% durante al menos una década. Además, cada año la región pierde un promedio de 17.000 habitantes. Datos que reflejan una situación desalentadora.

Pero, ¿qué tiene el Lejano Oriente Ruso de especial? Estamos hablando de una región rica en recursos naturales, incluyendo petróleo y gas, así como importantes yacimientos minerales (diamante, oro, bórax, tungsteno y carbón), energía hidroeléctrica y productos marinos. Desde el punto de vista estratégico, la región permitiría a Rusia adoptar un papel más activo en Asia-Pacífico, un imperativo para toda potencia con aspiraciones de marcar la agenda a nivel internacional.

La importancia de la región, sin embargo, se ve marcada por algunos factores o desafíos que obstaculizan para la efectividad de los programas y proyectos implementados. Ya hemos hablado del decrecimiento demográfico y del exilio, pero también es preciso señalar las condiciones meteorológicas adversas, la preocupación por el cambio climático, así como la falta de infraestructuras y escasa conectividad. Unos factores que además se han visto catalizados por la desaceleración en la tasa de crecimiento rusa y el impacto de las sanciones económicas.

El marco de actuación que Putin ha articulado para revitalizar la región se inserta en un concepto más amplio que define como la “Nueva Política de Rusia para Asia Oriental”. Desde 2012, sus principales contribuciones han sido la creación del ministerio para el desarrollo del Lejano Oriente; la introducción de nuevas herramientas para atraer inversión –como las zonas económicas especiales de avanzada o el Puerto Libre de Vladinostok–; el establecimiento y regularización del Foro Económico de Oriente en 2015; la implementación del programa “Hectárea Extremo-Oriente” en 2016, o la introducción del concepto de política demográfica en el Lejano Oriente ruso para 2025, lanzando en 2017. Como puede verse, todas estas iniciativas buscan promover la renovación y un crecimiento más dinámico. Entre 2013 y 2017, Putin impulsó 19 leyes federales con el objetivo de sentar las bases de un marco legal, con especial atención a la práctica policial, esto es, a la coordinación de los cuerpos de seguridad en la región. Asimismo, la aplicación de incentivos fiscales y la oferta de recursos naturales a precios más bajos ha sido una constante para impulsar la atracción de inversión extranjera directa. Por ejemplo, cualquier inversor que se hubiera convertido en residente de un área de desarrollo prioritario o del Puerto Libre de Vladivostok, hasta 2025 disfrutaría de una interrupción de 10 años en el pago de las primas de seguro. Otro ejemplo: para grandes proyectos de inversión de más de 100.000 millones de rublos, la exención del impuesto sobre la renta se extendería de 10 a 19 años.

La magnitud del plan estratégico no queda reducida a meras políticas fiscales. El propio Putin destacaba grandes proyectos de infraestructuras, como el complejo de construcción naval de Zvezda en Promorie y proyectos más ambiciosos como un corredor que facilite la ruta Asia-Pacífico-Europa, el desarrollo de la Ruta del Mar del Norte o la modernización del ferrocarril transiberiano. Todo ello con un objetivo fundamental: la externalización y atracción de inversión extranjera, lo que nos lleva al siguiente punto.

 

Una alineación geopolítica

La estrategia de desarrollo del Lejano Oriente posee una doble vertiente: una más de carácter doméstico y otra de carácter más externa. Esta segunda tiene como principal objetivo la interconexión con los principales actores fronterizos en la región. En este sentido, los esfuerzos han estado orientados a atraer inversión extranjera mediante acuerdos bilaterales con países como Corea del Sur, India o China. Pero, ¿se ha maximizado el rendimiento esperado?

En septiembre de 2017, en la ciudad de Vladivostok, como parte de la sesión plenaria correspondiente al Foro Económico Oriental, el presidente surcoreano, Moon Jae-in, exponía su “Nueva Política del Norte” como herramienta para articular el Mapa económico para la Península de Corea, que permitiría a Corea del Sur estar más integrada con los países de Eurasia. Durante su intervención, Moon destacaba el pasado común de Corea del Sur y Rusia en el Lejano Oriente: “Tenemos recuerdos y la experiencia de vivir juntos una vez, ayudándonos unos a otros en el Lejano Oriente”. La sinergia entre la necesidad de Rusia de establecer una mayor cooperación con sus Estados vecinos y el deseo surcoreano de expandir lazos con los países de Eurasia establecía un marco de interrelación capaz de cimentar la base de un desarrollo eficaz a largo plazo. Esta estrategia de cooperación económica ha recibido el nombre de “9-puentes”, es decir, 9 puentes o sectores clave en los que se busca una cooperación simultánea y polifacética a través de sectores que incluyen la construcción naval, puertos, la Ruta del Polo Norte, gas, ferrocarriles, electricidad, empleos, agricultura o productos marinos.

El Lejano Oriente se configura así como el lugar donde confluyen la Nueva Política de Rusia para Asia Oriental y la Nueva Política del Norte de Corea del Sur. Sin embargo, la orientación de la diplomacia rusa hacia Corea del Sur empezó a mostrar signos de debilitamiento tras el frenazo en seco de los intercambios intercoreanos en 2019. Algunos expertos sugieren que mientras no se relaje la imposición de sanciones a Rusia y no se solucione el problema entre las dos Coreas, la estrategia de los 9 puentes podría estar condenada al fracaso. Pese a ello, hay que reseñar los esfuerzos que han emprendido ambos países en fortalecer sus relaciones bilaterales, en especial en el ámbito de la cooperación económica, donde en los últimos años se ha visto una intensificación de los contactos de alto nivel.

Otro de los grandes actores que ha mostrado su predisposición a integrarse en el desarrollo del Lejano Oriente es India. En septiembre de 2019, el primer ministro indio, Narendra Modi, anunciaba una línea de crédito de 1.000 millones para el desarrollo del Lejano Oriente ruso. El anuncio no fue más que una extensión natural de la participación activa de India en el Foro Económico Oriental.

Aunque si hablamos de Asia-Pacífico, el socio más importante por extensión natural debería ser China. Tras las sanciones occidentales a Rusia en 2014, se esperaba que China llenara el vacío creado por la pérdida de inversiones. Sin embargo, en 2017 solo el 2% de la inversión extranjera directa de China en territorio ruso estaba destinada al Lejano Oriente ruso. Asimismo, el programa de cooperación entre el Noreste de China y el Lejano Oriente y Siberia Oriental de Rusia (2008-2018) ha resultado un fracaso: solo 15 de los 91 proyectos se estaban ejecutando en 2015. El nuevo programa firmado para el período 2018-2024 se ha presentado vacío en contenido y con falta de detalles, pésima señal sobre su efectividad a largo plazo.

En septiembre de 2020, en su comparecencia en el Foro Económico Oriental, Putin destacó la contribución de los socios chinos a la economía del Lejano Oriente ruso y la coincidencia de los intereses geopolíticos de los dos Estados. No obstante, lo que hemos visto es que desde que el desarrollo del Lejano Oriente ruso se fijó como prioridad nacional, los resultados no han sido los esperados, quedándose más en una declaración de intenciones y proyectos vacíos. El tiempo dirá si finalmente se observa un cambio de tendencia.

Ahora bien, una cosa está clara: el desarrollo del Lejano Oriente es un imperativo geopolítico para Moscú en su afán de convertirse en una potencia geopolítica. En caso contrario, la región sufrirá un éxodo cada vez mayor hasta no ser más que el reflejo de un desierto helado.

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