Obama, ante la previsible reelección y la posible derrota

 |  7 de septiembre de 2012

 

Por Jaime de Ojeda.

Nos acercamos a las elecciones presidenciales y legislativas del 6 de noviembre en un clima de extraña apatía, teniendo en cuenta la acritud que está cobrando la campaña electoral. Se estima que se han gastado ya más de 1.000 millones de dólares en propaganda política, pero ni Barack Obama ni Mitt Romney logran entusiasmar a sus respectivos partidarios.

Los republicanos han invertido buena parte de sus cuantiosos medios en centros de propaganda de cuidada efectividad: cuantos méritos puedan atribuirse al presidente Obama aparecen pintados de la manera más negativa. Es cierto que toda su presidencia ha estado concentrada en medidas correctivas: el salvamento de la crisis financiera y de las hipotecas insolventes, en el interior; y la terminación de las intervenciones militares en Irak y Afganistán, la contención de Irán y los levantamientos populares en el mundo islámico, en el exterior. Todas sus iniciativas, que tanta ilusión evocaron en 2008, se han visto frustradas por la invencible oposición de los republicanos en el Congreso. Rara vez se ha visto a un presidente reducido a la impotencia por los acontecimientos en el exterior y por la parálisis del sistema político en el interior. En esta tesitura es fácil definir negativamente todo cuanto ha hecho.

 

El debate en torno a la sanidad

El único logro positivo de Obama ha sido la Ley de Protección del Paciente y de Tratamiento Médico Asequible, que logró aprobar con la mayoría que los demócratas gozaban en el congreso antes de 2010. Siete presidentes demócratas, desde Harry Truman en 1947, han intentado infructuosamente introducir un sistema de seguro médico nacional, como el que impera en todos los países industrializados. En un esfuerzo por obtener al menos el voto de los republicanos moderados, el mismo presidente Obama renunció a la idea de un seguro nacional, ofreciendo, en cambio, un modelo que los mismos republicanos han estado preconizando durante años en contraposición a los ideales “socialistas” de los demócratas; un modelo que es más parecido al de Holanda y Suiza, por el que el seguro médico sigue siendo proporcionado por compañías actuarias privadas, aunque bajo las condiciones y la supervisión del Estado. Así pues, en su afán por derrotar a Obama, los republicanos atacan el seguro médico que ellos mismos concibieron y defendieron durante años. El electorado ignora esta paradoja.

La abolición de esta ley, que los republicanos han tildado de “Obamacare”, es ahora la principal bandera de la oposición republicana. Saben que el presidente está íntimamente identificado con esta ley y esperan derrotarle con su fracaso, apoyándose y fomentando apasionadamente la oposición que despierta en el electorado. En Europa es difícil apreciar el afán libertario de los americanos que motiva esta oposición a algo que nos parece tan obvio. Prima aquí la desconfianza contra todo lo que pueda representar una obligación impuesta por el Estado, y en este caso, que la ley exija que todos los ciudadanos estén cubiertos por un seguro médico bajo pena de una multa. Aunque esta sea reducida y aunque la universalidad del seguro sea la condición que permite a las compañías actuarias aceptar, e incluso apoyar, la ley, su obligatoriedad ha permitido a los republicanos ocultar los muchos beneficios que supone, especialmente para las capas menos afortunadas de la población.

Les apoya, además, la complejidad misma de una ley de más de 2.700 páginas y que, además, no comenzará a aplicarse antes de 2014. No se aprecia desde el principio que obligue a los aseguradores a cubrir enfermedades mentales, a no imponer límites vitalicios o anuales, ni negar el seguro por previas enfermedades, a cubrir adicionalmente el seguro de los hijos hasta los 27 años de edad y a ofrecer gratuitamente tratamientos preventivos. Tampoco se aprecia en su denso articulado el control del coste del tratamiento médico que sería supervisado por una agencia ad hoc, e implementado por métodos médicos enjuiciados por sus resultados y no por su mera ejecución. Ni el presidente ni los demócratas se preocuparon de explicar estas ventajas a la nación, tan seguros estaban de su obviedad. Lo que resulta, en cambio, inexplicable es que no lo estén haciendo tampoco ahora cuando la ley está siendo tan ferozmente atacada.

Como dejaron el campo abierto a los infundios que los republicanos propalaban, ahora resulta prácticamente imposible superar los prejuicios que imperan en la opinión. Además, muchos congresistas demócratas no quieren verse salpicados por la oposición contra la ley que perciben en sus distritos; y en cuanto al inmenso centro de “independientes”, está constituido en su mayor parte por clases adineradas a las que no les preocupa mayormente esta ley e incluso preferirían no verse molestados por el interminable debate que ha provocado.

 

El debate en torno a la deuda

Los demócratas, sin embargo, tienen en sus manos un arma todopoderosa: la ley de control presupuestario que ambos partidos acordaron en agosto de 2011 como condición para la elevación del techo de la deuda. Encargaron a un “supercomité” un acuerdo bipartidista de una drástica reducción presupuestaria. Caso de no lograrlo, el 1 de enero de 2013 entraría automáticamente en vigor un corte de 1,2 billones de dólares en los próximos 10 años; una mitad saldría del presupuesto de defensa y la otra mitad de las partidas domésticas, principalmente los seguros sociales y médicos. Ese “supercomité” declaró su fracaso en noviembre de 2011 y desde entonces pesa sobre el país la automaticidad de ese apocalíptico corte presupuestario. Solo otra ley presupuestaria puede detener este “salto en el precipicio”, como lo ha denominado el presidente de la reserva federal, Ben Bernanke.

En esa misma fecha vencen también las exenciones fiscales que los republicanos obtuvieron en 2002. Fieles a su ideología y a sus compromisos con el mundo financiero, los republicanos insisten en hacer permanentes esas exenciones, mientras que los demócratas exigen que se deroguen para las fortunas superiores a 250.000 dólares anuales. Naturalmente, los republicanos no aceptarán ningún compromiso antes de las elecciones de noviembre, confiando en una posible victoria que les permita salirse con la suya. En este caso, los demócratas amenazan con un “salto en el precipicio”: después de que entren en vigor esos monstruosos cortes presupuestarios (de 120.000 millones anuales y la mitad nada menos que a costa del presupuesto militar tan caro a los republicanos) propondrán acuerdos parciales sobre las partidas que aparecerán, así como reducciones fiscales a las que los republicanos no podrán oponerse. Para empezar, ya han presentado una ley que prorrogaría las exenciones solo para las fortunas inferiores a 250.000 dólares anuales. La derogación de las exenciones de los más ricos aportaría al fisco unos 60.000 millones anuales.

¡Menudo órdago el que se cierne sobre Estados Unidos! No parece que ambos partidos puedan lograr un acuerdo antes de noviembre, y luego le quedarán al Congreso tan solo dos meses con la debilidad propia de una legislatura saliente. Inútil señalar la inquietud del mundo empresarial y financiero. Los efectos de la crisis económica europea sobre la americana quedarán en la sombra comparados con los que van a caer en enero de 2013. Aumentan, como es natural, las presiones del mundo “real” sobre los legisladores, pero no es nada probable que puedan superar la tozuda parálisis de la división partidista, debido a la tremenda polarización que han impulsado los republicanos, ahora víctimas del “partido del té” que tan alegremente abrazaron en 2008.

 

Política exterior

Es tal la intensidad del conflicto doméstico que nadie piensa en política exterior, y menos aún en lo que está sucediendo en el mundo entero, sin reparar en las consecuencias que podría tener para las elecciones de noviembre si cayeran, así como del cielo, una serie de sonados fracasos internacionales. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, está prácticamente formulando la política exterior del país; continúa con sus incansables viajes, prestando su enorme influencia para comprender y adaptar la revolución del mundo árabe, en Libia, Túnez, Egipto; continúa firmemente el pulso con Irán, Rusia y China sobre Siria, sin olvidar la incierta evolución en Irak y Afganistán.

Todos los contendientes internos y externos en Afganistán se preparan para sacar partido de la anunciada retirada de las fuerzas americanas y aliadas en 2014. Una gran habilidad logística y acuerdos políticos de gran alcance serán necesarios para que la retirada no se convierta en un estruendoso fracaso, después de 12 años, miles de muertos y heridos, y miles de millones enterrados en esos montañosos eriales.

Con gran inteligencia, la secretaria de Estado ha transformado lo que hasta ahora era una sorda y creciente tensión entre EE UU y China en una política bien articulada, de firmeza sin ambages aunada a un planteamiento realístico de sus relaciones, extendidas a toda la región asiática.

 

Batalla dialéctica

Los republicanos denuncian el “socialismo” de los demócratas; caracterizan a Obama más como un extranjero que como un auténtico “americano”, probablemente cripto-musulmán. Los prejuicios racistas del bloque de los blancos que constituye su fuerza se expresan en mensajes subliminales. Los demócratas acusan a sus contrincantes de estar vendidos al capitalismo desenfrenado de Wall Street, y se complacen en denunciar el pasado empresarial de Romney, marcado por bancarrotas que lo enriquecieron, deslocalización laboral, cuentas corrientes en Suiza y paraísos fiscales del Caribe. La propaganda política de ambos partidos será de extraordinaria violencia en estos últimos meses. Los republicanos gozan de una ventaja crematística, quizá de cuatro a uno, después de que el Tribunal Supremo haya legalizado las aportaciones financiera de las corporaciones, sin más freno que una pretendida independencia de los candidatos a los que favorecen.

Y, sin embargo, no logran superar la polarización del electorado, dividido, como antes, en dos mitades casi iguales. Los negros votarán por Obama, pero su ambigüedad racial, que le hace aparecer a sus ojos más bien como un blanco, determinará cierto abstencionismo. Los hispanos, ahora el principal grupo minoritario, han aplaudido la decisión del presidente de no castigar a los indocumentados que vinieron al país con sus padres, pero su popularidad no será suficiente para atraer a los que entre sus crecientes clases medias se sienten más conservadores.

La victoria de Obama en 2008 se debió en gran parte al voto juvenil, que creció de manera decisiva en el censo electoral de ese año. Las ilusiones que despertaba su candidatura se han visto frustradas por las dificultades y complejidades del sistema político que el voto juvenil ni conoce ni comprende. El abstencionismo de este voto aumentará en función con la desilusión que les ha deparado la presidencia de su ídolo.

El mismo Obama ha manifestado que la victoria electoral, de uno u otro, se ganará por una escasa diferencia, quizá de menos del uno por cien, como ha ocurrido en las últimas tres elecciones. Todo parece indicar que Obama saldrá reelegido, pero el clima político que reina en la nación indica que también puede ser derrotado.

Para acceder al artículo completo, aparecido en Política Exterior 149, haga clic aquí.

 

Para más información:

El discurso completo de Barack Obama en la convención demócrata: vídeo.

Editorial, «President Obama’s Second Chance». The New York Times, septiembre 2012.

El discurso completo de Mitt Romney en la convención republicana: vídeo.

Editorial, «Mr. Romney Reinvents History». The New York Times, agosto 2012.

PolitiFact, de Tampa Bay Times.

 

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