Los manifestantes marchan en apoyo del líder opositor encarcelado Alexei Navalny en el centro de Moscú el 23 de enero de 2021. GETTY

Protestas rusas en la era de la transparencia online

Las autoridades y sus tácticas –desde el acaparamiento del dinero de los contribuyentes hasta un uso clamoroso de fuerza excesiva contra manifestantes pacíficos– se están haciendo visibles y transparentes.
Andrei Kolesnikov
 |  27 de enero de 2021

¿Quiénes eran las personas que acudieron en masa por toda Rusia el 23 de enero para asistir a las concentraciones de protesta inspiradas por el líder de la oposición encarcelado Alexei Navalny? Ya se pueden sacar algunas conclusiones preliminares. El alcance geográfico de las protestas ha crecido, el número de participantes ha aumentado (teniendo en cuenta que las concentraciones no fueron sancionadas por las autoridades), y ambos bandos son más intransigentes que antes: no llegan al nivel de la vecina Bielorrusia, pero aparentemente están preparados para algo similar. Otro paralelismo con los acontecimientos de Bielorrusia es que algunos de quienes salen a la calle nunca habrían imaginado hace unas semanas que estarían tan indignados como para estar allí.

Los sociólogos han analizado la edad, el nivel educativo y la prosperidad de los manifestantes rusos desde la oleada de manifestaciones de 2011-2012. Han descubierto que la mayoría de los manifestantes de ese periodo tenían entre 25 y 39 años de edad, contaban con estudios universitarios y tenían una situación económica razonablemente buena, lo que los situaba en la clase media. Las investigaciones posteriores demostraron que, aunque los escolares y estudiantes estuvieron muy activos en protestas posteriores, el núcleo de los manifestantes seguía siendo de la misma edad. Su principal queja era la falta de cambios en el sistema de poder ruso.

Las investigaciones realizadas por Carnegie Moscow junto con el Centro Levada durante los últimos cinco años muestran que la misma categoría de personas que participaron activamente en el movimiento de protesta en 2011-2012 constituye el núcleo de quienes desearían que el país se modernizara. Se trata de personas que –a diferencia de una mayoría de los rusos con mentalidad paternalista– entienden qué cambios les gustaría ver. El régimen ha envejecido y se ha quedado obsoleto, y solo le importa la conservación de la élite. Este sistema se está volviendo extremadamente ineficaz y es incapaz de garantizar un crecimiento económico estable o de detener la constante caída de los ingresos de los hogares.

Los sociólogos aún no han estudiado las protestas masivas que tuvieron lugar el 23 de enero, aunque algunos sondeos limitados de los manifestantes en Moscú revelaron que su núcleo había cambiado poco: seguía estando formado por personas en la década de los 30. Lo que sí ha cambiado es que más del 40% de encuestados dijo que era la primera vez que participaba en una protesta. Esto se debe, sin duda, al impacto del regreso de Navalny a Rusia tras su envenenamiento con un agente nervioso mortal, su posterior detención y el estreno de su película, El palacio de Putin, que se ha convertido en un símbolo de la riqueza vulgar y el enriquecimiento de la élite.

Las encuestas realizadas por Levada en septiembre y diciembre sobre las actitudes hacia Navalny y su envenenamiento mostraron que muchos rusos estaban irritados por el líder opositor. Los que suspenden a Navalny (50%) son mucho más numerosos que los que lo aprueban (20%). Muchos de los encuestados creían que era una marioneta utilizada por los servicios de seguridad occidentales. Esta es la versión que el propio Putin ha respaldado públicamente y que está siendo promovida activamente por los medios de comunicación estatales. Aun así, entre los encuestados en septiembre de 2020 que creían que Navalny había sido envenenado deliberadamente, el 30%  consideraba que las autoridades rusas estaban detrás del envenenamiento.

En la encuesta de diciembre, el 30% de los encuestados pensaba que el envenenamiento había sido organizado por el propio Navalny, mientras que un 19% estaba convencido de que el intento de asesinato era una provocación de las agencias de inteligencia occidentales. Estas cifras se refieren al conjunto del país, pero hay enormes diferencias entre las respuestas dadas por las personas de 18 a 24 años y las de 55 o más. El 34% de los encuestados jóvenes creía que las autoridades rusas habían envenenado a Navalny para deshacerse de un rival político, mientras que sólo el 9% de las personas de 55 años o más compartían esa opinión. El 40% de las personas del grupo de mayor edad no creía que se hubiera producido realmente ningún envenenamiento, mientras que sólo el 9% de los jóvenes estaba de acuerdo con esa afirmación.

 

Televisión contra internet

El caso de Navalny ha reforzado las líneas divisorias entre la generación de la televisión y la de internet. Quienes se informan a través de internet apoyan la versión de que Navalny fue envenenado por las autoridades, mientras que los que no lo creen confían más en la televisión para informarse. Naturalmente, también tienen puntos de vista opuestos los que no aprueban el liderazgo de Putin y los que sí. La estructura de la población rusa que envejece significa que hay más personas que votan por encima y por debajo de la edad de jubilación que votantes jóvenes, lo que juega a favor de Putin, aunque con importantes salvedades.

Las generaciones más jóvenes (las cohortes de 18-24 y 25-39 años) están descontentas porque con el régimen actual el país no se moderniza y desperdicia su potencial. Mientras tanto, los que se acercan a la edad de jubilación están descontentos con Putin por razones socioeconómicas. Tras tocar techo en 2014, la valoración pública de Putin no cayó bruscamente hasta 2018, cuando lideró la iniciativa de elevar la edad de jubilación.

Todavía no hay nuevas encuestas que midan la opinión pública sobre Navalny y las protestas, pero la situación parece haber cambiado drásticamente. En primer lugar, las diferencias de opinión entre los distintos grupos de edad son evidentes. En segundo lugar, la última película de Navalny ha mostrado que los gobernantes de Rusia no son temibles, sino simplemente grotescos: las escobillas de inodoro cómicamente sobrevaloradas que supuestamente se encuentran en el “palacio de Putin” se convirtieron rápidamente en un símbolo burlón de las protestas.

El tercer cambio es el fuerte aumento de la visibilidad de Navalny y de la disposición de los rusos urbanos de todo el país a salir a la calle: en parte para mostrar su solidaridad con el líder de la oposición, pero sobre todo para protestar contra lo que consideran un régimen político arcaico. El cuarto y último punto es que el Kremlin y los servicios de seguridad se encuentran en una situación mediática completamente nueva. Alrededor de 4,5 millones de personas vieron la transmisión en directo de las protestas del sábado solo en el canal online de Navalny. Casi 11 millones vieron la transmisión de la televisión independiente Dozhd a través de YouTube, mientras que un vídeo de TikTok en el que aparecía Navalny obtuvo mil millones de visitas.

Las autoridades y sus tácticas –desde el acaparamiento del dinero de los contribuyentes hasta el uso descarado de fuerza excesiva contra manifestantes pacíficos– se están haciendo visibles y transparentes. Se trata de una situación nueva: no solo el gobierno vigila a la gente, sino que los ciudadanos de a pie pueden ahora observar las acciones de las autoridades en internet.

El Kremlin cometió un error al delegar la responsabilidad de lidiar con la situación de Navalny en los servicios de seguridad. La situación está cambiando drásticamente tras su detención, la publicación de la película y las protestas, en las que se detuvo a más de 3.000 personas. Las propias autoridades han convertido a Navalny en un líder moral, y aplicar a la sociedad civil el tipo de tácticas represivas vistas en la vecina Bielorrusia no será suficiente para deshacerlo: esas tácticas han envejecido en directo.

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