Los riesgos de una solución híbrida para Afganistán

 |  20 de noviembre de 2009

Jaime de Ojeda.

Hamid Karzai ha sido proclamado vencedor en las extrañas elecciones afganas. Poco significa este resultado electoral en un país que nunca ha tenido un gobierno central, salvo los que quisieron imponerle la Unión Soviética y ahora Estados Unidos. Incluso los extranjeros que viven en Afganistán, y hasta los mismos afganos, no saben explicar el significado de estos ejercicios electorales de amplitud “nacional”. En Washington algunos (especialmente los que están en el gobierno) piensan que esta es la mejor manera de ofrecer un resultado político tangible al ciudadano corriente, hasta ahora entregado a la arbitrariedad de sus jefes tribales. El ejercicio del voto, piensan, es el mejor sustituto de la dictadura doctrinal de los talibanes. Otros (casi todos los “académicos”) creen que las elecciones carecen de significado: la población afgana está compuesta de tribus y clanes étnicos para los que Kabul no es más que otro pueblo dominado por otra tribu. Mejor sería –piensan– que se reuniera una Loya Jirga, la gran asamblea de esas tribus, como se hizo al principio, única institución “nacional” en la tradición afgana.

Mientras tanto, continúa la “reflexión” de Barack Obama antes de aceptar las recomendaciones de sus militares de enviar más tropas. Los militares siempre piden “más”: su profesión no les inclina hacia una solución política (compromisos vergonzosos) ni a contemplar la posibilidad de una derrota (salvo la paz que pierden los políticos). A pesar de que Vietnam y Afganistán son regiones y situaciones completamente diferentes, guardan un denominador común, la idea de que  un poco más sería decisivo. Ahora, recuerdan los nostálgicos, si el Congreso hubiera votado los fondos que requería el general Abrahms, habría logrado la “vietnamización” que le estaba saliendo tan bien, y con ello una auténtica victoria americana. Es una oportunidad que ahora no debieran negar al general McChrystal y a su mentor, el legendario Petraeus. También resucitan la doctrina del “dominó”: primero los talibanes se harían con el poder, luego su férula se extendería a Pakistán, y de ahí una bomba nuclear caería sobre una ciudad americana.

En una entrevista en el Council on Foreign Relations, la experta Kim Barker –que acaba de regresar de Kabul­– sostiene que la mayoría de los afganos no cree necesario el envío de más tropas, y preferiría un ejército afgano más numeroso y mejor entrenado. Al mismo tiempo, según Barker, la población está realmente preocupada por la posibilidad de que EE UU se marche del país.

El presidente Obama parece estar inclinándose por una estrategia de seguridad ciudadana en las principales ciudades, unida al refuerzo decisivo de sus instituciones políticas, principalmente el sistema judicial, mientras que en el resto del país las fuerzas americanas y aliadas, con operaciones de fuerzas especiales y aviones teledirigidos, se centrarían en la derrota de Al Qaeda y en captar la reintegración de talibanes moderados. Pero esta solución “híbrida” recuerda precisamente la que la Unión Soviética intentó en su último periodo afgano. En todo caso, sería un esfuerzo de largo plazo, que costaría miles de millones y un desgaste político difícil de contrarrestar.

No seguir la opinión militar sería mal visto por la opinión pública, criticado por los militares y ciertamente aprovechado por los conservadores contra el gobierno demócrata. Nadie puede saber de antemano si una solución “híbrida” sería efectiva: Richard Holbrooke, el enviado especial de Obama para Afganistán, intentó esta solución cuando estuvo destinado en Vietnam. La opción regional de la gran asamblea, Jirga, les espanta por el desorden característico de unas tribus que no respetan reglas parlamentarias ni decisiones comunes, y temen que desvirtúe por completo la presidencia de Kabul, tan difícilmente construida. Una conferencia internacional de los países vecinos, a los que están afiliados todas las tribus y clanes de Afganistán, es difícil de reunir por la deliberada ambigüedad de China y Rusia, la renuencia de los “kanatos” (que quieren sacar partido a costa del vecino) y la desconfianza de los paquistaníes, que siempre han temido una rebelión pashtun en su propio territorio. Esa solución “híbrida” parece en este momento la única posible.

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