rusia china
Putin y Xi, durante una cumbre de los BRICS, el 13 de noviembre de 2019 en Brasilia (Brasil). MIKHAIL SVETLOV/GETTY

Rusia y China: un matrimonio sin amor

Pekín y Moscú están profundizando en una alianza perdurable, política, económica y militar, cimentada sobre un enemigo común: Occidente y sus valores.
JOSEP PIQUÉ
 |  11 de junio de 2021

El mundo camina aceleradamente hacia una globalización compartimentada (decoupling). La ambición de una globalización inclusiva basada en normas y reglas comúnmente aceptadas ha chocado con la realidad del nuevo escenario geopolítico.

Tras la guerra fría, con dos bloques opuestos en todos los terrenos, con escasos intercambios entre sí y que se resignaban a una mera coexistencia pacífica para evitar la hecatombe nuclear, entramos en una etapa en la que parecía que todos aceptaban las reglas del juego definidas por Occidente, a través del llamado orden liberal internacional. Eran tiempos en los que parecía que el antagonista de antaño, reducido ahora a Rusia, se convertiría en una democracia homologable y en una economía de libre mercado, o que debía ayudarse a China a integrarse plenamente en ese orden, asumiendo que la economía de mercado propiciaría también cambios políticos en dirección a la democratización de su forma de gobierno.

Además, todos estaban interesados en aprovechar las enormes oportunidades que, aparentemente, se generaban de la inserción en los mercados globales de unas economías necesitadas de grandes inversiones y ávidas de disfrutar de los bienes y servicios suministrados por Occidente.

La globalización tenía pretensiones de universalidad, máxime con las nuevas tecnologías digitales y el mundo de internet que permitían, de nuevo aparentemente, un mundo sin fronteras en el intercambio de información y un empoderamiento del ciudadano frente a los poderes establecidos, tanto políticos como económicos, en un proceso de desintermediación imparable. Un cambio revolucionario pero compatible con las sociedades abiertas y reforzando su contenido real.

Treinta años después –un suspiro de la Historia–, la realidad es muy distinta. Rusia ha devenido en un sistema autoritario y represivo, con una economía basada en las exportaciones de sus recursos naturales, controlados por el Estado y por sus oligarquías y dominada por la corrupción. China ha profundizado en su sistema de partido único, convertido en la nueva dinastía, y ha acentuado su carácter totalitario, a través del control de la economía (hay mercado, pero sus actores responden a la lógica definida por el poder político: un capitalismo de Estado sin apenas margen para la libre iniciativa privada y también con elevadísimos niveles de corrupción) y de la sociedad, utilizando para ello las nuevas tecnologías, puestas al servicio del poder. Internet ya no es un instrumento para la libertad, sino para el ejercicio de la dominación. Las fronteras vuelven a existir y ya no son solo físicas.

La compartimentación es ya un hecho porque estamos ante una confrontación sistémica. Distinta de la que vivimos en la segunda mitad del siglo XX, pero no menos profunda. Hablamos, de nuevo, de sistemas políticos opuestos (democracia vs autoritarismo), economías con reglas muy diferentes (mercado con libre iniciativa privada o con predominio del Estado) o sociedades abiertas frente a sociedades cerradas y reprimidas.

 

«La compartimentación es ya un hecho porque estamos ante una confrontación sistémica, distinta de la que vivimos en la segunda mitad del siglo XX, pero no menos profunda»

 

Occidente está saliendo ya de la ensoñación. Tomando conciencia del desafío a sus valores básicos y de la no aceptación de sus normas y principios, en medio de un proceso de pérdida relativa y acelerada de su peso global. Vemos cómo los nuevos adversarios tienen un modelo alternativo de gobernanza, que consideran superior en términos de eficacia y de aumento de su influencia global y de su pretensión hegemónica.

Es ahí dónde se produce una confluencia de intereses entre dos grandes actores del escenario: China, como nueva superpotencia con ambición hegemónica, y Rusia, deseando recuperar el papel de gran potencia, perdido con el colapso de la Unión Soviética. Una confluencia que va más allá del deseo mutuo de contrarrestar las sanciones impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea, o de la voluntad de reducir el peso del dólar en el sistema internacional de pagos y así debilitar el papel central de Washington en el sistema económico global.

Pekín y Moscú están profundizando en una alianza perdurable, cimentada sobre un enemigo común: Occidente y sus valores. Una alianza política (con políticas exteriores coordinadas que van más allá de la relación bilateral, para proyectarse globalmente), económica (con acuerdos de suministro energético, inversiones en infraestructuras o intercambios tecnológicos) y militar (con intercambios de sistemas sofisticados de defensa, ventas de armamento y maniobras conjuntas de sus ejércitos). Con prácticas cada vez más similares en el uso del espacio y el ciberespacio, al servicio del poder.

Las constantes reuniones políticas (y de todo tipo) son buena muestra de ello. Los presidentes Vladímir Putin y Xi Jinping se reúnen varias veces al año, los encuentros entre sus ministros de Exteriores son constantes y la coordinación de sus mensajes es cada vez más estrecha.

Una alianza en toda regla con pretensiones de permanencia en el tiempo. Como los matrimonios de antaño, pero sin amor. China y Rusia han sido enemigos históricos y solo compartieron destinos durante la dominación de los mongoles. Los conflictos han sido habituales y la historia les empuja a una profunda desconfianza mutua.

Las disputas sobre Siberia oriental (angustiosa preocupación de Rusia ante el enorme desequilibrio económico y demográfico con el norte manchú de China); los enfrentamientos fronterizos durante la guerra fría, a pesar de compartir –en teoría– filosofías políticas (de hecho, la Unión Soviética tenía más efectivos militares desplegados en esa frontera que en Europa); la influencia sobre Asia Central o las pretensiones chinas de jugar un papel significativo en el Ártico (un “mar ruso” para Rusia) son ejemplos paradigmáticos que alimentan esa desconfianza de fondo.

Sin olvidar la relación estrecha de Rusia con India, uno de los enemigos históricos de China, o la abrumadora asimetría de sus economías y de su penetración global. De la misma manera que China estuvo sometida durante el “siglo de la humillación” por potencias extranjeras –incluyendo Rusia– y que la URSS intentó tutelar a la China de Mao Zedong, considerándola una especie de “hermana menor”, ahora Rusia teme ser considerada de la misma manera por parte de China.

Por todo ello, Richard Nixon adoptó un insólito giro estratégico, normalizando sus relaciones con la China maoísta con el objetivo de aislar y debilitar a la URSS. Ahora algunos arguyen que hay que acercarse a Rusia para debilitar a China.

En cualquier caso, como en los matrimonios de conveniencia, los intereses superan los recelos. Además, a menudo, esos matrimonios duran más que los realizados por amor.

 

«Nixon adoptó un insólito giro estratégico, normalizando sus relaciones con la China maoísta con el objetivo de aislar y debilitar a la URSS; ahora algunos arguyen que hay que acercarse a Rusia para debilitar a China»

 

Occidente, EEUU en particular, está partiendo de esa constatación. La respuesta de la administración de Joe Biden, en llamativo contraste con la anterior, es reforzar de nuevo sus alianzas. Con Europa y con los países democráticos (o no, pero que comparten el temor hacia el cada vez más agresivo expansionismo chino) del Indo-Pacífico. Los intereses son compartidos y la percepción del adversario es común, algo particularmente visible en el cambio de la UE Europea en su relación con China. El último intento de “autonomía estratégica” (el Acuerdo sobre Inversiones entre China y la UE) probablemente será abortado.

La gira de Biden por Europa (reunión del G7, de la OTAN y con las instituciones comunitarias) busca ese alineamiento de voluntades y actitudes. Veremos cómo se desarrolla, porque las diferencias de visión siguen siendo relevantes (con EEUU y dentro de la propia UE). Pero el mensaje que se persigue es muy claro: un regreso al vínculo atlántico como respuesta al desafío exterior, básicamente bipolar (de Rusia y de China), que cada vez aparece como más coordinado y sólidamente trabado.

Una piedra de toque la veremos en Ginebra con la reunión entre Biden y Putin. Sería deseable que se identifiquen campos de entendimiento (por ejemplo, respecto al control y reducción del arsenal nuclear) como lo es, también, con China en asuntos como el desafío medioambiental o la lucha contra las pandemias.

Pero la confrontación sistémica es ya inevitable. Y debe tener en cuenta que China y Rusia, juntos, suman más que yendo separados.

En la perenne discusión sobre si la política exterior debe basarse en principios o en intereses, suelen primar los últimos (“foreign policy is not nice”). Sin embargo, ahora, para defender los intereses, hay que defender también los principios. La ideología ha vuelto, aunque de manera distinta.

Los matrimonios que duran son los que comparten amor y conveniencia. En el caso de China y Rusia solo hay conveniencia. Una conveniencia tan clara para ambos que el amor pasa a ser secundario. Ya se sabe que el roce hace el cariño, y eso es precisamente lo que Occidente tiene que evitar que pase. ¿Cómo? Agudizando las contradicciones, buscando caminos alternativos de conveniencia que sean más atractivos para uno de los casados y menos para el otro. Procurando evitar que surja el amor.

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