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Los líderes republicanos en la Cámara de Representantes (Kevin McCarthy, izquierda) y Senado (Mitch McConnell, derecha) se dirigen a la prensa tras una reunión con Joe Biden celebrada en la Casa Blanca el 12 de mayo.

La rebelión de las élites

EEUU asiste a una involución democrática. El proceso podría hacer descarrilar la agenda de la Casa Blanca, impactar a Europa e incluso cambiar la forma en que entendemos el futuro de la democracia.
JORGE TAMAMES
 |  10 de junio de 2021

Regiones enteras están convirtiéndose en “sistemas políticos que ya no alcanzan las condiciones mínimas para organizar elecciones libres y limpias”. Está en juego si el país “continuará siendo una democracia”.  ¿Hablamos de la Rusia de Vladímir Putin? ¿De Venezuela? Nada de eso. Las citas anteriores –que pertenecen a un manifiesto firmado el 1 de junio por más de 100 académicos reconocidos en el campo de la teoría democrática– hacen referencia a Estados Unidos.

En tiempos de Joe Biden, los titulares sobre EEUU quedan monopolizados por sus reformas económicas, que pretenden devolver al país a una era más dinámica y pujante. Pero no todo el monte es orégano. A nivel interno, EEUU asiste a un proceso de des-democratización que podría hacer descarrilar la agenda de la Casa Blanca, anular el cambio de paradigma económico que promueve Biden, e incluso cambiar la forma en que entendemos el futuro de la democracia.

El manifiesto critica las leyes adoptadas por el Partido Republicano para suprimir el derecho al voto en los Estados, municipios y distritos legislativos que controla. Una serie de obstáculos que podemos dividir en tres categorías. A nivel de acceso al voto, los republicanos restringen quién puede ejercerlo a través de una serie de leyes nominalmente inocuas –como, por ejemplo, exigir dos documentos diferentes que acrediten la identidad del votante–, que en la práctica discriminan a votantes negros y pobres, más proclives al Partido Demócrata.

También existen obstáculos estructurales. El rediseño de distritos electorales (conocido como gerrymandering) sirve para crear circunscripciones donde los republicanos gozan de una ventaja de partida frente al centro-izquierda. Instituciones como el Senado también tienen un fuerte sesgo a favor de la derecha: otorgan a Estados pequeños y conservadores con la población de una ciudad mediana (como Wyoming, 600.000 habitantes) la misma representación –dos senadores– que a Estados progresistas del tamaño de un país mediano (como California, con 40 millones de habitantes).

Un tercer problema son las acusaciones de fraude electoral realizadas por Donald Trump, que desembocaron en los disturbios del 6 de enero. El Partido Republicano no cuestionó esta narrativa, por lo que las dos medidas anteriores –que vienen adoptándose desde hace más de una década– se han acelerado en lo que va de año. El motivo aducido (nuevos fraudes en el registro y conteo de votos) será imaginario, pero el efecto de estas iniciativas es muy real: circunscriben la participación electoral a un electorado favorable a la derecha.

El manifiesto exige una ley federal que zanje estas iniciativas. El Partido Demócrata pretende aprobar una medida de este tipo –el For the People Act­– en el Senado. Es una medida de mínimos que solo paliaría parte de los problemas anteriores. Pero la mayoría demócrata es exigua (50 senadores sobre 100, con la vicepresidenta Kamala Harris como voto de desempate), de modo que cualquier defección en sus filas implica una derrota. Y, antes de aprobar la ley, los demócratas necesitarían abolir el filibusterismo: la táctica que permite a la oposición obstruir el Senado, siempre que la mayoría cuente con menos de 60 escaños. Dos senadores demócratas –Joe Manchin y Kyrsten Sinema– se niegan a prohibir esta práctica, de modo que los republicanos ahondarán su agenda antidemocrática.

 

«Antes de aprobar la ley federal que proteja el derecho al voto, los demócratas necesitan abolir el filibusterismo, pero con exigua mayoría, cualquier defección en sus filas implicará una derrota»

 

Todo esto puede parecer una historia típicamente americana de derechas radicalizadas e instituciones que no funcionan. Las vicisitudes de un sistema político con demasiados puntos de veto, en el que resulta imposible llevar a cabo ninguna agenda política específica, por más que se incida en ella durante la campaña electoral (como le sucedió a Barack Obama, pero también a Trump con gran parte de las medidas que prometió). De momento solo es eso, pero las repercusiones futuras podrían tener efecto más allá de Washington, DC.

Con un legislativo de débiles mayorías demócratas, una oposición intransigente y cada vez menos posibilidades de mantenerse competitivo fuera de sus feudos habituales, el Partido Demócrata y la Casa Blanca hacen frente a un panorama hostil. En estas condiciones les será difícil implementar gran parte de las reformas económicas de Biden, en las que se basa –junto a la eficaz campaña de vacunación estadounidense– el principal atractivo de su presidencia. Como consecuencia de no poder desarrollar su agenda y las restricciones al voto, los demócratas se podrían enfrentar a una derrota en las elecciones legislativas de noviembre de 2022.

Este círculo vicioso puede afectar a Europa. Sin EEUU empujando a favor del activismo anticrisis, se vuelve más fácil imaginar a la Unión Europea promoviendo una consolidación fiscal antes de tiempo, como sucedió en 2010. Aunque la crisis de 2020 haya generado un mayor consenso a favor del gasto público que la de 2008 –cuando el interludio keynesiano apenas duró año y medio–, sería imprudente descartar una reversión gradual a las políticas de austeridad.

En último lugar, el manifiesto también emplaza a una reflexión sobre ese fenómeno que durante muchos años se ha convenido en llamar “populismo”. Entre los firmantes hay académicos –como Paul Pierson, Jacob Hacker o Sheri Berman– que han hecho una labor excelente alertando del peligro que suponía, para la cohesión social y política del país, el aumento desbocado de la desigualdad económica durante las últimas décadas. Otros, como Francis Fukuyama, han quedado tan denostados que resulta hasta algo injusto continuar criticando su trabajo.

 

«Lo que muestra el manifiesto es que el Partido Republicano basa su viabilidad electoral no en apelar a millones de votantes desafectos, sino en impedir la participación electoral de precisamente quienes menos recursos tienen»

 

El caso más revelador es el de firmantes –como, por ejemplo, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt– que describieron la amenaza actual a la democracia como una deriva de “hombres fuertes” que, aupados por las masas, terminaban por socavarla desde dentro. Una pulsión a combatir mediante consensos entre élites políticas que impidiesen excesos plebiscitarios. En respuesta a la radicalización republicana durante la era Obama, Ziblatt y Levitsky prescribían una cultura política más bipartidista, que reuniese a demócratas y republicanos en torno a consensos por el bien del país. La misiva que firman ahora exige a los demócratas que, si no logran obtener apoyo republicano, reformen las leyes electorales del país sin contar con el beneplácito de la derecha.

Es un detalle revelador. Durante muchos años, el populismo de derecha radical fue descrito como una insurgencia de masas enfurecidas. Un “exceso democrático” a combatir con pactos entre élites políticas razonables. Lo que muestra el manifiesto del 1 de junio es que el Partido Republicano basa su viabilidad electoral no en apelar a millones de votantes desafectos, sino en impedir la participación electoral de precisamente quienes menos recursos tienen. Este hecho ha sido en gran medida obviado porque el fenómeno Trump obsesionó a periodistas, políticos y académicos de 2015 en adelante.

A la hora de la verdad, la figura más importante de la política estadounidense durante la última década no ha sido Trump, ni tampoco Obama, sino Mitch McConnell. El senador por Alabama dirige a los republicanos en la cámara alta desde 2007 y su filosofía desde entonces es invariable. Desde la oposición, impide que cualquier propuesta legislativa o ejecutiva llegue a buen puerto, generando así una imagen de disfunción; cuando gobierna su partido, promueve las medidas que defiende desde los años 80: bajadas de impuestos, desregulación económica, conservadurismo social. Un modus operandi implacable y eficaz, pero que retrata al Partido Republicano como una fuerza política elitista, volcada en representar a una minoría decreciente de la población estadounidense.

Lo que sufre EEUU es una rebelión de sus élites, no de sus masas. Queda por ver es hasta qué punto esta tendencia, como tantas otras que originan en aquella orilla del Atlántico, termina por trasladarse a la nuestra.

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