intervenciones militares
Soldados del ejército de EEUU recogen sus pertenencias tras volver a casa de un despliegue de 9 meses en Afganistán, en diciembre de 2020 en Fort Drum, Nueva York. JOHN MOORE. GETTY

Agenda Exterior: Intervenciones militares

POLÍTICA EXTERIOR
 |  15 de julio de 2021

La retirada estadounidense de Afganistán después de veinte años de guerra deja tras de sí a un gobierno precario, amenazado por los talibanes. También representa –aunque sea de manera simbólica– el final de una era de intervencionismo militar que ahora parece lejana. De las operaciones en la llamada “guerra contra el terror” a las que se han basado en drones y fuerzas especiales, pasando por las amparadas por la doctrina de la “Responsabilidad de proteger”, ninguno de los diferentes formatos de intervencionismo militar (de Yemen a Malí, pasando por Libia) parecen haber arrojado resultados satisfactorios. Preguntamos a diferentes expertos cuál es el futuro de estas operaciones y en qué formatos y regiones se desarrollarán.

 

¿Qué futuro tienen las intervenciones militares?

 

 

FÉLIX ARTEAGA | Investigador principal del Real Instituto Elcano y profesor en la UNED.

Las intervenciones militares fueron el producto estrella de la seguridad internacional en la posguerra fría. El desbloqueo del Consejo de Seguridad dio paso a una proliferación de misiones a lo largo de las últimas tres décadas. Sin embargo, la experiencia trajo también la constatación de que el instrumento militar servía para solucionar algunos problemas, pero no para resolver todos los problemas estructurales y multidimensionales de las crisis. Los países que lideraban la participación en esas misiones pusieron en marcha un proceso de análisis Multinational Experiments (MNE) para analizar las dificultades de coordinación de las distintas dimensiones y actores en un procedimiento integrado (comprehensive approach). Un proceso en el que participaron los Ministerios de Defensa y Exteriores junto con expertos civiles, incluido el Real Instituto Elcano. desde el que seguimos su evolución.

La subrogación de la gestión en organizaciones como la OTAN o en coaliciones ad hoc mejoró la gestión militar de las crisis, pero la gestión civil no acompañó esas mejoras. Pronto se vio que la estabilidad que se ganaba con las intervenciones militares no se aprovechaba para resolver los problemas de fondo. A la constatación de diplomáticos, militares y expertos siguió la de la opinión pública que veía como se alargaban las misiones en el tiempo y en el coste de vidas y presupuestos.

En esas condiciones, las organizaciones y países han reducido su nivel de ambición y sus intervenciones tienden a centrarse en sus cometidos propios: adiestramiento, estabilización e interposición, pero renuncian a asumir tareas de reconstrucción de estados (Afganistán) o de deconstrucción de estos (Irak, Libia, Kosovo). Eluden proyecciones masivas de fuerzas y actúan a la distancia que les permiten sus drones, misiles y satélites y disminuyen el perfil público de sus actuaciones para acomodarse a una opinión pública que se ha distanciado emocionalmente de las intervenciones y se pregunta más por su eficacia que por su legitimidad.

 

 

ALBERTO BUENO | Profesor en la Universidad Pablo de Olavide y editor de Global Strategy. @AlbertoBueno_

El periodo 2001-2021 enmarca una etapa caracterizada por el intervencionismo militar liderado por EEUU y sus aliados, a gran escala, ocupando países con la pretensión de transformar regímenes y sistemas políticos mediante la fuerza. La retirada final de Afganistán arrastra un balance derrotista: los países son más inestables y peligrosos, los gobiernos débiles, corruptos y en retroceso frente a actores subversivos, y las regiones más inseguras.

Sin embargo, su ocaso comenzó años atrás: las ideas de cambio de régimen estallaron en Irak y Afganistán, y la doctrina de la “Responsabilidad de Proteger” (posiblemente uno de los desarrollos con más potencial del Derecho Internacional en el inicio de este siglo) murió en Libia por irresponsabilidad directa de Francia y Reino Unido. En otro nivel, también las operaciones de “cascos azules” de Naciones Unidos se encuentran en un callejón sin salida, puesto que son vistas como una herramienta inútil y sus fracasos lo atestiguan; la comunidad internacional occidental cada vez contribuye menos a las mismas aparte de su sostenimiento financiero. Las misiones de entrenamiento de fuerzas armadas locales son un remedo que evidencian reticencias y limitaciones. Ni los gobiernos ni las sociedades occidentales están dispuestos a soportar los costes materiales, humanos y reputacionales de intervenciones similares… Si la paciencia es una virtud, la paciencia estratégica fue una quimera.

La languidez de esta particular configuración del orden internacional ha estado acompañada por diversas formas de intervención militar impulsadas y patrocinadas por otros actores regionales y/o con aspiraciones globales, donde sobresalen China y Rusia. El despliegue de contingentes “grises”, el apoyo a proxies locales o, más relevante aún, la denegación de intervención a otros por asegurar los equilibrios relativos de poder han determinado y determinarán el escenario internacional próximo. El tipo de intervencionismo militar reseñado fue fruto, no se olvide, del contexto de posguerra fría; ahora, las “nuevas guerras” demostraron tener poco de nuevas y conceptos como el del “enfoque integral”, un limitado recorrido. Aquel esquema ha desaparecido: en un horizonte de renovada competición entre potencias, aquellos despliegues están abocados al concierto entre grandes poderes, lo que parece a todas luces poco probable dados los divergentes intereses estratégicos.

 

CARLOTA GARCÍA ENCINA | Investigadora principal de Estados Unidos y Relaciones Transatlánticas en el Real Instituto Elcano. @EncinaCharlie

La salida de las tropas estadounidenses de Afganistán es el síntoma de una clara tendencia en EEUU hacia una estrategia que combina cierto “retraimiento” (retrenchment) global con una “restricción” (restraint) o limitación de sus compromisos de seguridad. Se trata de ajustar sus intereses a aquellos que sean exclusivamente vitales, sin más operaciones a gran escala y despliegues de larga duración, excesivamente costosos en vidas, en dinero y en capital político. Otros países, como Francia, han dado señales de rebajar su compromiso en Malí, mientras que en Irak las fuerzas occidentales ya no tienen un rol de combate. Todo esto no significa que las “botas en el terreno” vayan a desaparecer. Los franceses pueden estar dando por concluida su Operación Barkhane, pero la misión de la ONU continúa y los franceses mantienen una fuerza reducida comprometida con una misión multinacional antiterrorista. En Irak, la misión de la OTAN seguirá entrenando a las fuerzas locales de contrainsurgencia y ofreciendo apoyo técnico.

Lo que parece claro es que se tiende a un menor número de efectivos sobre el terreno, y por tanto a ejércitos con el tamaño adecuado para el momento estratégico, adaptado a la redistribución del poder mundial y a la rápida evolución del panorama tecnológico. Ejércitos más pequeños que implica una mayor dependencia de la tecnología, más conectados a la red, más expedicionarios y más centrados en las operaciones especiales.

Hay otros rasgos distintivos de una forma diferente de guerra terrestre que ya son evidentes gracias a las lecciones de otras guerras como en Siria, Libia y, más recientemente, en Nagorno-Karabaj, donde los azeríes ganaron simplemente porque utilizaron contra los tanques drones baratos, no tripulados y armados, suministrados por Turquía y dirigidos a sus objetivos sin apenas riesgo para los operadores. Ya estamos viendo, por tanto, una creciente mezcla de capacidades tripuladas, no tripuladas y semiautónomas, y también una mezcla de regulares e irregulares con un uso creciente de empresas militares privadas. Los mercenarios, que en su día se consideraban un retroceso a una época pasada en África, han vuelto a aparecer, y el ejemplo más obvio es el Grupo Wagner, que opera con pocas restricciones en zonas de conflicto desde Libia hasta África Occidental y Oriental.

El futuro es por tanto una combinación híbrida de botas y de bots, de proxies y de píxeles, con una proliferación de sistemas de anti-acceso y de negación de área, donde las situaciones que no son una guerra abierta – las denominadas zonas grises – serán cada vez más importantes, y donde no se lanzarán operaciones a no ser que estén en juego intereses vitales (limitación selectiva), forzando a otras naciones a ocuparse cada vez más de su propia seguridad.

 

BERNARDO NAVAZO | Analista de Relaciones Internacionales y Política de Defensa.

Como buen realista estructural opino que la distribución de poder en la esfera internacional (si hay unipolaridad, bipolaridad o multipolaridad) es el factor determinante a la hora de establecer cómo cooperan los Estados, cómo y dónde surge el conflicto entre ellos y cómo, dónde y por qué unos Estados intervienen en los asuntos de otros. Así, uno concluye que en un régimen bipolar al que hoy nos dirigimos se comportará (en estos asuntos de cómo se comercia, cómo se guerrea, cómo se negocia) …. exactamente igual en sus trazos generales que otro régimen bipolar.

De este modo, para imaginar el tipo de conflictos y de operaciones militares que se avecinan durante las siguientes décadas en esta bipolaridad China-EEUU no hay más que retrotraerse a cómo eran esos conflictos y esas operaciones militares en la última etapa bipolar en las relaciones internacionales, la Guerra Fría entre la Unión Soviética y EEUU.

Se coligen varias conclusiones bastante esclarecedoras de esta teoría, en mi opinión.

En primer lugar, los regímenes bipolares se caracterizan por su estabilidad: no hay tendencia hacia una gran deflagración (una guerra sistémica entre los dos polos) que, además, se ve reforzada por el (bello) efecto pacificador de las armas nucleares (el público, en general, no suele apreciar este efecto tan civilizador de la bomba atómica).

En segundo lugar, los conflictos que sí se produzcan serán limitados, de baja intensidad (zona híbrida y salami tactics nunca superando el umbral de violencia con el que caracterizamos una guerra) y en las zonas de frontera de los espacios de hegemonía de cada polo. En la última bipolaridad, dichos conflictos eran en África (Mozambique, Angola), Sudeste Asiático (Vietman) y alguna excepcionalidad en forma de miscelánea (Cuba). En la actual, y aquí una característica muy interesante, muy probablemente Europa sea una zona de frontera entre EEUU y China, ergo podemos pensar que la tónica de Ucrania se extenderá al norte de África (Marruecos) y el mar Báltico, por nombrar algunos espacios fronterizos de competición junto a India en su frontera con China.

Finalmente, y sobre el tipo de intervención limitada que veremos, los años 70 se caracterizaron por las proxy wars: una forma eficiente en coste por la que cada gran potencia aseguraba la representación de sus intereses en las zonas en conflicto. Hoy dichas formas se mantendrán aunque con las lógicas evoluciones hacia ciberataques y uso de sistemas de armas no tripulados (drones).

Una sola variable de entrada (bipolaridad), tres conclusiones, en mi opinión, relevantes. El neorrealismo es, pues, muy útil.

 

JESÚS MANUEL PÉREZ TRIANA | Autor de guerrasposmodernas.com y colaborador en Revista Ejércitos. @jpereztriana

La retirada de EEUU marcará el fin de un ciclo histórico. Podemos debatir en qué momento concreto de la última década EEUU vivió el fin de su “momento unipolar” y perdió la condición de “hiperpotencia”. Cualquier consideración actual de la experiencia afgana como un fracaso que pesará en las futuras decisiones sobre países lejanos pasaría por alto que desde hace ya mucho tiempo es muy difícil vender en los pasillos de Washington la idea de una intervención militar con tropas convencionales sobre el terreno sin una agenda clara de salida. Recordemos que ya, durante la intervención aliada en Libia en 2011, EEUU eligió “liderar desde detrás”.

Ahora mismo los planes que salen del Pentágono y los programas que la industria militar estadounidense prepara giran sobre la sola idea de recuperar el tiempo perdido frente a los competidores “a la par” (China) o “cerca de la par” (Rusia), preparándose para guerras tecnológicas complejas de alta intensidad. Por el camino se disuelven unidades y se dan de baja equipos pensados para la difusa, ambigua y olvidable “Guerra Global contra el Terror”. Pero la vieja guerra fría y la experiencia de algunas potencias emergentes nos dan una idea del futuro que nos espera.

La disuasión proporcionada por los vastos arsenales nucleares y las interdependencias comerciales hacen difícil imaginar una confrontación militar abierta y directa entre China y EEUU. Pero los intereses particulares aquí y allá justificarán intervenciones puntuales que adoptarán formas como la “guerra remota” mediante drones armados o “guerra no convencional” en la que personal especialista adiestrará a fuerzas irregulares o preparará a fuerzas gubernamentales para la lucha contra-insurgencia. También incluirán actores locales o incluso contratistas; podríamos hablar de “guerras interpuestas”.

Las nuevas modalidades emergentes de intervención en el extranjero no son exclusivas de las dos grandes potencias del siglo XXI. Países como Rusia, Turquía y Emiratos Árabes Unidos las han venido probando con distinto éxito en la última década en lugares como Siria, Libia, Yemen y República Centroafricana. El verdadero desafío va a ser cuando China y EEUU las pongan en práctica en bandos opuestos del mismo conflicto.

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