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Vallas publicitarias de la campaña electoral alemana muestran a los distintos candidatos, el 5 de septiembre de 2021 en Leipzig, Alemania. SEAN GALLUP. GETTY

Alemania: crónica de una campaña

Con las elecciones alemanas a la vuelta de la esquina, el drama electoral de la CDU de Armin Laschet, sucesor de Merkel, parece inevitable. La situación está más abierta que nunca, con los Verdes estancados y el SPD en remontada.
GUILLERMO ÍÑIGUEZ
 |  15 de septiembre de 2021

En apenas seis semanas, y a escasos días de las elecciones más abiertas de la última década, el guion de la campaña alemana ha dado un giro radical: la CDU de Armin Laschet se ha desplomado, los Verdes de Annalena Baerbock se ha estancado y el SPD de Olaf Scholz ha resurgido de su larga travesía por el desierto. Hay tres factores que explican este vuelco electoral: el auge y declive de los Verdes, la habilidad política de Scholz y los signos de desgaste de la CDU.

 

Auge y declive de los Verdes

Para entender la campaña electoral alemana, hay que retrotraerse a marzo de 2021, cuando los Verdes designaron a su cabeza de lista para unas elecciones federales. En aquel momento, los ecologistas parecían aspirar a todo: en los últimos años, la crisis climática, el movimiento Fridays for Future y sus éxitos electorales les habían consolidado como la fuerza más pujante del país. Ello, sumado al desgaste de la CDU y a la crisis del SPD, les llevó a encabezar los sondeos durante semanas. Con la elección de Baerbock –la primera candidata a canciller en su historia– el partido mostró que su objetivo no era entrar en el próximo gobierno, sino a ganar las elecciones.

Sin embargo, la burbuja Verde duró poco: a lo largo del verano, el partido fue desgastándose, y pasó de plantearse quién entraría en su gobierno a preguntarse a quién apoyarían tras los comicios del 26 de septiembre. En parte, el declive es fruto de los errores cometidos por la propia Baerbock, que ha acusado el desgaste de una feroz oposición política y mediática: el más inexplicable, quizá, su rechazo público a entrevistarse con Bild, el diario más leído en Alemania. Sin embargo, los motivos van más allá: la estrategia del partido ha estado mal planteada, con un anuncio electoral ampliamente ridiculizado, unos carteles electorales mal diseñados y un descuido de su electorado más amplio en favor de sus bases, convirtiéndose en un “one-issue party.

A pesar de ello, y a raíz del buen debate electoral de Baerbock, los Verdes han relanzado su campaña en los últimos días, buscando movilizar a su (joven) electorado, acercarse al 20% y disputarle la segunda plaza a la CDU. Puede ser demasiado tarde para Baerbock, pero, pase lo que pase, los Verdes habrán obtenido el mejor resultado de su historia, volverán al gobierno y se harán con carteras fundamentales como Asuntos Exteriores (posible destino de Baerbock) o un macroministerio de Energía, Clima e Industria (liderado, seguramente, por Robert Habeck). Desde esta posición podrá consolidarse como un tercer Volkspartei (partido de Estado), construir un proyecto más transversal y presentar su candidatura a la cancillería en 2025.

 

Un renacido Olaf Scholz

Si Baerbock fue la estrella de la precampaña, el protagonista indiscutible estas últimas semanas ha sido Scholz, artífice de la remontada del SPD. En unas elecciones dominadas por la marcha de Angela Merkel, el sajón ha sabido emular lo mejor de la canciller, jugando a la perfección las endiabladas cartas que le han tocado. A lo largo de este año, ha sabido mantener un perfil bajo, aprovechando el desgaste de sus rivales y sus incesantes luchas internas para erguirse como el candidato más fiable. Scholz cuenta con la imagen de estadista y de gestor ha calado entre los votantes: según YouGov, es el aspirante más simpático (21%), competente (33%), decidido (30%) y fiable (26%), superando a sus rivales en todas las categorías.

También ha sabido posicionarse bien el SPD, convirtiéndose en el equivalente político del test de Rorschach: para el votante merkelista, Scholz es la continuación de la canciller; para el electorado liberal, el heredero de Helmut Schmidt; y para el progresista, un político netamente de izquierdas que habla de dignidad, respeto y empleo. Esta versatilidad es mucho más que marketing político: el sajón es un político contrastado, con una larga trayectoria regional y un rico hinterland intelectual. Sin embargo, la principal virtud de los socialdemócratas ha sido leer lo que demandaba el electorado, minimizar sus errores y aprovecharse de los ajenos –en otras palabras, practicar el merkelismo más puro–.

Los socialdemócratas están en una situación inmejorable: tras varias semanas de altibajos, las encuestas parecen haberse estabilizado, la victoria de Scholz parece cada vez más factible y al candidato le está bastando con no cometer errores en sus apariciones públicas. Si el SPD logra hacerse con la primera plaza, Scholz tendrá todo a su favor para liderar el próximo gobierno, ya sea mediante una coalición semáforo (con Verdes y FDP), un tripartito de izquierdas (con Verdes y Die Linke) o incluso una nueva Gran Coalición.

 

¿Puede remontar la CDU?

La otra cara de la moneda es la CDU de Laschet, que ante unas encuestas que le colocan ante el peor resultado electoral de su historia, se ha visto obligado a pasar al ataque. Para empezar, la retórica del partido se ha ido derechizado progresivamente, con un mayor énfasis sobre cuestiones como la seguridad, la política económica de Scholz o las supuestas “prohibiciones medioambientales” de la izquierda. También está llevando a cabo una campaña de miedo ante un posible gobierno de Scholz: desde la CDU no solo alertan del “riesgo” de un tripartito de izquierdas, también de que la política fiscal del SPD y los Verdes “rompería” la Unión Europea.

Pese a ello, el partido no está dando con la tecla. En primer lugar, porque no ha habido un cierre de filas en torno a Laschet: Markus Söder, líder de la CSU, siempre se ha mostrado ambiguo; Laschet nunca ha contado con el apoyo de una parte de su grupo parlamentario; y la prensa conservadora ya habla de la CDU post-Laschet. El propio candidato democristiano ha cometido numerosos errores durante la campaña, cuyo efecto acumulado ha sido devastador: según la agencia Civey, solamente un 16% le preferiría como canciller, por detrás de Scholz (31%) y Baerbock (17%). Como indica Adam Tooze, el partido no está encontrando un electorado al que dirigirse: si los votantes jóvenes se están decantando por Baerbock, los mayores están optando por Scholz, dejando a Laschet en segundo o tercer lugar en todas las franjas de edad.

Ni siquiera la intervención de Merkel, la dirigente política más popular del país, está paliando esta crisis electoral: sus ataques a Scholz en el último pleno en el Bundestag le costaron duras críticas por parte la televisión pública alemana, que acusó a la canciller de haber convertido el pleno en una “campaña publicitaria”. En cierto modo, el drama electoral de la CDU es inevitable: sus alertas sobre el “riesgo” que supondría Scholz son difíciles de creer cuando este último ha sido vicecanciller de la propia Merkel; y es difícil hablar de “regeneración” habiendo liderado el gobierno durante 16 años.

¿Existen razones para pensar en una posible remontada? Hay quien piensa que con un 15% de indecisos todavía es posible: si los democristianos fuesen capaces de frenar una (des)movilización asimétrica que, a día de hoy, está beneficiando al SPD, y si los números diesen, la CDU podría negociar una coalición Jamaica, con los liberales del FDP y los Verdes, ofreciendo carteras económicas a los primeros y pactando medidas sociales y climáticas a los segundos.

Sin embargo, hay dos factores que dificultan una remontada. En primer lugar, el alto nivel de voto por correo: casi un 50%, según Deutsche Welle. Con cada día que pasa, el número de electores que queda por votar se reduce, cerrando la ventana de oportunidad para los de Laschet. Quizá más importantes sean las sensaciones que transmite el partido: lo que en años anteriores era una maquinaria electoral “perfectamente engrasada” hoy está dando, al contrario que sus rivales, señales de agotamiento. Se respiran aires de cambio en Alemania. La CDU puede verse, tres lustros después, en la bancada de la oposición.

 

Claves para entender la recta final

La campaña alemana entra en sus últimos días, en los que es probable que veamos a CDU y Verdes arriesgar, al SPD tratar de evitar cualquier error y al FDP y Die Linke postularse para entrar en la próxima coalición de gobierno. Tras el cierre de las urnas llegará lo más complejo: unas negociaciones que serán largas y tortuosas y se decidirán por detalles pequeños: el margen de victoria del SPD, una posible remontada de los Verdes o la baza de una coalición Jamaica que otorgue al FDP un mayor poder de negociación.

En todo caso, las elecciones más abiertas en los últimos lustros están mostrando dos cosas. Por una parte, la magnitud de lo que logró Merkel:  hacerse con el centro del tablero político alemán y aglutinar votantes provenientes de SPD, Verdes, FDP en incluso de AfD. Por otra, el pluralismo y la complejidad del sistema político alemán; el mismo pluralismo que puede encumbrar a Scholz, llevarse por delante a la CDU y desembocar en el primer tripartito federal en la historia del país.

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