Los resultados electorales reflejan el desapego ciudadano. Es necesario lograr una UE eficaz, dinámica y útil que transforme el descontento en crítica constructiva.
El marco electoral de 2014 ha sido radicalmente diferente del de 2009. Esta Europa no es la misma que era hace cinco años, cuando todavía no había hecho mella la crisis, el desempleo, la recesión y la desesperanza. Pese a que la participación se ha mantenido en niveles similares, los resultados abren la puerta a una reflexión profunda fruto de las consecuencias de la crisis económica, que ha coincidido con la última legislatura del Parlamento Europeo.
En las elecciones europeas se mezclan muchos aspectos. Los votos se siguen otorgando fundamentalmente en clave nacional, pese al esfuerzo de las instituciones europeas de europeizar la campaña nombrando a candidatos comunes de cada grupo del Parlamento para presidir la Comisión. El voto en clave europea, tradicionalmente determinado por el eje izquierda-derecha y por más o menos integración se complementa con la aparición de dos nuevos ejes que no deben pasarse por alto. Se trata del eje Norte-Sur y ciudadanos-élites. Solo tomando en consideración todos estos aspectos se puede explicar el resultado. Los nuevos partidos que han irrumpido en estas elecciones, antieuropeos, populistas y autoritarios, recogen votos de personas claramente contrarias a la Unión Europea (UE), pero también de grupos sociales que no se sienten representados por nadie más. Hay una parte del voto que no es antieuropeo como tal, es contrario al funcionamiento de una Unión que se identifica con austeridad, recortes, crisis, lentitud, ineficacia, lejanía, burocracia, élite y decepción. Parte de la culpa es de los propios gobiernos nacionales, que utilizan el término Bruselas como chivo expiatorio para no asumir sus propias responsabilidades. Lo hemos visto de manera clara en el sur de Europa: los gobiernos nacionales incumplen sus…

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