Donald Trump durante un mitin en el Amway Center en Orlando, Florida para lanzar oficialmente su campaña 2020. MANDEL NGAN. GETTY

Donald Trump, ‘made in America’

La campaña de mentiras de Trump podría ser el nuevo modelo con el cual las democracias deterioradas, y las autocracias que se hacen pasar por democracias, eligen a sus líderes en el siglo XXI.
NINA L. KHRUSHCHEVA
 |  12 de noviembre de 2020

Las elecciones presidenciales de 2020 en Estados Unidos ponen en tela de juicio –de hecho, deberían despejar cualquier duda al respecto– la noción popular de que Donald Trump es un lacayo del presidente ruso, Vladímir Putin. A pesar de su derrota, el desempeño de Trump –ha recibido millones de votos más que en 2016– sugiere que él es el maestro de la propaganda y que es Putin quien debería tomar nota. La campaña de mentiras de Trump bien podría ser el nuevo modelo con el cual las democracias deterioradas –y las autocracias que se hacen pasar por democracias– eligen a sus líderes en el siglo XXI.

No se puede negar la maestría de Trump en las redes sociales, donde publica un flujo predecible de retórica semicoherente y cargada de emociones para sembrar dudas sobre verdades comprobadas, mientras difama a sus oponentes y se da bombo a sí mismo. Esta magia negra digital —que las principales plataformas de redes sociales, al igual que Fox News, amplifican con puntualidad en busca de beneficios— se ha convertido en el elemento central del estilo de “liderazgo” de Trump. Frente al continuo declive de su popularidad, Putin bien podría tratar de reproducirlo.

Más allá de los métodos característicos de Trump de autoexaltación y subterfugios democráticos, está su inigualable uso de la propaganda para evitar absolutamente cualquier tipo de rendición de cuentas. Es verdad que no podemos tildar de novatos a los demás autócratas del mundo a la hora de manipular la opinión pública. El presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, usa hologramas para aparecer, como si fuera Alá, en múltiples mítines de manera simultánea. El primer ministro indio, Narendra Modi, ha usado chaquetas a medida cuyas rayas son bordados con su nombre completo. Y todo el mundo ha visto las fotos orquestadas de Putin cabalgando con el torso desnudo.

Trump, sin embargo, ha eclipsado todos estos esfuerzos con su enfoque de la propaganda en su forma contemporánea y universal de “posverdad”. Trump ha aprovechado y al mismo tiempo fomentado una cultura política en auge, en la cual todos los debates, conversaciones o eventos se enmarcan recurriendo a las emociones, desconectándose por completo de la información objetiva. En este caso, no hay ningún mago detrás de las bambalinas; Trump es un mago en el centro del escenario y a casi la mitad de los votantes estadounidenses les gusta lo que ven… o prefieren la ilusión a la realidad.

Pensemos en los exitosos esfuerzos de Trump para reducir el apoyo de los hispanos a Joe Biden. En Florida, Trump se las ha ingeniado para hacer creer a parte de la población latina –como hizo antes con los blancos pobres– que él es su única esperanza. Trump identificó las brechas entre el ala izquierda y la moderada dentro de la coalición demócrata y se centró en la gran población de inmigrantes cubanos y venezolanos del condado de Dade, con sombrías descripciones de Biden como un caballo de Troya del “socialismo”, aprovechando el profundo odio hacia los regímenes de La Habana y Caracas.

Aunque Biden de todas formas se quedó con la mayoría de los votos hispanos del Estado, Trump logró convencer a un segmento significativo de que solo él defendería la libertad cubana y venezolana. Citando la política de acercamiento a Cuba del gobierno de Barack Obama, la campaña de Trump sugirió que Biden traicionaría a los cubano-estadounidenses recompensando a la isla paria.

En términos más amplios, Trump intensificó con maestría el enojo y el resentimiento entre la población blanca –en especial los de quienes no cuentan con un título universitario– tuiteando con frecuencia declaraciones que se asemejan mucho a incitaciones a la violencia contra los afroamericanos, los políticos demócratas y los funcionarios electorales. Su continuo “dar voz a los pensamientos más oscuros” dio a millones de estadounidenses licencia para actuar según sus impulsos más racistas y extremos.

Trump también liberó a sus partidarios de la carga de considerar los hechos científicos o incluso el pensamiento racional. Gracias al ejemplo dado por el presidente del país, solo en EEUU hay dudas acerca de la necesidad de usar mascarillas y mantener el distanciamiento social durante una pandemia. Solo en EEUU tomar las precauciones necesarias para protegerse a uno mismo y a los vecinos se percibe como un signo de debilidad o “socialismo”. El virus es tanto una “patraña” como una amenaza real de la cual solo China es responsable. No importa que la gestión de la pandemia por el gobierno de Trump haya sido peor que la de cualquier otro en el planeta y haya causado más de 240.000 muertos a día de hoy.

Por supuesto, todos los políticos tienen la tentación de culpar a otros de sus fracasos. La Unión Soviética solía culpar de su obvia decadencia al corrupto deseo de sus ciudadanos de usar pantalones vaqueros y escuchar jazz como los americanos. En vez de solucionar sus propios defectos después de las elecciones de 2016, los demócratas prefirieron echar todas las culpas por la derrota de Hillary Clinton a Putin y la interferencia rusa en las elecciones. Pero EEUU no destruyó a la URSS: el sistema soviético se destruyó a sí mismo. Y el Kremlin no eligió Trump: los votantes estadounidenses lo hicieron.

El recuento de votos de 2020 deja completamente claro este hecho básico. A pesar de todas las predicciones de una ola azul que aplastaría el reinado de corrupción, falsedad e incompetencia de Trump, los márgenes en los Estados decisivos han sido ínfimos y sus secuaces republicanos en el Congreso han sobrevivido, incluso ganando terreno en la Cámara de Representantes. Resulta que casi la mitad del público estadounidense prefiere el estilo divisorio y antidemocrático de Trump a las afirmaciones del propio Biden sobre su competencia, experiencia y decencia.

Cuando escribió sobre EEUU en 1986, el filósofo lingüista Jean Baudrillard describió una suerte de “hiperrealidad” en la que el mito, el desempeño y la simulación se tornan indistinguibles del mundo real. La visión fantasiosa y nostálgica de que América “vuelva a ser grande” descansa precisamente en ese tipo de colapso epistémico. Trump es el rey de la hiperrealidad “posverdadera”: conjura un mundo en el cual sus partidarios son víctimas de diversas conspiraciones y designios malignos contra su estilo de vida, de los cuales solo él puede salvarlos.

Todos tenemos deseos oscuros, por supuesto, pero la mayoría nunca los llevaríamos a la práctica. Podría decirse que este autocontrol es la característica que define a una persona civilizada, pero Trump ha convencido ahora a decenas de millones de estadounidenses para que abracen a sus demonios internos: al diablo con la verdad, la decencia y la democracia. El nihilismo se ha posado sobre la república y los estadounidenses son los únicos culpables.

Este artículo fue originalmente publicado en inglés, en www.project-syndicate.org.

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