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«La América Latina de los españoles es imaginaria»

LUIS ESTEBAN G. MANRIQUE
 |  10 de julio de 2019

Entrevista a Tomás Pérez Vejo.

 

En un artículo en El País del 7 de mayo de 2019 sobre la forma en la que Hollywood han contado la historia de España, su autor, Vicente Olaya, subrayó que esas series y películas “nunca hacen justicia al papel protector de las autoridades coloniales”, que pusieron fin “a los sacrificios humanos y el canibalismo” y desarrollaron una red de hospitales y universidades que “beneficiaron a todos”.

Pocos días después, en la edición América del diario madrileño, uno de sus principales columnistas, el mexicano Francisco Martín Moreno, nieto de un refugiado republicano español, explicó que el origen de las corrientes migratorias centroamericanas que atraviesan México rumbo a Estados Unidos radica en la “catástrofe educativa” que comenzó en tiempos coloniales. En esa época fue cuando se construyeron ostentosas iglesias en lugar de escuelas, lo que mantuvo “el analfabetismo y la ignorancia a las masas indígenas, obligadas a trabajar en los campos y las minas en condiciones oprobiosas de esclavitud”.

La prueba, escribe, es que en 1821, cuando se consumó la independencia, más de un 90% de la población de América Latina no sabía leer ni escribir: “La siniestra Inquisición acabó con cualquier posibilidad de progreso intelectual”. Según Moreno, el legado político del absolutismo monárquico hizo imposible construir una nación exitosa al estilo anglosajón.

La corrupción, la impunidad y el autoritarismo de “Ortegas, Maduros, Castros, Somozas, Trujillos…” y el rentismo de las élites son otros lastres de la herencia colonial, que el periodista mexicano cree irredimible.

La indignada reacción del gobierno de Madrid y de la opinión pública –y publicada– españolas a la petición de perdón por el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), a Felipe VI y al papa Francisco por la conquista, reveló lo hondo que es el abismo que separa ambas narrativas e interpretaciones históricas.

Incluso Buenos Aires, la más europea de las ciudades de la región, retiró por órdenes de la entonces presidenta Cristina Fernández, nieta ella misma de gallego, la estatua de Cristóbal Colón que se erguía a un tiro de piedra de la Casa Rosada. Y Mauricio Macri, hijo de napolitano, no la ha restituido.

Pocos españoles pueden hablar con tanta autoridad sobre esos asuntos como Tomás Pérez Vejo (Caloca, Cantabria) historiador, latinoamericanista y catedrático del Colegio de México al que el presidente Enrique Peña Nieto otorgó el año pasado el Águila Azteca, la mayor condecoración de la República para los no mexicanos. Fruto de sus más de 20 años de investigaciones in situ son Elegía criolla (2010) y Raza y política en Hispanoamérica (2018)

Política Exterior: Las cartas de López Obrador a Felipe VI y al papa Francisco sobre la conquista forman parte de una vieja tradición nacionalista latinoamericana, pero en España causó una cierta sorpresa…

Tomás Pérez Vejo: La gran ideología de América Latina es el nacionalismo. Todas sus revoluciones –la mexicana, la cubana, la nicaragüense…– acaban siendo nacionalistas. Y dada la dureza de la vida en sus países, es natural que tengan una visión crítica de su pasado. Y el orden colonial duró tres siglos. Desde la independencia, ese pasado queda marcado con el estigma de la tiranía y el despotismo. Todas las naciones surgidas de imperios coloniales hacen lecturas similares de su pasado. No creo que exista un prejuicio general contra España en la región, pero sus países no olvidan que el régimen de desigualdad racial sobre el que se constituyeron tiene origen colonial.

PE: López Obrador dice que tanto España como México deberían pedir perdón a los indígenas. Y lo hace desde una perspectiva de izquierdas.

TPV: A diferencia de Europa, donde el nacionalismo es políticamente conservador, en América Latina es una bandera de las izquierdas. El discurso de AMLO es en muchos aspectos indistinguible del de Marine Le Pen en Francia porque sus bases sociales son similares. Al reivindicar el componente raigal –es decir, de las raíces de la nación mexicana, López Obrador entronca con una larga tradición nacionalista mexicana que alcanza su apogeo en la revolución de 1910.

PE: ¿Por qué le interesó el papel que juega la raza y el racismo en la región?

TPV: El punto de partida es mi interés por la historia de la construcción de las naciones en el mundo hispánico. El colapso de la monarquía en 1810 da origen a una serie de nuevas soberanías nacionales, que sustituyeron a la antigua legitimidad dinástica. Con ello desaparece, más que un orden social y político, una forma de civilización basada en la lealtad al monarca y en los privilegios corporativos y colectivos. La discriminación racial actual tiene su origen remoto en la sociedad de castas de los virreinatos.

PE: La independencia no modifica en lo esencial ese orden…

TPV: En América en el siglo XIX surge la primera sociedad multirracial del mundo, con el reconocimiento, temprano y generalizado, de derechos políticos homogéneos a razas distintas. Pero las leyes crean solo un mundo formal. La vida de la gente real transcurre por otros cauces. Muchos de los privilegios corporativos del antiguo régimen prevalecieron bajo otras formas. La sociedad colonial, en cualquier caso, no era una estructura rígida. La nobleza indígena, tlaxcalteca en México y cusqueña en el Perú, se integraron en las élites del imperio. En algunos casos sus miembros ingresan incluso a órdenes de caballería como la de Santiago, lo que exigió que las autoridades coloniales les reconocieran limpieza de sangre. Esos caciques mexicas y curacas andinos pierden sus privilegios con la independencia.

PE: Ese orden era incompatible con la modernidad…

TPV: Así es. En el antiguo régimen, la desigualdad formaba parte de la naturaleza de las cosas, una noción que la Ilustración deja obsoleta. Pero la transición al mundo moderno nunca es fácil para nadie. Antonio Annino decía que cuando un imperio colapsa, al principio nadie es el heredero legítimo de la soberanía, ni siquiera las instituciones que se apegan a la nacionalidad para legitimarse, lo que deja en herencia un problema de gobernabilidad.

PE: La exclusión racial sería el pecado original de la región…

TPV: En la independencia se fundan repúblicas basadas en una ciudadanía igualitaria, pero sobre bases marcadas por la exclusión. En los virreinatos ser español no significaba haber nacido en España sino ser blanco. La Constitución de Cádiz excluyó de la nación española a todos quienes tuvieran alguna gota de sangre negra, porque pequeña que fuera. Es decir, es una nación étnica, no política. Las repúblicas criollas adoptaron de facto, aunque no de jure, esa perspectiva sobre la naturaleza política de la nación.

PE: Son repúblicas fundadas en una ficción…

TPV: Es natural. Somos aquello que nos contamos que somos. Nuestro universo mental está hecho de historias que olvidamos, que recordamos y tergiversamos. Son, en muchos sentidos, mentiras piadosas.

PE: Pero la realidad es terca. En muchas zonas del continente sobreviven estructuras sociales fosilizadas…

TPV: Los mexicanos –como los brasileños, los argentinos…– afirman continuamente que no son racistas, cuando cualquier observador imparcial puede constatar que las relaciones sociales están marcadas por los prejuicios y que todo tipo de gente ve el mundo a partir de categorías raciales. Güero, catire, cholo, zambo… son términos raciales de uso normal y cotidiano. Eso, como español, me resultó sorprendente. De ahí que el libro trate de explicar por qué un fenómeno tan generalizado y evidente no ha recibido la importancia que merece.

PE: ¿A qué atribuye esa contradicción? ¿a la hipocresía?

TPV: Las razones son históricas. En México, con huellas de grandes civilizaciones prehispánicas por doquier, ya los primeros insurgentes imaginan la nación como una revancha por la conquista y como la resurrección de la nación muerta con Cuauhtémoc. Poco a poco la palabra español perdió su antiguo significado de blanco para pasar a ser sinónimo de extranjero, tiranía y crueldad. La paradoja es que una élite racial y racistamente blanca, con obsesiones heráldicas y aristocráticas, se proclama heredera del mundo prehispánico.

PE: Es esquizofrénico…

TPV: Así es. En el siglo XIX se generaliza en la región la visión darwinista-spenceriana de la supuesta superioridad de la raza blanca, con lo que los indios pasan a ser una rémora, un lastre para la nación criolla. No es que la raza formase parte de la política, es el fundamento de la política misma. Los mismos liberales que se enorgullecen del pasado prehispánico son los que lamentan la mala calidad étnica de la población. Una cosa son los gloriosos indios de épocas pasadas y otra su versión “degenerada” actual.

PE: ¿La sociedad colonial era distinta?

TPV: En los virreinatos las diferencias raciales son un problema jurídico, no biológico o religioso. La raza, o más bien la casta [del latín castus, puro], a la que cada quien pertenecía era algo ambiguo, que podía cambiar a lo larga de la vida dependiendo de la situación social. Una persona podía nacer y ser registrada en una parroquia como ‘indio’ y 20 años más tarde aparecer como ‘mestizo’ y 20 años después como ‘español’. Esos mecanismos de ascenso social se mantienen en las repúblicas bajo otras formas sociales, políticas y económicas.

PE: En Reino Unido Inglorous empire de Shashi Tharoor o Age of anger de Pankaj Mishra han sido éxitos de venta pese a sus demoledores argumentos contra el imperialismo británico en la India. En España, en cambio, tienen éxito visiones apologéticas del colonialismo español como Imperiofobia de María Elvira Roca Barea. En Imperiofilia, José Luis Villacañas dice que intentar blanquear el imperialismo español es un “suicidio político”.

TPV: El problema es que la América Latina de los españoles es imaginaria. Tengo la impresión de que la gran mayoría de españoles nunca ha estado en países latinoamericanos o solo unos pocos días en algún balneario del Caribe. Su visión de todo lo que sucede allí está muy mediatizada. El problema es que la realidad tiene un aspecto visceral que solo da la experiencia y sin en el que no puede entenderse nada.

 

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Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en el cierre de campaña de las elecciones de 2012

 

PE: En Auge y ocaso del imperio español en América (1945), Salvador de Madariaga dice que “en las Indias prevaleció una profunda igualdad espiritual entre las razas”. Esa sentencia confirma ese sesgo imaginario…

TPV: Para España, América existe como el escenario de las hazañas de la nación. Todo lo que contradiga esa leyenda es para muchos producto de la envidia y la maledicencia de los enemigos de España, como decía la propaganda franquista. A excepción de Felipe González, la clase política española conoce poco la región, por lo que se dedica a repetir lugares comunes. Somos dos mundos que han vivido de espaldas.

PE: ¿Es posible salir de las leyendas, sean negras o rosas?

TPV: Tenemos un problema en el conjunto del mundo hispánico. De algún modo es una civilización fracasada, por lo que tiene grandes dificultades para asumir su pasado. Un historiador mexicano, Edmundo O’Gorman, decía que la función de la historia es entender, no juzgar. Pero es siempre difícil introducir la complejidad en el debate político, que tiende a simplificarlo todo.

PE: ¿Cree imposible entonces una narrativa unificada?

TPV: En México se dice que cada quien cuenta la fiesta como le va. No veo nada fácil que excolonizadores y excolonizados –sean argelinos o franceses o mexicanos y españoles– se pongan de acuerdo en asuntos tan sensibles para sus respectivos nacionalismos y sensibilidades nacionales.

PE: ¿La carta de AMLO ahonda ese abismo?

TPV: La carta de AMLO va dirigida solo formalmente al Rey y al Papa. El verdadero destinatario son sus electores, su gente. La hispanofobia forma parte de la cultura política de la izquierda mexicana y latinoamericana en general. AMLO, un político muy astuto, tenía poco que perder haciendo rabiar a los “gachupines”. Le “vale madre”, como dicen los mexicanos. Y aquí le entraron al trapo, para utilizar una metáfora taurina que se entiende perfectamente aquí y allá. La polarización social lleva agua para su molino porque sabe que sus bases se asumen como herederos del México indígena mientras que los otros –los “fifís”, los “güeros”–, lo son del otro México.

PE: Es maquiavélico…

TPV: No hay nada que polarice más que las cuestiones identitarias. Por eso es tan peligroso que los políticos utilicen la historia con fines partidistas.

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