La líder del Partido Nacionalista Escocés (SNP) y primera ministra de Escocia, Nicola Sturgeon (C), posa con miembros del partido durante la campaña electoral general del partido en Edimburgo el 8 de noviembre de 2019. GETTY

Reino Unido ante el abismo

Frente a un secesionismo cada vez más amplio, el ‘unionismo’ se encuentra fragmentado y sin una clara visión de futuro. El Partido Laborista es consciente de que no volverá a gobernar si no gana en Escocia. El Brexit y las consecuencias de la pandemia amenazan el futuro de Reino Unido.
GUILLERMO ÍÑIGUEZ
 |  19 de octubre de 2020

“¿Apoyaría la independencia de Escocia?”. En una reciente encuesta de la agencia Ipsos Mori, el 58% de los votantes escoceses respondió afirmativamente. Esta cifra –un máximo histórico– confirma una tendencia cada vez más evidente: que el Brexit, y desde hace unos meses la pandemia, suponen una amenaza existencial para el futuro de Reino Unido.

El apoyo al gobierno escocés –y, por ende, al independentismo– se debe en gran parte al fuerte contraste en la gestión del coronavirus. La eficacia mostrada por la primera ministra escocesa, Nicola Sturgeon, y su homólogo galés, Mark Drakeford, ambos serios, contundentes y conciliadores– ha contrastado con la desastrosa gestión de un Boris Johnson que genera cada vez más dudas dentro de su partido. La organización territorial de Reino Unido –con las competencias sanitarias delegadas a las distintas naciones– ha acentuado estas diferencias. Mientras el gobierno británico vacilaba, Edimburgo, Cardiff y Belfast alertaban sobre la gravedad del virus e imponían medidas más estrictas. Mientras Johnson prometía “el mejor” sistema de rastreo del mundo, Sturgeon y Drakeford se mostraban escépticos, y reclamaban a Downing Street un mayor esfuerzo.

Ello ha permitido al Partido Nacionalista Escocés (SNP) anotarse un claro punto a favor. Una Escocia independiente, insinúa el partido, sería un país serio, eficaz y bien administrado; todo lo contrario que el Reino Unido de Johnson.

 

El ascenso del SNP

Para comprender el auge del independentismo, sin embargo, hay que remontarse al siglo XX. El SNP fue durante gran parte del siglo pasado un partido pequeñoburgués, presbiteriano y blanco, caracterizado por sus peleas internas, como apunta Colin Kidd en The New Statesman. Fue tras la creación del Parlamento regional, mediante la Ley de Escocia de 1997, cuando adoptó un papel más relevante a nivel nacional.

La victoria de Alex Salmond en las primarias de 1990 supuso un punto de inflexión. El nuevo líder trazó una estrategia a largo plazo, alejándose de sus bases y cortejando a grupos demográficos históricamente alejados del independentismo. Sus dos primeros objetivos fueron la iglesia católica y las distintas minorías étnicas. Las políticas de austeridad del gobierno de coalición de David Cameron, a su vez, le permitieron posicionarse como alternativa socialdemócrata, atrayendo a votantes laboristas inquietos ante el desmantelamiento del Estado de bienestar.

El referéndum de 2014 pareció frenar dicho ascenso. La campaña profundamente identitaria de Salmond posibilitó al frente unionista –formado por el gobierno Cameron-Clegg y por el Partido Laborista de Ed Miliband– plantear el “no” a la independencia como la opción racional y segura. La derrota de Salmond fue incontestable: recibió un 45% del voto, presentó su dimisión, y la cuestión escocesa pareció quedar enterrada para la próxima generación.

Este escenario cambió tras las elecciones generales de 2015, que certificaron el derrumbe del laborismo –hasta entonces la fuerza hegemónica en Escocia– y la primera mayoría absoluta de Sturgeon, con 56 diputados escoceses de 59 posibles. Más significativa, sin embargo, fue la dura campaña de los tories, inmortalizada por un cartel que muestra a Miliband en el bolsillo de Sturgeon. Un triunfo laborista, insistió Cameron, supondría el fin de Reino Unido: una “coalición del caos” que permitiría a Miliband acceder a Downing Street a cambio de un nuevo referéndum escocés. Contra todo pronóstico, Miliband perdió, Cameron sumó mayoría absoluta, y el país se vio sumergido en un referéndum muy distinto: el del Brexit.

Y fue precisamente el Brexit lo que ofreció al SNP una segunda oportunidad. Las circunstancias, proclamó Sturgeon, habían cambiado: el pueblo escocés había manifestado su oposición, y se vería fuera de Europa contra su voluntad. Solamente un nuevo referéndum, añadió, remediaría esta injusticia. Este cambio de tono fue un desacierto, según Chris Deerin, pues reavivó la desconfianza de un electorado ansioso de estabilidad política y costó al partido, en las elecciones generales de 2017, un tercio de sus escaños.

Sturgeon aprendió de su error: volvió a distanciarse del nacionalismo –en 2017, lamentó que las siglas de su partido incluyesen ese “difícil” adjetivo– y centró sus esfuerzos en enfrentarse al acuerdo de retirada de Theresa May y a la deriva nacionalista de los conservadores. Su eficacia atrajo a dos nuevos tipos de votantes: el europeísta, que ve la independencia escocesa como la única forma de regresar a la UE, y los llamados “dobles unionistas”: ciudadanos opuestos tanto al Brexit como a la secesión, pero que, repelidos por el creciente chovinismo tory, se han decantado por el “nacionalismo cívico” de Sturgeon.

 

La desunión del ‘unionismo’

Frente a un secesionismo cada vez más amplio, el unionismo se encuentra fragmentado y sin una clara visión de futuro. El Partido Laborista es consciente de que no volverá a gobernar si no gana en Escocia. Desde los años cincuenta, apunta Beth Rigby, el laborismo nunca ha gobernado sin sumar al menos 40 escaños en la región: en estos momentos, cuenta con uno. La encrucijada de Keir Starmer es endiablada: apoyar un nuevo referéndum supondría ceder el unionismo a los conservadores y los liberales; oponerse a él, tensar las relaciones con el SNP de cara a una futura coalición de gobierno en 2024.

También los tories, la primera fuerza unionista, se encuentran cada vez más arrinconados. El liderazgo de Ruth Davidson, que accedió al cargo en 2011, supuso un profundo cambio para un partido percibido como anticuado, caricaturesco y demasiado inglés para triunfar en Escocia. Davidson –joven, progresista y homosexual– transformó su imagen, convirtiéndolo, según Kidd, en un partido “al que poder votar sin arriesgarse al ostracismo social”. En las elecciones generales de 2017 sumó 13 escaños –12 más que en 2015–, salvando el gobierno de May y ejerciendo una influencia decisiva sobre sus políticas. La llegada de la derecha euroescéptica a Downing Street, sin embargo, truncó su proyecto y desembocó en su dimisión y en una profunda crisis de su partido en Escocia.

 

Frágil equilibrio constitucional

Más allá de las inciertas perspectivas electorales del unionismo, la lucha por el reparto post-Brexit de las competencias ostentadas por la UE está permitiendo al SNP de Sturgeon presentarse como alternativa racional frente a un dogmático gobierno tory. A lo largo de los últimos meses, Downing Street ha mostrado su desdén por las precarias convenciones que sustentan la “constitución multidimensional” británica. La mayoría absoluta de Johnson ha puesto en entredicho una de las más importantes: la llamada Sewel Convention, según la cual el Parlamento de Westminster no legisla sobre competencias delegadas a los Parlamentos nacionales sin el consentimiento de estos últimos.

El mejor ejemplo quizá sea la polémica Ley del Mercado Interno, la cual otorga amplios poderes al ejecutivo británico, en detrimento de los parlamentos nacionales, para armonizar cuantas competencias estime necesarias con el objetivo de establecer un “mercado único británico”. Dicho proyecto, sostiene George Peretz en Prospect, supone un punto de inflexión en el proceso de descentralización (devolution) iniciado en los años noventa. El menosprecio de Johnson hacia el pacto constitucional, añade Philip Stephens en Financial Times, supone jugar con fuego: al subrayar la “supremacía incuestionable” de Inglaterra sobre las demás naciones, “está invitando a Escocia a abandonar la Unión”.

Pese a la negativa de Downing Street a autorizar un segundo referéndum, Sturgeon se ha mantenido firme, planteando las elecciones regionales de 2021 como un plebiscito. A su vez, su aparente pragmatismo ha logrado aplacar al ala más rupturista de su partido, liderado por la diputada nacional Joanna Cherry, que pide adoptar la vía catalana. Por el momento, se impone el merkelismo de una Sturgeon prudente, dispuesta a manejar los tiempos y consciente de los errores cometidos por el gobierno catalán en 2017. Las voces discrepantes, sin embargo, son cada vez mayores.

 

¿El fin de Reino Unido?

¿Es inevitable, como concluye Stephens, el fin de Reino Unido? La cuestión escocesa parece apuntar en esa dirección. Una –más que probable– mayoría absoluta del SNP en 2021 mandaría un mensaje incontestable, y podría a Johnson contra las cuerdas. Asimismo, un Brexit a las bravas tensaría aún más la relación entre Edimburgo y Londres.

Ante este escenario, gran parte dependerá de la reconfiguración de dos campos –el unionista y el secesionista– menos binarios que en 2014. Un laborismo que reconectase con el electorado escocés, planteándose como la única alternativa socialdemócrata a Johnson, podría reequilibrar la balanza en la izquierda a favor del unionismo. La deriva chovinista de los conservadores, a su vez, podría ser aprovechada por los liberales, atrayendo a los “dobles unionistas” e impidiendo su acercamiento al secesionismo. Y, por supuesto, un auge del ala rupturista del SNP podría debilitar la imagen de unidad y savoir faire que Sturgeon tanto valora.

Por el momento, sin embargo, las circunstancias juegan a favor del SNP. En plena segunda ola de la pandemia, ante un gobierno desbordado y con el final del periodo de transición a la vista, nada parece indicar que su tendencia al alza vaya a verse interrumpida. Si la base social independentista se ensancha, y Downing Street persiste en su hostilidad hacia la autonomía territorial escocesa, el futuro de Reino Unido correrá cada vez más peligro.

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