Donald Trump contesta las preguntas de los periodistas sobre la crisis del Coronavirus el 16 de marzo de 2020 en la Casa Blanca/CASA BLANCA

Tragedia en tres actos: EEUU ante el coronavirus

JORGE TAMAMES
 |  17 de marzo de 2020

En las primarias demócratas y las elecciones presidenciales de 2020, que se celebrarán en noviembre, no solo está en juego el futuro de Estados Unidos, sino también el impacto de su siguiente presidencia en el resto del mundo. Desde Política Exterior cubriremos el proceso con una serie especial, coordinada por Jorge Tamames.

 

La reacción de Estados Unidos ante la crisis del coronavirus puede resumirse como una tragedia en tres actos. Con el siguiente matiz: no hay nudo, planteamiento y desenlace, sino una sucesión de nudos. Una catástrofe en ciernes, resultado de la fuerza imparable de la pandemia impactando contra el objeto inamovible de un sistema político disfuncional.

El primer nudo es la reacción de las autoridades estadounidenses. Hasta hace tres semanas, Donald Trump describía el coronavirus como un bulo y culpaba de las primeras turbulencias bursátiles al Partido Demócrata, que continúa celebrando primarias para elegir a su candidato presidencial en las elecciones de noviembre. El 17 de marzo, el presidente dio un giro de 180 grados. En una comparecencia televisada, anunció el cierre de las fronteras aéreas con Europa por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El discurso, que coincidió con el anuncio de la Organización Mundial de la Salud catalogando el Covid-19 como una pandemia global, no disipó dudas respecto a la capacidad de EEUU para afrontarla. Tras pronunciarlo, el Dow Jones registró una caída del 10%: la más abrupta desde el crack de 1987.

El problema no se reduce al inquilino de la Casa Blanca. Las instituciones estadounidenses se han mostrado incapaces de dar una respuesta adecuada al problema. Prueba de ello son los fallos realizando tests de coronavirus, una variable que parece fundamental a la hora de contener la pandemia. Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC en inglés), principal institución capaz de establecer esa infraestructura sanitaria a escala nacional, se encuentran desbordados tras fracasar proporcionando sistemas de test. Precisamente por eso, no es posible determinar cuánto se ha extendido la pandemia en focos como Seattle u Ohio, donde un oficial de sanidad aventuró, la semana pasada, que hasta un 1% de la población podría haber contraído el virus: 100.000 personas. Más que el total de casos en China.

Tampoco ayuda que el sistema sanitario estadounidense –salvo casos específicos, como el de personas mayores y veteranos– esté gestionado por aseguradoras privadas y empresas que hacen de la salud un negocio. En una comparecencia ante el Congreso el 18 de marzo, el inmunólogo Anthony Fauci, director del Centro Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, admitió que el sistema de tests “no está realmente diseñado para lo que necesitamos ahora … admitámoslo, está fallando”.

 

 

 

 

El segundo nudo son las elecciones. Si el transcurso de las primarias demócratas ya resultaba fuera de lo común –el arranque fulgurante del socialista Bernie Sanders se ha revertido, de manera abrupta, a favor del moderado Joe Biden–, la llegada de la pandemia ha vuelto el proceso aún más irreal. De los cuatro estados que hoy celebran comicios, solo uno –Ohio– los ha cancelado. En Florida, Arizona e Illinois, las votaciones transcurren con aparente normalidad. Ante la doble emergencia que para el electorado demócrata suponen la presidencia de Trump y el coronavirus, su decisión colectiva parece ser no hacer experimentos con gaseosa. Elegir a Biden, el candidato convencional que tiene más posibilidades de ganar. Una decisión engañosa, con ecos de 2004 y 2016, cuando los nominados moderados, John Kerry y Hillary Clinton, respectivamente, terminaron derrotados en noviembre.

Al rechazar a Sanders, las bases demócratas también dan la espalda al único candidato que apuesta por adoptar una sanidad pública, universal y gratuita (Medicare for All), similar a la que tienen los Estados del bienestar europeos, y que de existir ahora mismo resultaría clave para afrontar la pandemia. Al perfil de su probable candidato presidencial, un rival ideal para Trump, se añade otro problema para el Partido Demócrata: el coronavirus podría cancelar su convención, programada a mediados de julio en Milwaukee, en la que Biden necesita llegar a un modus vivendi con Sanders y comprometerse con un programa electoral y vicepresidenta que no terminen de enajenar al ala izquierda del partido.

Con todo, los efectos de la pandemia sobre la campaña –las restricciones de actos públicos e interacciones con votantes se han vuelto inevitables, siendo los tres candidatos septuagenarios en grupo de riesgo– tal vez beneficien a Biden frente a Sanders y Trump, más carismáticos y capaces de organizar mítines multitudinarios. En el clima mediático dominante (de alarma frente a la pandemia, pero también de hostilidad contra Trump y Sanders por igual), la incapacidad del antiguo vicepresidente de Barack Obama para expresarse con claridad cuando habla, así como las constantes falsedades que emite en campaña, apenas reciben escrutinio. Si la gestión de Trump continúa siendo desastrosa –y nada indica que pueda dejar de serlo–, Biden podría encontrarse con un escenario favorable en noviembre.

El tercer nudo tiene que ver con la respuesta económica. La economía global hace frente a un escenario de volatilidad y recesión. Un shock exógeno, a diferencia del de 2008, pero que también requerirá estímulos monetarios y fiscales fuera de lo común. En el primer apartado, y en un eco inquietante de 2008, la Reserva Federal de EEUU ya ha actuado con mayor solvencia y resolución que el Banco Central Europeo. El 12 de marzo, la Fed proporcionó una inyección de liquidez de 1,5 billones de dólares al sector financiero estadounidense a través de préstamos a intereses mínimos. Las medidas no detuvieron el desplome bursátil pero no han resultado contraproducentes, como las declaraciones de la presidenta del BCE, Christine Lagarde, que sugirió que no le corresponde controlar las primas de riesgo en la zona euro.

La primera cuestión de fondo es si existe espacio fiscal para acompasar las acciones monetarias tras una legislatura que ha descuadrado las cuentas públicas con aumentos del gasto militar y enormes rebajas fiscales. Estímulos pro-cíclicos imprudentes: ahora la deuda pública de EEUU se encuentra en torno al 107% del PIB y el déficit sobrepasa el billón de dólares. En segundo lugar, es probable que, como en la crisis anterior, los bancos centrales se vean obligados a tomar acciones que una lectura estricta de su mandato no contempla. Transferencias directas a individuos, hogares y pymes, sobrepasando la intermediación del sistema financiero para garantizar liquidez en la economía real. En este ámbito, no todo son malas noticias para EEUU. La Fed, el Banco de Japón y el Banco de Inglaterra probablemente muestren más agilidad y capacidad de adaptación que el BCE, si bien la hostilidad de Trump hacia Jerome Powell, presidente del banco central estadounidense a quien él mismo nombró, también le coloca en un pésimo punto de partida.

En tercer y último lugar, las acciones de la Fed serán determinantes para mantener la liquidez en la economía global. Este fue, como señala el historiador económico Adam Tooze, su función más destacada –aunque resultó relativamente discreta– durante la crisis de 2008. La cuestión es si se puede esperar una reacción comparable hoy, con la Casa Blanca ocupada por un presidente incapaz de percibir la importancia de la arquitectura económica global para el propio funcionamiento de la norteamericana. Y que hasta el momento se ha visto ampliamente superado por las circunstancias.

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