Un Tiananmen oculto por la 'cibermuralla'

MYRIAM REDONDO
 |  4 de junio de 2014

Transcurridos 25 años de la “matanza de Tiananmen” sus dos principales términos son aún resbaladizos: matanza y Tiananmen. Fue una masacre condenable y evidente pero no se sabe con certeza cuántas personas murieron, y el tiempo ha matizado el mito del lugar donde todo sucedió. Según periodistas presentes aquella noche, la mayoría de las víctimas perecieron en las calles aledañas a la simbólica plaza, no en la propia glorieta. Pese a ello, es Tiananmen lo que se proyecta en el tiempo como la mítica plaza Tahrir de Egipto lo hará siempre que se hable de la primavera árabe. Eso en el extranjero. En territorio chino lo que pesa gracias a la censura, y especialmente a la censura digital, es el olvido.

El gobierno arroja tierra sobre el episodio regularmente y lo ha hecho aún más estos días. “Para entrevistar a las madres de Tiananmen tienes que hacerlo en marzo, no en mayo; entonces es muy posible que te impidan el acceso”, dice Esperanza Calvo, hasta hace poco corresponsal de Telecinco en el lugar. Calvo, que mantuvo un encuentro con la fundadora de esta organización (está en arresto domiciliario) recibía visitas regulares de las autoridades en su casa y cuenta cómo afrontaba las situaciones de riesgo: “Presencia discreta. Cámara metida en bolsa de la compra. Acompañada si es posible por otro periodista occidental pero nunca con asistente chino o traductor. Hay muchos reporteros que recurren a ellos pero hacerlo significa meterles en problemas. Es básico tener algún conocimiento del idioma para poder manejarte solo en esos casos”.

Ante la proximidad del aniversario, las detenciones han aumentado y las autoridades acaban de encarcelar a Xin Jian, asistente china del periódico japonés Nikkei. Ahora a estos colaboradores “se les suele acusar de alterar el orden público, un cargo que suena más plausible que el de conspirar, el que venía siendo utilizado. Conlleva bastantes años de cárcel”, explica una fuente que prefiere mantener su anonimato por motivos de seguridad.

Muchos ciudadanos ni siquiera han oído hablar de lo que sucedió en Tiananmen. Cansados de la corrupción, las penurias económicas y el inmovilismo democrático, irritados por la muerte del querido líder Hu Yaoban, los jóvenes de Pekín iniciaron unas protestas que culminarían, en la noche del 3 al 4 de junio de 1989, con la violenta frenada en seco por parte de las autoridades. Dispararon y aplastaron con sus tanques a su propio pueblo. Las madres de Tiananmen confirmaron 182 muertos con nombres y apellidos. La Cruz Roja China ofreció una cifra inicial de 2.000 víctimas pero posteriormente se retractó. El gobierno chino facilitó el dato de 241 fallecidos y 7.000 heridos, y a día de hoy sigue haciendo todo lo posible para que ninguna de sus memorias individuales pese.

La censura funciona, y por eso Tiananmen se rememora más en el extranjero que dentro del país. Ya que el mundo real está tan vigilado, nos preguntamos si es posible una revuelta basada en las nuevas tecnologías, algún revulsivo como el que se produjo en España vía SMS tras el 11-M. “Internet está totalmente controlado y es difícil que los disidentes puedan hacer algo. Muchos de ellos ya han sido detenidos o confinados bajo arresto domiciliario y la policía les ha requisado sus ordenadores y móviles”, explica Pablo Díez, corresponsal de ABC en la zona.

Estos días se multiplican las campañas de concienciación desde el exterior, como la de Human Rights Watch con su petición de “protectores» para financiar acciones pro derechos humanos en el país asiático. También son frecuentes los programas y artículos en prensa occidental rememorando los 25 años de la tragedia. Y se han extendido en Twitter las etiquetas #TAM25, #TiananmenAnniversary y #TiananmenSquare. Dentro de China, que un Tiananmen se desate en las redes es muy improbable, pese a que el país cuenta con 618 millones de internautas y presenta una amplísima oferta de redes sociales y buscadores.

“Mano de hierro” y “dificultad perniciosa y constante” son algunas de las expresiones con las que los reporteros residentes en el país describen la censura en la Red. Como corrobora un periodista de Pekín que prefiere no ofrecer su nombre, es una realidad que “mina la moral, hace perder tiempo y energía”. El simple envío de un archivo al extranjero (también una noticia) se convierte en una operación desesperante.

Estos son los rasgos de lo que se ha llamado “The Great Firewall” o “La Gran Cibermuralla” (o «cortafuegos») que convierte al país en una isla aislada del mundo y de las críticas. Así funciona la censura digital en China:

– Bloqueo de sitios web. Desde la China continental no suele ser posible consultar Twitter, Facebook o YouTube. Para conseguirlo es necesario contratar una VPN extranjera (red privada y cifrada, de pago) que solo unos pocos disidentes están en condiciones de pagar. Hay otros sitios que se bloquean temporalmente, como Google estos días previos al aniversario.

– Filtros. Las autoridades chinas han refinado su control y ya no necesitan bloquear siempre sitios completos: pueden anular páginas o términos específicos. Su objetivo es alejar la información sobre asuntos molestos. Si buscas “Tiananmen” desde China obtienes un “página no encontrada”. Lo mismo sucede con otros términos relacionados con Falun Gong, el Tíbet o Taiwán.

– Creación de servicios nacionales sustitutivos. En lugar de Google y YouTube disponen de Baidu y Youku, y sustituyen Twitter y Facebook por Weibo y Qzone o RenRen. Hay modos de control. Para hacerte usuario de Weibo (entre 500 y 600 millones de usuarios registrados, según la fuente que se consulte) “tienes que incluir tu número de móvil y en China todas las tarjetas telefónicas están registradas, no es posible adoptar una identidad falsa como en Twitter”, explica la sinóloga Esther Mussons. Los chinos también disponen de Weixin, también conocida como WeChat (300 millones de usuarios registrados). Es similar a Whatsapp, parecía una red prometedora, pero recientemente anunciaron que restringirán el contenido “ofensivo” dentro de ella.

Interceptación de correos electrónicos de periodistas o disidentes y hackeo de sus cuentas, como describe Díez en su blog Tras un biombo chino. “Es frecuente darte cuenta de que tu ordenador está controlado desde remoto y la prudencia es obligada. Yo aprovechaba viajes fuera de China para actualizar programas”, cuenta Calvo.

– Castigo ante la difusión de rumores. En China es difícil encontrar parecidos entre los comentarios digitales que circulan y la información oficial que se difunde.  Para atajar los primeros, el gobierno aprobó en 2013 una ley muy restrictiva que castiga con tres años de cárcel a quien difunda una “falsedad» que sea redifundida más de 500 veces. La ley se acompañó de una ola de detenciones contra personajes críticos activos en las redes.

– Control del debate. Desde 2005, el Estado financia a personas para opinar a favor del gobierno y apartar las conversaciones de los temas sensibles. Se les conoce como “El grupo de los 50 céntimos” en referencia a lo que cobran por post.

– Vigilancia del lenguaje. Para criticar, es obligado el recurso a los memes jocosos, así como a giros linguísticos, eufemismos y homófonos (palabras inocentes que suenan igual que otras de significado rebelde). Díez recuerda el golpe más fuerte del artista Ai Wenwei, “un maestro en el uso de Internet para protestar contra el régimen”. Fue la publicación de una fotografía en la que aparece desnudo cubriéndose sus partes con una llama de juguete. En chino, explica el periodista, este animal se llama «cao ni ma», una expresión de igual pronunciación que uno de los peores insultos que puedan realizarse en el país. Otro caso conocido es el de la actriz Zhang Ziyi («Tigre y Dragón», «Memorias de una Geisha»). Ante la desaparición de un conocido defensor de los derechos humanos, la actriz recomendó en Internet ir a ver “The Attorney”, un film surcoreano sobre un abogado que persigue “la democracia, el imperio de la ley y la justicia”. Su post se hizo viral. A principios de 2013 la autoridades censuraron el periódico Nanfang Zhoumo (Southern Weekly) y los internautas empezaron a hablar de «las gachas sureñas» (expresión que se asemeja) para defenderlo.

– Publicación continua de información oficial aséptica. Para conocer la realidad sobre algo que haya ocurrido lo habitual es tener que recurrir a diarios de Hong Kong que no son accesibles en la Internet china. Organizaciones periodísticas o pro derechos humanos de este enclave son también las que facilitan numerosos contactos con disidentes a los corresponsales. En la Red, se sigue el principio de permitir a los ciudadanos una actividad comercial constante, pero una actividad política cero. Los primeros mensajes censurados son aquellos que promueven protestas o movilizaciones.

– Ralentización de la navegación. Es uno de los modos de censura más efectiva. En torno a fechas clave, la Red queda casi semiparalizada. En situaciones extremas, el acceso a Internet puede impedirse por completo, como sucedió intencionadamente en 2009 en la región de Xinjiang tras graves disturbios.

– Ciberataques y hostilidades contra grandes empresas de Internet. Son conocidos los conflictos que Google, Microsoft, Cisco y otras compañías han tenido con las autoridades chinas, aceptando en muchos casos una censura total o parcial para poder seguir operando en el país.

– La autocensura. Calvo la describe como “brutal”: el miedo es lo que mejor funciona y la relevancia de los disidentes ya detenidos hace que no apetezcaarriesgarse. Pocos protestan, y otros simplemente no entienden la censura como problema: “No son conscientes. Tienen su chat, sus propios canales. Es más, algunos te dirían que la censura la hace el gobierno para protegerles”, reconoce Mussons. “Están viviendo un momento dulce. Crecen económicamente, viven mejor. Sí les soliviantan más que antes asuntos como la corrupción o la contaminación, pero solo una minoría pide un cambio de régimen”, contextualiza Calvo.

Las performances digitales de Weiwei son las más conocidas. Cada vez que el gobierno chino la toma con este artista, él devuelve el golpe en las redes. «Para protestar contra la vigilancia a la que era sometido su estudio, puso cámaras dentro y retransmitió su vida en tiempo real, hasta que le obligaron a apagarlas. También protagonizó un vídeo parodiando el Gangnam Style en el que bailaba con esposas, en alusión a los 81 días que pasó detenido en un lugar secreto en 2011″, recuerda Díez.

Pero Weiwei no es el disidente tipo. En cierto modo procede del régimen, conoce bien sus entresijos y por eso ha podido ir un poco más allá en sus protestas. A otros no les ha ido tan bien. El díscolo Charles Xue (o Xue Manzi) fue detenido por la contratación de prostitutas. Él mismo confesó en YouTube su miserabilidad. China es el país donde hasta un Nobel de la Paz como Liu Xiaobo, redactor de la famosa Carta 08 por los derechos humanos, está condenado a 11 años de cárcel.

 

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