Crónica de una muerte anunciada

Jorge Tamames
 |  7 de marzo de 2016

Morir a tiros o morir envenenado. Esas son, según el senador republicano Lindsey Graham, las opciones de su partido de cara a las elecciones presidenciales. Morir a tiros: nominar a Donald Trump, multimillonario xenófobo, ídolo de Jean-Marie le Pen, un demagogo amado por las bases y temido por la cúpula republicana. Morir envenenado: nominar a Ted Cruz, senador por Texas y evangelista ultraconservador. Un candidato detestado por su propio partido, pero el único que ha derrotado a Trump en más de una ocasión. Miedo y asco en las primarias. Salvo intercesión del FBI, noviembre depara una derrota monumental.

Ocho días y 848 delegados. Son cifras que quitan el sueño al establishment republicano. El 15 de marzo se celebran primarias en cinco estados, que podrían consolidar el liderazgo de Trump. Si supera los 848 delegados, el partido tendrá que nominarle candidato a las presidenciales. Trump acumula 384 frente a los 300 de Cruz, los 151 de Marco Rubio y los 37 de Johnn Kasich. Los tres intentan, aunque a desgana, aunar fuerzas y desplazarle en los estados en los que cada uno tiene más posibilidades: Kasich en Ohio, Rubio en Florida y Cruz en los demás. Pero las encuestas favorecen al multimillonario. Trump, en su momento ninguneado como una de esas extravagancias pasajeras que dan colorido a las primarias, hoy parece imposible de detener. Y amenaza con llevarse al partido por delante.

La debilidad de sus adversarios le impulsa. Rubio, que amenaza con estrellarse si queda segundo en Florida, se convirtió en la esperanza del establishment republicano tras la caída del balbuceante Jeb Bush, candidato dinástico cuya campaña combinaba dinero y carisma en cantidades inversamente proporcionales. Cruz, con su voz gangosa, su discurso petulante y sus posiciones dogmáticas, ha conseguido que gran parte de su partido le deteste más que a Trump. “Si un senador le asesinase, y le tuviese que juzgar el Senado, le dejarían en libertad”. De nuevo Graham, decidido a reciclarse como cómico. O simplemente como analista político. “Mi partido se ha vuelto jodidamente loco”, observa.

En realidad, Trump nunca contó con apoyos dentro del partido. Los esfuerzos para frenarlo han sido torpes y contraproducentes, pero constantes. Fox News, brazo mediático de la derecha, se opuso a su candidatura desde el primer día. El último debate en la cadena fue más bien una emboscada a cuatro bandas, incluyendo a la supuesta moderadora, Megyn Kelly. Mitt Romney y John Mccain, candidatos presidenciales en 2012 y 2008, respectivamente, han condenado el racismo recalcitrante de Trump. El National Review, portaestandarte del conservadurismo americano, publicó en enero un durísimo monográfico contra el millonario. Los responsables de Irak y Guantánamo critican ahora la política exterior de Trump, denunciando su propuesta de ampliar las torturas de la era Bush (al parecer, ellos torturaban lo justo y necesario).

El resultado siempre es el mismo. Trump hunde al crítico de turno en una avalancha de improperios y amenaza con llevarle a juicio. “No te votarían ni para empleado de una perrera”, espeta a diestro y siniestro. Hay que admitir que los debates son entretenidos. Con Kelly de por medio, adquieren tintes delirantes. En el primer debate que moderó, Trump la acusó de comportarse con agresividad porque estaba menstruando. En el más reciente, el multimillonario reconfortó a la audiencia aclarando que el tamaño de su pene no es tan pequeño como ha insinuado Rubio durante la campaña. Menos mal.

 

 

Harakiri en prime time. Mientras tanto, la intención de voto de Trump, ajena a las leyes de la gravedad política, sigue en alza.

Si Trump no alcanza los 848 delegados, el Partido Republicano forzará una convención disputada en verano, presentando, cuando lo encuentre, a un candidato de consenso frente al multimillonario. ¿Bala de plata u opción nuclear? Trump podría presentarse a las elecciones como independiente y rematar las posibilidades de los republicanos. Si gana la nominación, por otra parte, podrían ser los propios moderados del partido quienes emprendan una tercera candidatura.

Sería equivocado compadecer al Partido Republicano. El racismo velado que azuza desde los años 60, el fervor religioso que abrazó en los 90, su promoción de perfectos idiotas como George Bush o Sarah Palin, y la oposición visceral a Barack Obama han hecho del partido de Lincoln un generador de ruido y furia. Añádase una crisis económica propiciada por sus dogmas económicos, la impunidad de Wall Street y una América blanca cada vez más precaria y vulnerable, y el cóctel está servido. Trump es, en palabras del neocon Robert Kagan, el monstruo de Frankenstein del Partido Republicano.

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