Coches circulan frente a una valla en La Habana, Cuba, llamando al Sí en el referéndum constitucional, el 13 de febrero de 2019. YAMIL LAGE/AFP/GETTY

Agenda Exterior: Cuba

AGENDA PÚBLICA Y POLÍTICA EXTERIOR
 |  21 de febrero de 2019

¿Puede el proceso de reformas cubano progresar en la coyuntura actual de la región?

 

El 24 de febrero los cubanos acudirán a las urnas para refrendar la nueva Constitución del país, en medio de críticas al texto constitucional y al proceso constituyente por su falta de representatividad y aperturismo. El contexto regional tampoco ayuda. La crisis de su principal socio comercial, Venezuela, amenaza con asestar un terrible golpe a la economía de la Isla. Mientras, América Latina consolida su giro a la derecha y en los Estados Unidos de Trump un grupo de halcones parece haber tomado las riendas de la política latinoamericana. Preguntamos a los expertos por las posibilidades reales de cambio en Cuba, dada la coyuntura actual.

 

Hermenegildo Altozano | Socio de Bird & Bird y especialista en inversiones extranjeras en Cuba. @Haltozano

El 2 de noviembre de 2018 John Bolton, consejero de Seguridad Nacional de EEUU, se refirió a Venezuela, Cuba y Nicaragua como la «troika de la tiranía» y anunció medidas restrictivas financieras que afectarían a más de una veintena adicional de entidades cubanas controladas por las Fuerzas Armadas Revolucionarias y los servicios de inteligencia. Dos meses más tarde Michael Pompeo, secretario de Estado, ha anunciado una eventual aplicación del Título III de la Ley Helms-Burton (que permitiría a antiguos propietarios afectados por las nacionalizaciones del Gobierno Revolucionario reclamar una compensación ante los tribunales de EEUU frente a quienes se beneficien de dichas propiedades) para «hacer expeditiva una transición a la democracia en Cuba».

En este contexto internacional, donde la política de la administración Trump emplea la coerción económica para alcanzar objetivos de política exterior y donde un cambio de régimen en Venezuela se traduciría en una terminación de las transacciones comerciales con Cuba en condiciones no de mercado, Cuba debate la reforma de la Constitución de 1976.

La Cuba de hoy no es la misma que la de 1976. Entonces Cuba formaba parte del Comecon, donde el intercambio económico respondía a la lógica socialista. El dólar circula libremente desde 1993. Hay presencia notable de inversiones extranjeras y desde 2013 los cubanos pueden viajar libremente al exterior. Cuba ha aprendido que no se pueden poner todos los huevos en la misma cesta y ha impulsado una política de diversificación de sus relaciones comerciales, aunque el peso que representa el intercambio con Venezuela es grande. La reforma constitucional incluye bajo su paraguas protector la propiedad privada, la separación de poderes, la independencia judicial, la responsabilidad patrimonial de la Administración y las garantías a los inversionistas extranjeros, aunque no falten las concesiones al papel rector del Partido Comunista y al carácter socialista de la Revolución.

La llamada «generación histórica» ha dejado paso a dirigentes nacidos después del triunfo de la Revolución que, aunque se mueven entre el Scilla del inmovilismo y el Caribdis del miedo a unas desigualdades que minen los fundamentos de la Revolución, han entendido que para «preservar las conquistas de la Revolución» hace falta generar ingresos de manera sostenida. Para eso la apertura económica, el respeto a la propiedad privada y el estímulo a la inversión extranjera son piezas esenciales.

 

Carlos Malamud |Investigador principal para América Latina en el Real Instituto Elcano. @CarlosMalamud

El principal obstáculo que encuentra el proceso de reformas cubano no está en el contexto regional sino en la propia realidad del país y en los problemas y las contradicciones del gobierno de Raúl Castro – Miguel Díaz-Canel para llevarlas adelante. Es verdad que la crisis de Venezuela y el protagonismo que la administración Trump está tomando en ella es un fuerte incentivo para reforzar las esencias de la Revolución, para el freno reformista comenzó a notarse durante la visita de Obama a La Habana.

Posteriormente el triunfo de Trump facilitó el discurso conservador y anti reformista, pero la decisión de echar el freno, y en algunas cuestiones dar marcha atrás, ya estaba tomada. La llegada de Bolsonaro al poder en Brasil, la reconfiguración de las alianzas regionales y el declive del ALBA son algunas de las señales que hablan de nuevos vientos en la región. Y si bien ellos no facilitan las reformas tampoco las vuelven imposibles.

Por el lado de los estímulos para el cambio ni siquiera la redacción de una nueva Constitución parece ser un fuerte incentivo para perseverar en el camino de las reformas. Si bien el estado actual de la economía cubana requiere transformaciones profundas y estímulos potentes, el tradicional conservadurismo de las elites nacionales y su temor a potenciar las desigualdades sociales, que eventualmente podrían derivar en mayores demandas de cambios políticos, las lleva a preferir el status quo frente a la incertidumbre de lo desconocido. El resultado del referéndum constitucional, pese a sus condicionantes, será una buena prueba de cómo están las cosa en Cuba.

 

José Manuel Martín Medem | Periodista. Corresponsal de TVE en Cuba entre 2001 y 2005.

Me parece que la reforma de la Constitución, que se propone “un Estado socialista y democrático de derecho”, se produce con retraso porque habría sido mucho más oportuna durante la década de los gobiernos progresistas, cuando Cuba tuvo la posibilidad de sintonizar con la democratización de América Latina. Creo que la democratización del proyecto cubano de socialismo es una necesidad de seguridad nacional.

Da la impresión de que las reformas para “actualizar el modelo económico y social” tropiezan con una doble dificultad, económica y política, que configura un nudo fundamental muy difícil de desatar: la lentitud y las contradicciones en las reformas económicas aplazan los cambios políticos, aparentemente imprescindibles, y las resistencias de la burocracia contra las reformas políticas hacen más difícil la recuperación económica. El proyecto para “un socialismo próspero, sostenible y democrático” se complica en el escenario actual de América Latina y el Caribe por la agresividad de Trump, el conflicto de Venezuela y la reconquista de las oligarquías protegidas por Estados Unidos. Cuando la Revolución Cubana cumple sesenta años, parece que la isla entra en una nueva fase de resistencia, siempre en defensa de la soberanía nacional, que se puede evaporar si se mantienen los procedimientos autoritarios.

 

Carmelo Mesa-Lago | Catedrático emérito de Economía y Estudios Latinoamericanos, Universidad de Pittsburgh.

El PIB cubano declinó de 12% a 1,1% en 2006-2018 (necesita una tasa de 5-6% para un crecimiento apropiado), la inversión menguó de 15% a 10% (requiere 25%), el déficit fiscal creció de 1,3% a 12%, el índice de producción industrial es un tercio inferior que en 1989, la producción minera, agropecuaria y pesquera ha decrecido. El país ha sobrevivido gracias a la compra de servicios profesionales, el comercio, las exportaciones petroleras, y la inversión directa de Venezuela que totalizan un equivalente de 11% del PIB cubano.

Debido a la grave crisis económica venezolana, la compra de servicios profesionales cubanos (la mayor fuente de divisas) cayó 23% en 2013-2017, el comercio de mercancías mermó de 44% a 19%, el suministro petrolero declinó a la mitad, y no ha habido inversión venezolana en los últimos cinco años. Esta es una de las causas del deterioro de la economía cubana, la cual sufre la peor crisis económica desde el decenio de los 90 tras la desaparición de la URSS. Si el régimen de Maduro colapsara, la crisis cubana se agravaría, aunque el impacto sería menor que durante los 90, porque Cuba ha diversificado sus socios comerciales, ha incrementado la producción petrolera—aunque estancada desde 2010—, recibe una suma substancial de remesas extranjeras y similares ingresos por turismo. Ningún otro país (Rusia, China, México) puede reemplazar a Venezuela. Las reformas estructurales de Raúl Castro no han mejorado la economía y el nuevo “shock” no podría ser absorbido sin una profundización y aceleramiento de dichas reformas.

 

Rafael Rojas | Historiador y ensayista cubano. Profesor-investigador en el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE) en la Ciudad de México.

La nueva Constitución mantiene intacto el núcleo institucional e ideológico del régimen político cubano. Su mayor avance es dar rango constitucional al crecimiento del sector no estatal, que propiciaron las reformas económicas de Raúl Castro entre 2012 y 2016. Sin embargo, se trata de una Constitución que no garantiza la división de poderes o la existencia de tribunales constitucionales y que no favorece la ampliación de derechos civiles y políticos. De hecho, el anteproyecto de la Constitución contenía algunos elementos como el matrimonio igualitario y la eliminación del término comunismo, que fueron retirados en la versión final. Ese retroceso, así como el rechazo a la elección directa del jefe de Estado, que exigieron miles de ciudadanos en la consulta popular, permite concluir que el sector favorecido en el proceso constituyente es el más conservador e inmovilista de la élite cubana.

Que la Constitución quede muy por debajo de las expectativas reformistas que levantó hace dos años, cuando Raúl Castro la anunció, habla de la incapacidad del liderazgo de Miguel Díaz-Canel para hacer frente a una verdadera actualización constitucional del sistema cubano. El propio poder de Díaz-Canel, en la nueva Constitución, queda acotado por la figura del primer ministro, que sería el encargado del gobierno.

Así, al interpretar el predominante sentido conservador del proceso constituyente cubano, habría que considerar el peso de la coyuntura geopolítica: vuelta a las tensiones bilaterales con Estados Unidos, crisis de Venezuela, lenguaje agresivo de Donald Trump, ascenso de la nueva derecha latinoamericana… El triunfo del continuismo tiene que ver con la probable vuelta al aislamiento regional en las relaciones exteriores de la isla.

Es importante destacar que el giro contrarreformista del gobierno cubano se inició en 2016, como reacción casi inmediata a la visita del presidente Barack Obama a la isla. Sin embargo, muy pronto ese giro sirvió para enfrentar la campaña de Hillary Clinton, primero, y luego la nueva política de Trump, que rebaja el contacto diplomático al mínimo y tensa las relaciones bilaterales al ubicar a Venezuela, Nicaragua y Cuba como el trío de autoritarismos de la región.

 

Carlos Alonso Zaldívar | Embajador de España en Cuba entre 2004 y 2008.

Para progresar Cuba necesita tres cosas. La primera es seguridad. Me refiero a garantías de que EEUU no volverá a intentar poner fin a su sistema político y económico por la fuerza. En su visita a La Habana, Obama garantizó eso expresamente. ¿Mantiene esa promesa Trump? Lo que pretende hace con Maduro invita a dudar, pero no adelantaré una opinión gratuita.

La segunda cosa que Cuba necesita es capital. Inversiones que permitan poner en rendimiento la formación, conocimientos, profesionalidad y capacidad de trabajo que poseen los cubanos y las cubanas (en biotecnología, servicios informáticos, servicios sanitarios y deportivos, agricultura de alta calidad y muchas otras cosas). Buena parte de ese capital tendrá que llegar del extranjero, pero no llegará mientras se mantenga el bloqueo. Así que mientras las cosas sigan como están, solo comerciarán e invertirán en Cuba el pequeño número de países que hoy lo hacen; el resto no lo hará porque temen las represalias de EEUU.

La tercera cosa son reformas como las que introduce la reforma constitucional y otras más… pero esto es solo en tercer lugar. Primero vivir, segundo comer y tercero organizar mejor la vida y la comida. Entretanto, también actúan intereses para que Cuba se oriente por los  malos caminos que abundan en su vecindario (turismo de baja gama, empresas dedicadas al fraude fiscal, tráfico de drogas…).

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