En una conferencia celebrada en Kabul hace más de una década, un anciano afgano dijo algo que entonces parecía dramático, pero que con los años ha cobrado más sentido. Era del sur de Afganistán, popularmente llamado entre los occidentales “el corazón de los talibanes”. La familia del anciano había sufrido grandes pérdidas, tanto a manos de los talibanes como a consecuencia de las operaciones militares de Estados Unidos. “La invasión militar estadounidense de nuestro país [en 2001] fue como una puñalada”, dijo. “Sangras en el momento del impacto, pero la forma de sacar el cuchillo determina la gravedad de la herida y las posibilidades de sobrevivir”.
El destino de los afganos, ahora una nación de más de 35 millones de personas, ha estado inextricablemente ligado a la presencia militar estadounidense durante las últimas dos décadas. La transformación –tanto para bien como para mal– de la sociedad afgana tiene de alguna manera una conexión con los fenómenos de violencia y de privilegio que la invasión militar desató en el país. El 7 de octubre de 2001, casi un mes después de los atentados del 11-S, George W. Bush se dirigió a los estadounidenses confirmando el inicio de las operaciones militares dirigidas por EEUU en Afganistán. “Los talibanes pagarán un precio”, aseguró el presidente. También afirmó que “el pueblo oprimido de Afganistán conocerá la generosidad de EEUU y nuestros aliados”. Ese mensaje sobre los ataques estadounidenses estaba envuelto en promesas de suministros de alimentos y medicinas para los “hombres, mujeres y niños hambrientos” de Afganistán. “EEUU es amigo del pueblo afgano, y somos amigos de casi 1.000 millones de personas que practican la fe islámica en todo el mundo”, dijo Bush.
Sin embargo, y con independencia de la forma en que se nos ha presentado la “guerra contra el terror” desde aquel…

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