Nada retrata tan bien la situación de Estados Unidos, ante el mundo y ante sí mismo, como el discurso del presidente Donald Trump ante la Asamblea General de Naciones Unidas el 19 de septiembre: un energúmeno fulminando sus rayos jupiterianos en el embeleso de su propio ego y tan impotente y patético como un niño sentado en su trono. Poco le importaba la situación mundial o la impresión que su actuación iba a tener. Sus bravatas iban dirigidas a la opinión nacional de EEUU y reflejaban poderosamente los sentimientos irracionales de sus acérrimos partidarios, la rebelión de las masas contra la disfuncionalidad de las élites, inconscientes del peligroso aislamiento a que están condenando a su país al renunciar a los valores que han urdido su influencia mundial y las instituciones sobre las que descansa su poderío, relativizado por el creciente rearme y politización del resto del mundo.
Presenciamos atónitos cómo el presidente hace cuanto puede por destruir todo lo que EEUU ha edificado en los últimos años: ha desechado el proyecto de zona de libre comercio de 12 países del Pacífico; ha puesto en cuestión el Acuerdo Norteamericano de Libre Comercio (Nafta, en inglés) con México y Canadá, “lo peor que se ha hecho en la historia de EEUU”; ha retirado al país del Acuerdo de París que reunió en 2015 a prácticamente el mundo entero en defensa del medio ambiente; ha caracterizado el acuerdo nuclear con Irán como “una vergüenza para EEUU”; y, sin que sea lo último, ha sumido en la ambigüedad al mismo artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, la cláusula de defensa colectiva que ha sido la base de la seguridad europea durante más de medio siglo.
Al condenar el Plan Integral de Acción Conjunta con Irán (nombre oficial del acuerdo), Washington no solo está…

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