Autor: Steve Keen
Editorial: Capitán Swing
Fecha: 2021
Páginas: 128
Lugar: Madrid

De crisis en crisis y más deuda porque toca

El economista Steve Keen propone un axioma muy sencillo: las crisis financieras que nos asolan de manera recurrente las causa el endeudamiento privado, no el público.
JORGE TAMAMES
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“La macroeconomía, entendida en su sentido original, ha tenido éxito: su problema central, evitar una nueva recesión, ha sido, a todos los efectos, solucionado, y, de hecho, lo ha sido desde hace décadas”. Palabras pronunciadas en 2003 por el Nobel de Economía Robert Lucas, en su discurso presidencial en el congreso de la Asociación Americana de la Economía. Una declaración que, lejos de convertirle en un ingenuo o un iluso, le enmarcaba dentro del sentido común de aquella época. La de una “Gran Moderación” –concepto acuñado por Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal entre 2006 y 2014, para describir un periodo de baja inflación, bajos tipos de interés y crecimiento moderado– que parecía destinada a durar indefinidamente.

El desplome financiero de 2008 rompió aquel espejismo de forma brusca. Pero no hemos aprendido las lecciones pertinentes, así que seguimos casi tan despistados como Lucas y Bernanke. Para reubicarse hace falta volver a la obra del economista Hyman Minsky (1919-1996) y su hipótesis de la inestabilidad financiera. Una formulación según la cual las crisis no son momentos de excepcionalidad, sino una parte consustancial de la trayectoria de desarrollo capitalista, destinada a repetirse con relativa –y a menudo predecible– frecuencia.

Esta es la tesis central de ¿Podemos evitar otra crisis financiera?, del economista poskeynesiano australiano Steve Keen. El libro, publicado originalmente en 2018, acaba de ser traducido por Capitán Swing e incluye un prólogo sobre la situación actual de España. Podemos inscribirlo dentro de una nueva ola de estudios que buscan analizar nuestras economías precisamente a partir de su propensión a causar crisis e inestabilidad. Una noción al alza en el campo de la economía –pensemos, por ejemplo, en el trabajo sobre desigualdad de Thomas Piketty, la crítica a la globalización comercial que hacen Michael Pettis y Matthew Klein, o los estudios sobre deuda hipotecaria de Atif Mian y Amir Sufi–, pero también entre economistas políticos. Si hasta hace relativamente poco era habitual estudiar las variedades “ideales” de desarrollo capitalista teorizadas por pensadores como David Soskice y Peter Hall, en la actualidad están ganando popularidad formas de entenderlo a través del cambio y las crisis estructurales.

Keen critica los modelos desarrollados por economistas neoclásicos como Lucas. En la visión de la “escuela de agua dulce” estadounidense –así conocida porque sus principales universidades, como la de Chicago, se encuentran cerca de los grandes lagos americanos–, formalizada en los modelos de equilibrio general dinámico estocástico (DSGE por sus siglas en inglés), el libre mercado tiende inherentemente a la estabilidad. El DSGE emplea operaciones matemáticas sofisticadas que modelan la conducta humana en base a la función de maximizar utilidad y beneficios. Un ejercicio que produce modelos elegantes por su capacidad de síntesis, pero no es capaz de aprehender la complejidad de nuestro comportamiento. Como han señalado Mark Blyth y Eric Lonergan en Angrynomics, el DSGE y su sueño de que la conducta humana se ajusta a patrones formalmente racionales produce monstruos.

Los problemas no quedan circunscritos a la ortodoxia económica. La escuela neokeynesiana de economistas como Paul Krugman –llamada de “agua salada”, al estar sus principales facultades en la costa este de Estados Unidos– introdujo en los modelos neoclásicos una serie de correcciones, como la llamada a tener en cuenta “imperfecciones de mercado”. Pero suscribió su principal ángulo muerto: la noción de que el dinero y el sector financiero son agentes neutrales que solo cumplen una función intermediaria, en vez de fuerzas autónomas capaces de detonar una crisis. Como el historiador económico Adam Tooze acaba de hacer en un ensayo reciente sobre Krugman, Keen muestra en qué medida los neokeynesianos se amoldaron a la doctrina económica imperante.

Para entender el papel que dinero y bancos –es decir, el crédito privado– desempeñan en los desplomes financieros, Keen propone un axioma muy sencillo: estas crisis las causa el endeudamiento privado, no el público. El principal problema del capitalismo –si no está sometido a una fuerte intervención estatal– es su tendencia a convertir cualquier periodo de prosperidad en una burbuja especulativa. De modo que, en palabras de Minsky, “la estabilidad –o la calma– en un mundo con pasado cíclico e instituciones financeras capitalistas es desestabilizante”. La Gran Moderación era la antesala de la Gran Recesión.

No es solo EEUU. La trayectoria de economías como la española y la británica demuestra cómo el volumen masivo de endeudamiento privado pre-crisis, además de insostenible, era el reverso tenebroso de la bonanza económica con la que gobiernos como el español cuadraban las cuentas públicas. La salida en falso a la crisis mediante la austeridad –caso de Reino Unido y la Unión Europea– o un insuficiente activismo público –EEUU o, en diferente medida y desde los 90, Japón– lleva a que se generen nuevas crisis. Con la diferencia de que, en el futuro, el nivel de inflación es menor y el de deuda (tanto pública como privada) mayor.

Para salir de este círculo vicioso, Keen propone guiarnos con mapas distintos. Parte de una crítica a los microfundamentos de la economía neoclásica (la idea de que el comportamiento de toda una economía nacional se puede extrapolar del funcionamiento de sus individuos, hogares y empresas). Derivar fenómenos de orden superior del funcionamiento de fenómenos menores es como tratar de entender la política estudiando psicología: el modus operandi de pensadores del siglo XIX como Gustave Le Bon, cuya metodología no ha envejecido demasiado bien (aunque siga empleándose por algunos estudiosos del populismo). El objetivo debería ser el contrario. Derivar, a partir del funcionamiento de la macroeconomía general, una serie de observaciones adaptables a caso particulares.

El libro propone un modelo que es a la vez más sencillo que el DGSE, pero más rico en sus posibles derivaciones. Esta sección es más seca y técnica –se basa en una adaptación al campo de la economía de las teorías de complejidad en las ciencias sociales– y tal vez pierda a un lector generalista, pero no deja de ser sustanciosa. A Keen le avala su capacidad de haber predicho la crisis de 2008 con notable antelación, si bien no siempre acierta en su papel de Casandra (pronostica, por ejemplo, una crisis canadiense en 2020, que en teoría haría descarrilar la reelección de Justin Trudeau). Cabe recordar que la alternativa de Keen no es la única: Tooze y la economista rumana Daniela Gabor también han propuesto modelos alternativos de macrofinanzas que parten de una crítica solvente a los modelos en uso.

Tal vez estábamos abocados a un nuevo ciclo de crisis financieras cuando apareció el Covid-19 y nos sumió en otra aún más intensa, de carácter existencial. Queda por ver si en la reacción a esta nueva emergencia, o a la amenaza del cambio climático, se genera una movilización de recursos capaz de revertir el ciclo de crisis del que veníamos. Keen es pesimista, pero su libro proporciona pistas útiles al margen de que se suscriba o no su diagnóstico.